Czeslaw Milosz



Selección, traducción y nota introductoria de
Jan Zych



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Nota introductoria

 

En octubre de 1980, cuando llegó la noticia sobre el Premio Nobel de Literatura, los estudiantes de Cracovia repartían una fotografía en blanco y negro, tamaño tarjeta postal: la cara de un hombre en la penumbra, con los ojos profundos e insistentes, el pelo todavía abundante encima de la frente con arrugas y con entradas, las cejas espesas y un poco frun­cidas, con la boca casi apretada. La cara de un hombre con el chaleco de cuero y la camisa a cuadros, sin corbata.

La cara y el nombre de Czeslaw Milosz eran desconocidos no sólo para la generación de los jóvenes estudiantes; no aparecían desde hacía treinta años en las revistas literarias de Polonia. Sus libros no existían en las bibliotecas. Era un poeta desconocido.

Czeslaw Milosz es el tercer escritor polaco (después de Henryk Sienkiewicz, en 1905 y Wladyslaw Reymont, en 1924) galardonado con el Premio Nobel.*

Czeslaw Milosz nació el 30 de junio de 1911 en Szetejnie, cerca de Vilna, en Lituania.**

Tres años más tarde estalló la primera guerra mundial al final de la cual, en noviembre de 1918, Polonia recobró la independencia, después de estar repartida entre Rusia, Prusia y Austria desde 1795, es decir, durante 123 años.

Frente a la amenaza a la esencia misma del ser nacional, la literatura polaca del siglo XIX cumplía el papel de nobles y necesarios lazos de unión entre las partes anexadas por los tres imperios, servía como medio "para confortar los corazones" después de tantos levantamientos y daba esperanzas a los que sufrían a causa de la germanización o la rusificación. Surgió una gran poesía romántica (Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki, Zygmunt Krasinski, Cyprian Norwid) como para confirmar lo que dijo Norwid en un epigrama:

Ni escudo ni armadura protegen la lengua
Sino obras maestras.

La primera generación de los escritores polacos después de 1918 intenta ponerse al día, alcanzar la literatura europea, ver lo que hace París, ya que durante siglos —quizá desde el Renacimiento cuando Jan Kochanowski, gran poeta latino y polaco, escribió desde París, en 1559: "Ronsardum vidi" (he visto a Ronsard)— París siempre fue considerada la capital del mundo.

Sin embargo, las novedades llegaron no de París, sino de Madrid. Las trajo Tadeusz Peiper, fundador de la llamada "primera vanguardia", quien desde 1922 en la revista Zwrotnica (Aguja) publicaba sus nuevas propuestas, reunidas más tarde en el libro Nueva boca (1925). El fundamento de las teorías de Peiper es la oposición entre la cultura y la naturaleza. Proclamaba el alejamiento cada vez mayor de la naturaleza y una nueva sensibilidad como resultado del desarrollo técnico. De aquí el lema de las "3 M" (miasto, masa, maszyna-ciudad, masa, máquina) como de los componentes más visibles de la modernidad y la creatividad; de aquí también el título ferroviario de la revista: Aguja. En la teoría poética esta visión se traduce como antisentimentalismo, condensación, lenguaje metafórico.

No es difícil descifrar en el fondo las influencias del futurismo, del ultraísmo y en especial del creacionismo de Vicente Huidobro. En su revista Peiper publicó también traducciones de los ultraístas españoles e hispanoamericanos, entre ellos Borges.

Diez años más tarde se formó en Vilna el grupo poético "Zagary" (Antorchas) que editaba la revista bajo el mismo nombre (1931). Pertenecían a este grupo los poetas Jerzy Zagórski, Aleksander Rymkiewicz, Teodor Bujnicki, Czeslaw Milosz, entre otros. Se conocen también con el nombre de "la segunda vanguardia".

Czeslaw Milosz estudió en la facultad de derecho en la Universidad de Vilna donde se licenció en 1934. En la revista universitaria Alma Mater Vilnensis publicó en 1930 sus primeros poemas. Al publicarse en 1933 su libro Poema sobre el tiempo congelado recibió el premio de poesía de la Academia de Literatura Polaca que consistió en una beca para estudiar en París durante el año 1934-1935. Gracias a esa estancia en París, conoce más profundamente al poeta francés Oscar Milosz quien influyó en su formación intelectual. "Tuve la fortuna de ser tratado como un hijo por mi pariente Oscar Milosz, parisino retirado y visionario", dijo Czeslaw Milosz en su discurso en Estocolmo, al recibir el Premio Nobel en 1980.

Tres inviernos (1936) fue reconocido por la crítica literaria como el libro más representativo del "catastrofismo" que era una rebelión contra la guerra que los catastrofistas ya veían acercarse en 1934, contra la subordinación total del hombre a la idea y en defensa de los valores individuales. La visión del mundo después de 1930 ya no era tan optimista como lo querían ver los primeros vanguardistas. Las "3 M" perdieron su brillo y se volvieron una realidad que puede llevar al cataclismo y a la destrucción de los valores comunes. La historia para Milosz y para los demás catastrofistas se vuelve confusa y amenazadora.

Las ideas catastrofistas no eran invención de los poetas de Vilna. Ellos sólo expresaron en una forma poética lo que mucho antes ya inquietaba a Stanislaw Ignacy Witkiewicz, y también a Oscar Milosz.

En esta nueva situación, el papel del poeta era un papel profético, aunque no en el sentido de un vate romántico sino más bien de acuerdo con el sentido que tenía esta palabra entre los griegos donde "prophetes" era un sacerdote que ordenaba y explicaba las palabras de los oráculos. A los poetas les tocó descifrar lo oscuro, buscar las palabras claras entre lo confuso, construir códigos de nuevas leyes, establecer lo que uno debe o no debe.

En 1936 Milosz es obligado a abandonar Vilna, considerado por las autoridades como izquierdista, se trasladó a Varsovia donde empezó a trabajar en la radio. Durante la ocupación nazi, Milosz estaba en el movimiento literario de resistencia. En 1942 editó la antología de la poesía antifascista El canto independiente, tradujo un ensayo en contra de la colaboración con el fascismo, A travers le desastre de Jacques Maritain, publicado en la prensa de resistencia. En 1945 salió La salvación, el primero y el único libro de Milosz publicado en Polonia Popular, hasta 1980.

En su Historia de literatura polaca, escrita, o más bien, dictada en inglés a los estudiantes de la Universidad de California en Berkeley, Milosz habla sobre el quehacer del poeta durante la guerra:

Los poetas formados antes de la guerra, que sobrevivieron a la ocupación nazi, pasaron la prueba que fue un reto al principio mismo de su obra poética. La poesía está arraigada en efecto en la tradición humanista y se vuelve indefensa ante un salvajismo generalizado. El acto de conocimiento del poema es un acto de fe; si el aullido de los torturados se oye en el cuarto del poeta, ¿su actividad no ofende al sufrimiento humano? Y si la hora siguiente puede traer su muerte y la destrucción del manuscrito, ¿debe el poeta dedicarse a tal diversión? El esfuerzo casi inhumano para contestar estas preguntas, luchando al mismo tiempo con la desesperación, es visible en los libros editados en los años 1944-1945.

La salvación es un nuevo enfoque de la tragedia histórica. La poesía es un trabajo sobre la conciencia de uno mismo y del mundo, y también "…el respeto y la gratitud por ciertas cosas que protegen a la gente de la desintegración interior y de condescender a la tiranía" —como lo dijo en el discurso de Estocolmo.

En la última parte de la Historia de literatura polaca, Milosz habla de los poetas de "Zagary" y también de sí mismo. He aquí lo que dice:

...Milosz abandonó Polonia en 1951, vivió en París casi diez años como un escritor independiente y en 1960 se trasladó a Estados Unidos donde da clases de literatura polaca en la universidad de Berkeley, en California. Él mismo se consideraba siempre ante todo poeta, aunque escribió también libros en prosa de los cuales algunos han sido traducidos a muchas lenguas. El pensamiento cautivo (1953) es un análisis de las acrobacias mentales que tuvieron que ejercer los intelectuales de Europa oriental para poder aceptar los dogmas stalinistas. Este libro apareció unos años antes de semejantes acusaciones en Polonia, pero ha sido atacado en las revistas de la emigración por su presunto matiz hegeliano y marxista. El valle del Issa (1955) es una novela cercana a la esencia misma de la poesía de Milosz. La llamaron "pagana" por su asombro infantil frente al mundo, pero este cuento sobre la infancia en Lituania con sus sencillos cuadros de la naturaleza puede confundir al lector, ya que en el fondo está escondida una visión maniquea. Otra Europa (1959) es la autobiografía de un europeo del este desde su natal Lituania, a través de Rusia, Polonia y Francia. […] En Polonia fue un autor estrictamente prohibido desde 1951 hasta 1956, elogiado en los años 1956-1958, y de nuevo prohibido en el periodo de 1958-1966. A pesar de estas fluctuaciones, sus profundos lazos con la comunidad de los escritores polacos nunca han sido rotos.

La obra de Milosz, como lo declaró en 1980 la Academia Sueca de Literatura, "con una lucidez sin compromiso, expresa la condición del hombre sometido a un mundo de conflictos agudos".

Por lo común, los escritores galardonados con el Premio Nobel se vuelven más conocidos fuera de sus propios países, salen al encuentro con los lectores del mundo. Czeslaw Milosz, vía Estocolmo, ha podido regresar a su país natal después de casi treinta años de un silencio obligatorio.

Me acuerdo cómo en Cracovia en 1963, durante dos tardes y dos noches, al regresar del trabajo, pasaba yo a máquina el libro El rey Popiel y otros poemas prestado por uno de mis amigos. El único adorno de aquella "edición" era la fotografía de una rueda de madera de algún viejo carro campestre. Me pareció que pudiera ser una de estas ruedas que Milosz describe en el poema de Mittelbergheim. Pasó el tiempo. Y la rueda dio la vuelta.

En octubre de 1980, como introducción para la reimpresión del libro Desde el levante del sol hasta donde se pone (que además contiene los poemas de El rey Popiel y otros poemas) que iba a aparecer en Cracovia aquel mismo año, Milosz escribió esta "palabra del autor":

Desde hace veinte años vivo en el extremo occidental del continente americano, teniendo ante mis ojos el Pacífico. Aunque mis obligaciones de profesor en una gran universidad eran para mí muy valiosas porque me permitían estar en contacto con la juventud, tenía que enfrentarme a mi soledad interior cuyo testimonio es este libro de poemas. Ahora, cuando mi poesía regresa a Polonia, no me sentiría bien sin decir cuánto le debo a la soledad. Es difícil aceptarla pero, una vez aceptada, recompensa. Y creo que sin consentimiento a lo amargo, a la soledad, a la pérdida, no existe la verdad de la palabra escrita. Me permito citar aquí uno de mis poemas para mostrar lo que era el contenido de estos mis años californianos. El título alude, por supuesto, a la novela de Tomás Mann sobre las extrañezas del tiempo que transcurre imperceptible y sobre las iniciaciones del personaje en las condiciones "artificiales" de un sanatorio para los tuberculosos. Los personajes de Budberg y Chen son auténticos. "Hasta durmiendo trabajamos sobre la formación del mundo" es una de las pocas máximas de Heráclito que se han conservado. El lector del poema no se equivocará al llegar a la conclusión de que su autor, dedicándose a un quehacer tan absurdo a buen sentido como el de escribir en polaco en la bahía de San Francisco, estaba muy lejos de pensar que dentro de unos años ganara el Premio Nobel y que, para su horror, la poesía que escribía "a las gaviotas y las neblinas del mar" aparecería en las columnas de los periódicos, traducida a diferentes lenguas. Sin embargo, la soledad interior puede volverse un vicio y, tengo esperanza, podrá también proteger de las tentaciones y de las ilusiones de la fama.

Desde Cyprian Norwid (1821-1883), quien durante su exilio pasó igualmente por Francia y Estados Unidos, no había existido en la poesía polaca ningún otro poeta tan sensible a los problemas de la memoria y de la conciencia como lo es Czeslaw Milosz; otro poeta moralista, en el mejor sentido de la palabra.

Es también muy importante la labor de Milosz como traductor de poesía. Entre los poetas traducidos por él figuran: Oscar Milosz, William Blake, Walt Whitman, William B. Yeats, T.S. Eliot, Carl Sandburg, D.H. Lawrence, W.H. Auden, Robinson Jeffers; hay también algunos poemas de Federico García Lorca, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Jorge Carrera Andrade.

Hace poco, después de varias traducciones ya existentes, Milosz decidió dar una versión más de los libros del Antiguo Testamento. Ya aparecieron Libro del Ecclesiastés (1978) y Libro de los salmos (1979), en revistas se publicaron Libro de Job, Los proverbios y Evangelio según San Marcos que seguramente saldrán en breve. Son traducciones de suma precisión y hermosura.

En un lugar Czeslaw Milosz confiesa: "Mi lengua materna, el hecho de trabajar en mi lengua materna, constituye para mí lo más importante en la vida". Milosz sabe perfectamente que para el escritor la lengua es su patria. Y todos saben que este decir puede ser un consuelo o una verdad definitiva.

Jan Zych

* Wislawa Szymborsk se convirtió, en 1996, en la tercera polaca en recibir el Premio Nobel de Literatura. (N. del E.)

** Czeslaw Milosz murió en Cracovia, el 14 de agosto de 2004 (N. del E.)

 


Pobre poeta

 

El primer movimiento es cantar.
La voz libre que llena las montañas y los valles.
El primer movimiento es alegría.
Pero ella es arrebatada.

Y cuando los años cambiaron mi sangre
Y mil sistemas planetarios nacieron y apagáronse en mi
cuerpo,
Estoy sentado aquí, poeta astuto y enfadado,
Con los ojos entornados maliciosamente,
Y pesando la pluma en mi mano
Medito la venganza.

Pongo la pluma, y brotan de ella retoños y hojas, y se cubre
con flores
Y el olor de estas flores es descarado porque allá en la
tierra real
No crecen árboles así, y es como un ultraje
Hecho a los hombres que sufren el olor de este árbol.

Hay quienes se refugian en la desesperación que es dulce
Como un tabaco fuerte, como un vaso de vodka tomado en
la hora de perdición.
Otros tienen una esperanza de tontos, rosada como un
sueño erótico.

Otros aún encuentran paz en la idolatría de la patria
Que puede durar largo tiempo
Aunque no más de cuanto dura todavía el siglo diecinueve.

Pero a mí me es dada la esperanza cínica,
Porque desde que abrí los ojos he visto sólo resplandores de
incendios y matanzas,
Sólo perjuicios, humillación y ridícula infamia de los fatuos.

Me es dada la esperanza de vengarme en otros y en mí
mismo
Porque fui yo el que sabía
Y no saqué de ello para mí ningún provecho.

 


Canción sobre el fin del mundo

 

El día del fin del mundo
La abeja gira encima de la flor de capuchina
El pescador repara una red brillante.
En el mar los delfines saltan alegres,
Los gorriones jóvenes se agarran del canalón
Y la serpiente tiene piel dorada, como la debe tener.

El día del fin del mundo
Las mujeres cruzan el campo bajo las sombrillas,
Un borracho se duerme a la orilla del césped,
En la calle pregonan los verduleros
Y una lancha con vela amarilla llega a la isla,
El son del violín en el aire persiste
Y abre la noche estrellada.

Y quienes esperaban relámpagos y truenos
Están decepcionados.
Y quienes esperaban señales y trompetas de arcángeles
No creen que esté sucediendo ya.
Mientras el sol y la luna están arriba,
Mientras el abejorro visita a la rosa,
Mientras nacen los niños rosados,
Nadie cree que esté sucediendo ya.

Sólo un viejito cano, que hubiera sido profeta,
Pero no es profeta porque tiene otro quehacer,
Dice amarrando los tallos de tomates:
No habrá otro fin del mundo,
No habrá otro fin del mundo.

 


Cafetería

 

De aquella mesita en la cafetería
Donde en los mediodías de invierno brillaba un jardín de
escarcha,
He quedado yo solo.
Podría entrar allí, si lo quisiera,
Y golpeando con los dedos en un vacío helado
Evocar las sombras.

Con incredulidad toco el mármol frío,
Con incredulidad toco mi propia mano:
Esto - es y yo soy en la historia que acontece,
Y ellos ya están cerrados por los siglos de los siglos
En su última palabra, en su última mirada.
Y lejanos como el emperador Valentiniano,
Como los jefes de los masagetas de quienes nada se sabe
Aunque apenas un año, dos o tres años pasaron.

Puedo ser todavía leñador en los bosques del norte lejano,
Puedo pronunciar un discurso desde la tribuna o rodar una
película
Con métodos que ellos desconocían.
Puedo experimentar el sabor de frutas de las islas del
océano
Y tener mi fotografía en el traje de la segunda mitad del
siglo.
Y ellos ya para siempre como los bustos en chorreras y
fraques
Del monstruoso Larousse.

Pero a veces, cuando el resplandor crepuscular colorea los
techos de la calle pobre
Y fijo mi mirada en el cielo, veo allí, entre las nubes,
La mesita bamboleándose. El mesero da vueltas con la
bandeja
Y ellos me miran soltando carcajadas.
Porque yo no sé todavía cómo se muere por la mano cruel
del hombre.
Ellos saben, ellos bien lo saben.

 


Un pobre cristiano observa el ghetto

 

Las abejas construyen alrededor del hígado rojo,
Las hormigas construyen alrededor del hueso negro,
Comienza el despedazamiento, el pisoteo de las sedas,
Comienza la ruptura del vidrio, de la madera, del cobre, del
níquel, de la plata, de las espumas
Del yeso, de la hojalata, de las cuerdas, de las trompetas,
de las hojas, de las bolas, de los cristales —
¡Tric! El fuego fosforescente de las paredes amarillas
Traga el pelo humano y animal.

Las abejas construyen alrededor del panal de los pulmones,
Las hormigas construyen alrededor del hueso blanco,
Se despedaza el papel, el caucho, el lienzo, el cuero, el lino,
Las fibras, las materias, la celulosa, el cabello, la piel de
serpiente, los alambres,
En las llamas se derrumban el techo y la pared, el ardor
abraza los cimientos.
Ya sólo queda la tierra arenosa, pisoteada, con un árbol
Sin hojas.

Lentamente, perforando un túnel, avanza el topo guardián
Con una pequeña lámpara enganchada en su frente.
Toca los cuerpos enterrados, los cuenta, sigue avanzando,
Distingue la ceniza humana por su vapor irisado,
La ceniza de cada hombre por su color distinto en el arco
iris.
Las abejas construyen alrededor de la huella roja,
Las hormigas construyen alrededor del sitio que quedó de
mi cuerpo.

Tengo miedo, tengo tanto miedo del topo guardián.
Sus párpados están hinchados como los de un patriarca
Que se sentaba a menudo a la luz de las velas
Leyendo el gran libro de la especie.
A él ¿qué le diré yo, judío del Nuevo Testamento,
Que desde hace dos mil años estoy esperando el regreso
…de Jesús?
Mi cuerpo roto me entregará a su mirada
Y él me contará entre los ayudantes de la muerte:
Los incircuncisos.

 


La huída

 

Cuando nos escapábamos de la ciudad incendiada,
En el primer camino campestre volviendo atrás la mirada,
Decía yo: "Que la hierba cubra nuestras huellas,
Que en las llamas se callen los gritantes profetas,
Que los muertos a los muertos cuenten lo sucedido.
A nosotros nos tocó crear una generación nueva y violenta,
Libre del mal y de la dicha que ahí han existido.
Sigamos". Y la espada de fuego nos abría la tierra.

1944, Goszyce

 


Despedida

 

Te hablo después de los años del silencio,
Mi hijo. No existe Verona.
Trituré el polvo de ladrillo entre mis dedos. He aquí lo
que queda
Del gran amor a las ciudades natales.

Oigo tu risa en el jardín. Y el olor
De la primavera loca corre por las hojas mojadas hacia mí,
Hacia mí, que sin creer en alguna fuerza salvadora
Sobreviví a otros y a mí mismo.

Si tú supieras cómo es cuando de noche
Uno despierta de repente y pregunta
Al oír el corazón palpitando: ¿Y tú qué quieres más,
Oh insaciable? Es la primavera, canta el ruiseñor.

La risa infantil en el jardín. Primera estrella pura
Se abre encima de la espuma de las colinas cerradas
Y a mis labios de nuevo regresa el canto ligero,
Y de nuevo soy joven como antes, en Verona.

Rechazar. Rechazar todo. No, es eso.
No voy a resucitar nada ni regresar a lo pasado.
Dormid, Romeo y Julieta, en la cabecera de las plumas
rotas,
No levantaré de la ceniza vuestras manos unidas.
Que el gato visite las catedrales abandonadas
Luciendo con su pupila sobre los altares. El búho
En la bóveda muerta que construya su nido.

En el mediodía caluroso y blanco la serpiente entre los
escombros
Que se asolee sobre las hojas de tusilago y en el silencio
Con un círculo resplandeciente que ciña el oro inútil.
No volveré. Yo quiero saber qué es lo que queda
Al rechazar la primavera y la juventud,
Al rechazar la boca carmesí
De la que fluye en la noche bochornosa
Una ola de calor.

Al rechazar el canto y el olor de vino,
Los juramentos y las quejas y la noche de diamante,
Y el grito de las gaviotas detrás del que sigue corriendo
el brillo
Del sol negro.

De la vida, de la manzana rebanada por un cuchillo de
fuego,
¿Qué semilla se salvará?

Créeme, hijo mío, no queda nada.
Sólo la pena de la edad viril,
El surco del destino sobre la palma de la mano.
Sólo la pena,
Nada más.


1945, Cracovia

 


Nacimiento

 

Por vez primera ve la luz.
El mundo es una luz chillante.
No sabe que gritan
Los pájaros chillantes.
Sus corazones laten rápidos
Bajo las hojas enormes.
No sabe que los pájaros viven
En otro tiempo que el del hombre.
No sabe que el árbol vive
En otro tiempo que el de los pájaros,
Y va a subir despacio
Hacia arriba con una columna gris
Pensando con sus raíces
En la plata de los reinos subterráneos.

El último del linaje, viene
Después de las grandes danzas mágicas.
Después de la danza del Antílope,
Después de la danza de las Serpientes Aladas,
Bajo el cielo eternamente azul
En el valle de las montañas ladrillosas.

Viene después de las correas abigarradas
En el escudo con la cabeza del monstruo,
Después de los ídolos que mandan
El sueño con su párpado pintado,
Después del herrumbre de los navíos esculpidos
Que el viento ha olvidado.

Viene después de los rechinamientos de las espadas
Y después de la voz de los cuernos de guerra,
Después del horrible grito colectivo
Detrás del polvo de ladrillo desmenuzado,
Después del aletear de los abanicos
Encima de la broma de las porcelanas tibias,
Después de las danzas del lago de los cisnes
Y después de la máquina de vapor.

Dondequiera que ponga el pie, en todas partes allá
Dibujada está en la arena
La huella del pie con un dedo ancho
Y llama a que pruebe
Su pie infantil
Que llega de las selvas vírgenes.

Dondequiera que camine, en todas partes allá
Encontrará sobre las cosas de la tierra
Un pulimento caliente
Y bruñido por la mano humana.
Nunca lo abandonará,
Quedará siempre con él
La presencia, cercana como la respiración,
Su única riqueza.


1948, Washington, D.C.

 


A Tadeusz Rózewicz, poeta

 

Acordes en alegría están todos los instrumentos
Cuando un poeta entra al jardín de la tierra.
Cuatrocientos ríos azules trabajaron
Para su nacimiento y el gusano de seda
Para él hilaba sus nidos brillantes.
El ala corsaria de mosca, el hocico de mariposa
Se formaron pensando en él,
Y el edificio de varios pisos del altramuz
A él le iluminaba la noche al borde del campo.
Se alegran, por tanto, todos los instrumentos
Cerrados en cajas y en jarrones del verde
Esperando que él los tocase y que sonaran.

¡Alabada sea la parte del mundo donde nace el poeta!
La noticia sobre ello recorre las aguas costeras
Donde sobre la extensión en la neblina durmiendo nadan
gaviotas,
Y más lejos, allá donde cabecean les barcos.
La noticia sobre ello corre bajo la luna de montañas
Y muestra al poeta sentado a la mesa
En un cuarto frío, en una ciudad poco conocida,
Cuando el reloj de la torre da la hora.

Él tiene su casa en la aguja del pino, en el grito de la corza
En la explosión de las estrellas y dentro de la mano
humana.
El reloj no mide su canto. El eco,
Como la antigüedad del mar dentro de la concha,
No calla nunca. Él perdura. Y es poderoso
El susurro suyo que apoya a la gente.

Sólo a los retóricos no les gusta el poeta.
Sentados en sus sillas de vidrio, desenrollan
Rollos largos, metros de nobleza.
Y alrededor suena la risa del poeta
Y su vida que no tiene fin.

Están enfadados. Saben que sus sillas han de reventar
Y en aquel sitio donde se sentaban no crecerá
Ni una hoja de hierba. Círculo de azufre quemado,
Rojizo polvo estéril, rehuirá la hormiga.


1948, Washington, D.C.

 


Mittelbergheim

 

El vino duerme en los barriles de roble de las orillas del
Rin.
Me despierta la campana de la iglesia entre las viñas
De Mittelbergheim. Oigo la pequeña fuente
Golpear contra el brocal en el patio, el ruido
De los zuecos en la calle. El tabaco secándose
Bajo la cornisa y los arados y las ruedas de madera
Y las laderas de las montañas y el otoño están junto a mí.

Tengo los ojos cerrados todavía. No me persigas,
Oh fuego, potencia, fuerza, porque es demasiado temprano.
He vivido muchos años y como en este sueño
Sentí que alcanzaba la frontera móvil
Detrás de la cual se cumplen el color y el sonido
Y unidas están las cosas de esta tierra.
No me abras aún mi boca por fuerza,
Permíteme confiar, creer que alcance,
Déjame pararme un momento en Mittelbergheim.

Yo sé que debería. Junto a mí están
El otoño y las ruedas de madera y las hojas
Del tabaco bajo la cornisa. Aquí y en todas partes
Es mi tierra, a dondequiera que me vuelva
Y en cualquier lengua escuche
Una canción de niño, un diálogo de amantes.
Más feliz que los otros, he de tomar
La mirada, la sonrisa, la estrella, la seda doblada
En la línea de las rodillas. Sereno, mirando,
He de ir por las montañas en un suave resplandor del día
hcia las aguas, las ciudades, las costumbres.
Oh fuego, potencia, fuerza, tú que me
Detienes dentro de tu mano cuyos surcos
Son como desfiladeros enormes, peinados
Por el viento del sur. Tú que das la seguridad
En la hora del temor, en la semana de la duda,
Es demasiado temprano aún, que el vino madure,
Que los viajeros duerman en Mittelbergheim.



1951, Mittelbergheim, Alsacia

 


Enseñanzas

 

Desde aquel momento cuando en la casa de cornisas bajas
Un doctor del pueblo cortó el cordón umbilical,
Y los huertos se llenaban de acederas y cenizos,
Nidos para las peras con blancos puntos del moho,
Ya estuve en las manos de los hombres. Podían, sin
embargo,
Estrangular mi primer grito, apretar con su mano grande
Mi garganta indefensa que inspiraba su ternura.
De ellos he heredado los nombres de pájaros y frutas,
He vivido en su país, no demasiado salvaje,
No demasiado cultivado, con la pradera, con el campo
arable
Y con el agua en el fondo de piragua dentro de la maleza
Detrás del taller de carpintería.

Sus enseñanzas, empero, encontraron el límite
Dentro de mí mismo, y mi voluntad fue oscura,
Poco obediente a mis designios o a los suyos.
Otros, a quienes no conocía, o solamente de nombre,
Andaban dentro de mí y yo, espantado,
Oía en mí los crujientes cuartos
Adonde no se mira por el ojo de la cerradura.
No significaban nada para mí Casimiro ni Gregorio
Ni Emilia ni Margareta.
Pero cada defecto, de ellos y cada mutilación
Tuve que repetir yo mismo. Eso me humillaba.
Y fuese capaz de gritar: Oh vosotros, los responsables,
Por vuestra culpa no puedo llegar a ser quien quiero sino
yo mismo.

El sol caía en el libro sobre el pecado original.
Y a veces, cuando la tarde zumba entre las hierbas,
Me imaginaba a los dos, con mi culpa,
Cómo estaban pisoteando la avispa bajo el manzano del
paraíso.


1957, Montgeron

 


No más

 

Debo decir algún día cómo cambié
De opinión sobre la poesía y cómo sucedió
Que hoy día me considero uno de los innumerables
Mercaderes y artesanos del Imperio del Japón
Que componen poemas sobre el florecer de los guindos,
Sobre los crisantemos y la luna llena.

Si yo pudiera describir cómo las cortesanas de Venecia
En el patio con un mimbre excitan a un pavo real,
Y sacar de la tela de seda, de la faja de perlas
Sus senos pesados y la huella rojiza
Que la abrochadura del vestido marcó sobre su vientre,
Así por lo menos como lo ha visto el capitán de los
galeones
Que llegaron aquella mañana con una carga de oro;
Y si a la vez pudiera yo sus pobres huesos
En el cementerio, donde el mar grasiento lame al portón,
Encerrar en una palabra más duradera que su último peine
Que en el humus bajo la losa, solo, espera la luz,

Entonces no perdería la esperanza. De la materia resistente
¿Qué es lo que se puede recoger? Nada, a lo sumo la
hermosura.
Y tiene que bastarnos entonces con las flores de los guindos
Y con los crisantemos y con la luna llena.


1957, Montgeron

 


Lo que era grande


a Aleksander y Ola Wat

Lo que era grande pequeño resultó.
Los reinos palidecían cual cobre cubierto de nieve.

Lo que deslumbró ya no deslumbra más.
Las tierras celestes ruedan y lucen.

A la orilla del río, tendido en la hierba,
Como hace mucho, mucho, suelto barquitos de corteza.


1959, Montgeron

 


Debe, no debe

 

El hombre no debe amar la luna.
El hacha en su mano no tiene que perder su peso.
Sus huertas deben oler a manzanas pudriéndose
Y llenarse de ortigas moderadamente.
El hombre que habla no debe usar palabras que le son
queridas
Ni romper la semilla para ver qué hay adentro.
No debe tirar la migaja del pan ni escupir al fuego
(Así por lo menos me enseñaron en Lituania.)
Si por la escalera de mármol sube un villano
Que intente con su zapato hacer una rendija
Para advertir que la escalera no va a durar.


1961, Berkeley

 


El maestro

 

Dicen que mi música es angelical.
Que cuando el Príncipe la escucha
Su rostro, cubierto, se calma.
Con un mendigo entonces compartiría el poder.
El abanico de la dama de la corte está inmóvil,
El tacto del raso no trae pensamientos deshonestos y
agradables,
Y ajenas, como en un abismo, las rodillas se enfrían bajo
el pliegue.

Cada uno ha escuchado en la catedral mi Missa Solemnis.
Las gargantas de las muchachas del coro de Santa Cecilia
Yo transformé en un instrumento que nos eleva
Por encima de lo que somos. Sé sustraer la memoria
De su larga vida a los varones y a las mujeres
Hasta que entre los humos de la nave están de pie
regresados
A las mañanas de la infancia cuando la gota del rocío
Y el grito de las montañas eran la verdad del mundo.

Apoyado sobre el bastón cuando el sol se pone
Puedo parecerme a un jardinero
Que había criado un árbol grande.

No malgasté los años de la frágil esperanza juvenil.
Mido lo consumado. Allá arriba la golondrina
Pasará, y volverá nueva en su vuelo oblicuo.
Cerca del pozo sonarán los pasos, pero de otra gente.
Los arados labrarán el bosque. Sólo la flauta y el violín
Van a trabajar como les ordené.

Nadie sabe cómo lo pagué. Ridículos. Ellos piensan
Que se obtiene gratis. El rayo nos traspasa.
Quieren rayo porque eso les ayuda en la admiración.
O creen en el cuento pueblerino. Una vez en la sombra
bajo el aliso
Se nos reveló el demonio, negro como un pantano,
Sacó dos gotas de sangre con la picadura de mosquito
E imprimió en la cera el anillo de amatista.

Tocan inmutablemente las esferas celestes y los planetas
Pero el instante de la memoria es invencible.
A la mitad de la noche regresa. ¿Quién detiene las
antorchas
Para que lo que fue hace tanto ocurra en la claridad?

La pena, ya inútil, a cada hora
De la larga vida. ¿Qué obra hermosa
Puede rescatar los latidos del corazón
De un ser vivo y a quién le basta
Confesar los hechos que duran eternamente?

Cuando las viejas y canosas, bajo el mantón con encaje,
Sumergen sus dedos en el agua de la pila,
Me parece que podría ser una de ellas. Los mismos abetos
Susurran y el lago se tornasola con una ola blanca.

Amé sin embargo mi destino.
Y si hiciera retroceder el tiempo, no puedo adivinar
Si escogería la honestidad. La línea de la suerte no lo sabe.
¿Es que Dios quiere que perdamos el alma
porque sólo así tiene el don implacable?

¡Palabras de los ángeles! Antes de que menciones la Gracia
Cuida que no engañes a los demás ni a ti mismo.
Sólo es verdadero lo que de mi maldad ha surgido.


1959, Montgeron

 


Nunca de ti, ciudad

Nunca de ti, ciudad, he podido irme.
Larga fue la milla pero algo me retrocedía como a una
pieza en el ajedrez.
Huía yo por la tierra que rodaba cada vez más rápida
Y siempre estuve ahí: con los libros en mi morral de lona,
Clavando los ojos en las pardas colinas detrás de las torres
de Santiago
Donde se mueven un pequeño caballo y un hombre
pequeño detrás del arado,
Ciertísimamente desde hace mucho ya muertos.
Sí, es verdad, nadie comprendió la sociedad ni la ciudad,
Los cines Lux y Helios, los letreros de Halpern y Segal,
El paseo en la calle de San Jorge, llamada de Mickiewicz.
No, no los comprendió nadie. Nadie lo ha logrado.
Pero cuando la vida transcurre en una sola esperanza:
De que algún día ya sólo quedan claridad y distinción,
Entonces, muy a menudo, da pena.


1963, Berkeley

 


Y brillaba esta ciudad

 

Y brillaba esta ciudad a través de la cual yo regresaba al
pasar los años.
Y se perdía la vida, de Ruteboeuf o de Villón.
Los descendientes ya nacidos bailaban sus danzas.
Las mujeres miraban a los espejos de un metal nuevo.
Para qué fue todo esto si yo no puedo hablar.
Estaba de pie encima de mí, pesada, como la tierra sobre
su eje.
Yacía mi ceniza en una lata bajo el mostrador del bar.

Y brillaba esta ciudad a través de la cual yo regresaba al
pasar los años,
A mi casa en la vitrina del museo de granito,
Junto al rímel para las pestañas, los tarros de alabastro,
Las vendas de menstruación de la princesa egipcia.
Allí sólo había sol forjado de la hojalata de oro,
Sobre los entarimados oscurecidos el crujir de los pasos
lentos.

Y brillaba esta ciudad a través de la cual yo regresaba al
pasar los años,
Con mi cara tapada con el gabán, aunque desde hace
mucho ya no vivía nadie
De aquellos que pudiesen recordar las deudas por pagar,
Las infamias no perennes, las pequeñas vilezas
perdonables.
Y brillaba esta ciudad a través de la cual yo regresaba al
pasar los años.


1963, París

 


Duermo mucho

 

Duermo mucho y leo a Tomás de Aquino
o La muerte de Dios (una obra protestante así).
A la derecha la bahía como fundida del estaño,
detrás de esta bahía la ciudad, detrás de la ciudad el
océano,
detrás del océano el océano, hasta el Japón.
A la izquierda las colinas secas con hierba blanca,
detrás de las colinas el valle irrigado donde se cultiva arroz,
detrás del valle las montañas y los pinos ponderosa,
detrás de las montañas el desierto y las ovejas.
Cuando no he podido sin alcohol, viajaba con alcohol.
Cuando no he podido sin cigarrillos y café, viajaba con
cigarrillos y café.
Fui valiente. Trabajador. Casi un ejemplo de virtud.
Pero esto no sirve de nada.

Señor doctor, me duele.
No aquí. No, no aquí. Ya no sé.
Tal vez sea por exceso de islas y continentes,
de palabras calladas, de bazares y flautas de madera,
o por beber frente al espejo, sin gracia,
aunque uno iba a ser alguien al estilo de un arcángel
o San Jorge en el Bulevar de San Jorge.

Señor curandero, me duele.
Yo creía siempre en sortilegios y supersticiones.
Naturalmente que las mujeres tienen sólo una, alma católica
pero nosotros tenemos dos. Cuando bailas
en el sueño visitas lejanos pueblos
y hasta las tierras nunca vistas.
Ponte, por favor, los amuletos de plumas,
hay que socorrer a uno de los nuestros.
He leído muchos libros pero no les creo.
Cuando duele regresamos a las orillas de algunos ríos,
me acuerdo de aquellas cruces con signos del sol y de la
luna,
y a los hechiceros, cómo trabajaban cuando la epidemia del
tifo.
Manda tu otra alma detrás de las montañas, detrás del
tiempo.
Dime, voy a esperar, qué has visto.

 

1962, Berkeley

 


¿Arte poética?

 

Siempre he añorado una forma de mayor capacidad
que no fuera demasiado poesía ni demasiado prosa
y permitiera entendernos sin exponer a nadie,
ni al autor ni al lector, a las penas de mayor grado.

En la esencia misma de la poesía hay algo indecente:
brota de nosotros la cosa que ni sabíamos que dentro de
nosotros existiera,
luego parpadeamos como si de dentro de nosotros saltara
un tigre
y estuviera de pie, en la luz, con la cola pegando en sus
costados.

Por eso con razón se dice que es el daimonion quien dicta
la poesía
aunque se exagera afirmando que sea por cierto un ángel.
Es difícil entender de dónde este orgullo de los poetas
si les da vergüenza a veces cuando se ve su debilidad.

¿Qué hombre razonable querrá ser un estado de los
demonios
que gobiernan allí como en su casa, hablan multitud de
lenguas,

y como si fuera poco robarle su boca y su mano,
intentan por su conveniencia robarle el destino?

Porque lo enfermizo está en precio hoy día,
alguien podría pensar que sólo estoy bromeando

o que inventé una forma más
para elogiar el Arte sirviéndome de la ironía.

Había tiempos cuando se leían sólo libros sabios
que ayudaban a soportar dolor y desgracia.
Pero no es lo mismo que hojear las miles
de obras que provienen directamente de la clínica de
psiquiatría.

Y sin embargo el mundo es diferente de lo que nos parece
y nosotros somos diferentes que en nuestro devaneo.
La gente guarda pues una honradez callada,
ganando así el respeto de sus parientes y vecinos.

Éste es el provecho de la poesía que nos recuerda
lo difícil que es quedarse uno la misma persona
porque nuestra casa está abierta, en la puerta no hay llave
y los huéspedes invisibles entran y salen.

Lo que cuento aquí, de acuerdo, no es poesía.
Porque las poesías pueden escribirse rara vez y de mala
gana,
a la fuerza insoportable y sólo con esperanza
de que buenos y no malos espíritus dentro de nosotros
tienen instrumento.

 


Cuando la luna

 

Cuando la luna y pasean las mujeres con sus vestidos
floreados
Me asombran sus ojos, pestañas y toda la construcción del
mundo.
Me parece que de tan grande inclinación mutua
Podría surgir al fin la verdad definitiva.

 


Veni creator

 

Ven, Espíritu Santo,
doblando (o no doblando) las hierbas,
posándose (o no) encima de la cabeza como una lengua de
fuego
cuando siegan el heno o cuando para la labranza sale un
tractor
en el valle de las arboledas de nogales, o cuando las nieves
cubren abetos lisiados en la Sierra Nevada.
Soy sólo un hombre, por eso necesito señales visibles,
me canso rápidamente construyendo la escalera de la
abstracción.
He pedido a veces, lo sabes, que la figura en la iglesia
para mí levantara la mano, una vez, la única.
Pero entiendo que las señales pueden ser sólo humanas.
Despierta pues a algún hombre, dondequiera en la tierra,
(no a mí que sin embargo sé qué es la decencia)
y permíteme que, mirándole a él, pueda admirarte a Ti.

 


Tarea

 

Con espanto y temblor pienso que cumpliría mi vida
Sólo en cuanto me decidiera a una confesión pública
Revelando el engaño, el mío y el de mi época:
Nos permitieron hablar con el graznido de los enanos y
demonios
Pero las palabras puras y nobles eran prohibidas
Bajo la pena tan severa que si alguien se atrevió a
pronunciar una de ellas
Ya él mismo se consideraba perdido.

 


Pez

 

Entre gritos, balbuceos extáticos, chillidos de trompetas,
golpes en cacerolas y tambores
La suma protesta era guardar la medida.
Pero la simple voz humana perdía su derecho
Y era como un abrir del hocico del pez detrás de la pared
del acuario.
Acepté mi destino. No obstante, era sólo un hombre,
Es decir, sufría dirigiéndome hacia los seres parecidos a mí.

 


Oeconomía divina

 

No pensé que viviera en un momento tan particular.
Cuando Dios de las alturas rocosas y de los truenos,
Señor de los Ejércitos, kyrios Sabaoth,
Humillara tan dolorosamente a los hombres
Permitiéndoles actuar como ellos quieran,
Dejándoles conclusiones y no diciendo nada.
Fue un espectáculo que de verdad no se parecía
A un ciclo secular de las tragedias reales.
A los caminos sobre los pilares de concreto, a las ciudades
de vidrio y hierro,
A los aeropuertos más extensos que los estados tribales
De repente les faltó el principio y se desmoronaron.
No en un sueño sino en desvelo, porque sustraídos a sí
mismos
Duraban como dura solamente lo que no debe durar.
De los árboles, de las piedras en el campo, hasta de los
limones en la mesa
Huyó la materialidad y su espectro
Resultó un vacío, un humo en la película.
Hormigueaba el espacio desheredado de sus objetos.
En todas partes era en ningún lugar y en ningún lugar en
todas partes.
Las letras de los libros se volvían plateadas, vacilaban y
desaparecían.
La mano no podía trazar un signo de la palmera, ni un
signo del río, ni un signo del ibis.
Con la algarabía de muchas lenguas se anunció la
mortalidad del habla.
Fue prohibida la queja porque se quejaba a sí misma.
Los hombres, tocados por un tormento incomprensible,
Se desvestían en las plazas para que su desnudez llamara
el juicio.
Pero en vano añoraban el horror, la piedad y la ira.
Demasiado poco motivados
Eran el trabajo y el descanso
Y la cara y el pelo y la cadera
Y cualquier existencia.

 


Frente al paisaje

 

En esta ladera la picea, el abeto y el cedro, en aquella las
selvas de pino.
Brilla la línea divisoria de las aguas que afluyen al océano
en el occidente y en el oriente.
Sólo un río concentrado se dirige directamente hacia el
norte
Donde el gris transparente con dorada puerta montañosa,
El gris de un silencio enorme, los pálidos lagos,
Y el abeto de pantano por mil millas todavía
Hasta el límite de los bosques, hasta el vacío polar.
En mis sueños la tierra fue la unidad de mi cuerpo,
Aquí en la orilla del Athabasca y en todos los lugares
donde viví, vagabundo.
Apoyaba mi mano sobre aglomeraciones de montañas.
Los deltas me cortaban en un calor de los campos de batalla
de dragones
Y yo esperaba, no teniendo en el lenguaje palabras
Para nombrar todo lo que era mío y de la tierra,
Hasta que algún espíritu, engendrado por las mutaciones
volcánicas,
Gritará y desencantará nuestro nombre verdadero.

 


Un aire

 

Espejos en los que vi el color de mi boca,
¿Quién anda por ahí, quién de sí mismo se extraña de
nuevo?
Collar de piedras de ágata, perdido y esparcido,
¿Qué hormiga te visita en un crecido bosque?
Corchete arrancado en la prisa amorosa,
¿En el fondo de cuál gran río yaces?
Llanto mío, cuando se alejaba de mí el amigo,
¿Por qué no puedo recordarte?
Ayer eso fue y no sé si lo fue.
Salí corriendo de la escuela y regreso con el bastón,
encorvada y seca.
Hermanas mías de los sepulcros romanos, quise ser la
única,
Pero me tapan, me llevan por el mismo portón.

 


Sobre los ángeles

 

Os han quitado los vestidos blancos,
Las alas y hasta la existencia,
Y yo sin embargo os creo,
Oh mensajeros.

Donde está volteado al revés el mundo,
La pesada tela bordada con estrellas y animales,
Os paseáis contemplando puntadas verídicas.

Corta es vuestra parada aquí,
Tal vez al tiempo del alba, si está claro el cielo,
En la melodía repetida por un pájaro,
O en el olor de las manzanas al anochecer
Cuando la luz hechiza los jardines.

Dicen que alguien os ha inventado
Pero esto a mí no me convence
Porque los hombres se han inventado también a sí mismos.

La voz, quizás ésta sea una prueba,
Porque pertenece a los seres indudablemente claros,
Ligeros, alados (¿y por qué no?),
Ceñidos con el relámpago.

Escuché esta voz muchas veces en el sueño
Y, lo que es más extraño, entendía más o menos
La orden, el llamamiento en la lengua sobreterrestre:

al instante el día
uno más
haz lo que puedes.

 


Las estaciones del año

 

Un árbol transparente lleno de pájaros migratorios
Al amanecer azul y frío porque todavía hay nieve en las
montañas.

 


Don

 

Día tan feliz.
La neblina ha bajado temprano, trabajé en el jardín.
Los colibríes parábanse sobre la flor de madreselva.
En la tierra no había cosa que me gustara tener.
No conocía a nadie a quien valiera la pena envidiar.
Lo que sucedió malo, lo he olvidado.
No me daba vergüenza pensar que era quien soy.
No sentía en mi cuerpo ningún dolor.
Incorporándome veía el mar azul y las velas.

 


La montaña mágica

 

No recuerdo bien cuándo murió Budberg, hace dos o tres
años.
Ni cuándo Chen. Hace un año o más.
Un poco después de nuestra llegada, Budberg,
melancólicamente cortés,
Dijo que al principio es difícil acostumbrarse
Porque aquí no hay primavera ni verano, ni otoño ni
invierno.

"— He soñado seguido la nieve y los bosques de abedules.
Donde casi no hay estaciones del año, uno ni ve cómo pasa
el tiempo.
Ésta es, lo verá usted, la montaña mágica."

Budberg: en mi niñez un apellido doméstico.
Mucho significaba en la región de Kiejdany
Esta familia rusa, de los alemanes bálticos.
No leí ninguno de sus trabajos, demasiado especiales.
Y Chen era, según entiendo, un excelente poeta.
Tengo que aceptarlo de buena fe porque él escribía sólo en
chino.

*

Octubre canicular, julio frío, en febrero florecen los árboles.
Los vuelos nupciales de los colibríes no anuncian la
primavera.
Sólo el arce fiel cada año hacía caer las hojas sin necesidad
Porque así aprendieron sus antepasados.

Sentí que Budberg tenía razón y me rebelaba.
¿No alcanzaré luego la potencia, no salvaré al mundo?
¿Y la gloria me rehuirá, no habrá ni tiara ni corona?
¿Ejercitaba yo a mí, al Único, para eso,
Para componer estrofas a las gaviotas y a las neblinas del
mar,
Escuchar cómo mugen allá abajo las sirenas de los barcos?

Y pasó. ¿Qué pasó? La vida.
Ahora no me avergüenzo de mi pérdida.
Una isla nublada donde el aullido de las focas
O el desierto calcinado, esto ya me basta
Para decir yes, tak, sí.*
"Hasta durmiendo trabajamos sobre la formación del
mundo."
Sólo con perseverancia nace la perseverancia.
Con los gestos creaba yo una cuerda invisible.
Y trepaba por ella y ésta resistía.

*

¡Qué procesión! Quelles délices!
¡Qué birretes y togas con vueltas!
Mnogouvazhaemiy** Professor Budberg,
Most Distinguished Professor Chen,
Escurecido Señor Profesor Milosz
Quien escribía poemas en alguna lengua extraña.
Quién pudiera contarlos. Y aquí el sol.
Blanquean pues las llamas de sus altas velas
Y cuántas generaciones de los colibríes les acompañan
Cuando van siguiendo así. Por la montaña mágica.
Y la neblina fría del mar quiere decir que de nuevo es julio.


1976

 

* En inglés, polaco y español en el original.

** Muy estimado, en ruso en el original.

 


Prueba

 

Y experimentaste, sin embargo, las llamas infernales.
Podrías hasta decir cómo son: reales.
Acabadas con garfios para desgarrar la carne,
Por pedazos, hasta el hueso. Ibas por la calle
Y seguía la tortura, el desangramiento, la azotaina.
Recuerdas luego no dudas. Por cierto que existe el
Infierno.

 


Caída

 

La muerte de un hombre es como la caída de un poderoso
estado
Que tenía ejércitos belicosos, jefes y profetas,
Y puertos ricos, y sus naves en todos los mares,
Y ahora no llegará con ayuda a nadie, con nadie hará
alianzas,

Porque sus ciudades están vacías, población dispersa,
El cardo cubrió su tierra que antaño daba cosechas,
Su vocación está olvidada, perdida la lengua,
Dialecto de alguna aldea, allá lejos, entre montañas
inaccesibles.

 


Vida venturosa

 

En su vejez le tocaron los años de buenas cosechas.
No había terremotos, sequías ni inundaciones.
Pareció como si aumentara de armonía el recorrido de las
estaciones,
Como si ardieran más las estrellas y el sol brillara más
poderoso.
Ni siquiera en las provincias lejanas estaban en guerra
Crecían generaciones benévolas a los prójimos.
Nadie se burlaba de la buena naturaleza del hombre.
Era amargo dejar la tierra tan renovada.
Envidiaba y estaba avergonzado de su desaliento.
Contento de que junto con él morirá una memoria
adolorida.

Dos días después de su muerte un huracán arrasó las
costas.
Humearon de nuevo los volcanes inactivos desde hacía un
siglo.
La lava se arrastraba sobre bosques, viñas y ciudades.
Y la guerra empezaba con un combate en las islas.

 


Estudio de la soledad

 

¿Guardián de los conductos de larga distancia en el
desierto?
¿Guarnición unipersonal de la fortaleza de arena?
Quienquiera que fuese. Veía al amanecer las montañas
plegadas
Color ceniza, encima de la noche que se derretía
Saturándose de violeta, cobrando el colorete líquido,
Hasta que se levantaban, enormes, en la luz naranja.
Día tras día. Y ni se dio cuenta, año tras año.
¿Para quién, pensaba, este esplendor? ¿Para mí solo?
Y seguirá durando, sin embargo, cuando yo perezca.
¿Qué es esto en el ojo de la lagartija? ¿Qué ve el ave de
paso?
Si es que yo soy la humanidad, ¿ella sin mí es ella misma?
Y sabía que era inútil llamar porque nadie de ellos lo
salvará.

 


Atravesando la calle de Descartes

 

Atravesando la calle de Descartes
Bajaba yo hacia el Sena, un bárbaro joven de viaje,
Intimidado con la llegada a la capital del mundo.

Fuimos muchos, de Iasi y de Kolozsvár, de Vilna y de
Bucarest, de Saigón
Y de Marrakesh,
Con vergüenza recordando las costumbres domésticas
De las que no se debía hablar aquí a nadie:
Palmadas para llamar a la servidumbre, llegan corriendo
las criadas descalzas,
Repartición de los alimentos con los encantos,
Rezos en coro celebrados por los amos y los criados.

Dejé los sombríos distritos.
Entraba en lo universal, admirando, deseando.

Después muchos de Iasi y de Kolozsvár, o de Saigón, o de
Marrakesh
Fueron matados porque querían abolir las costumbres
domésticas.

Después sus colegas tomaban el poder
Para matar en nombre de las hermosas ideas universales.

Mientras tanto de acuerdo con su naturaleza se
comportaba la ciudad,
Con una risa gutural resonando en las oscuridades,
Cociendo largos panes y vertiendo el vino a los cántaros
de barro,
Comprando en los mercados pescado, limones y ajos.
Indiferente al honor y la deshonra y la grandeza y la
gloria,
Porque todo aquello ya fue y se convirtió
En monumentos que representaban no se sabe a quien,
En arias poco audibles o en giros de lenguaje.

Apoyo de nuevo mis codos sobre el áspero granito de la
orilla
Como si hubiera regresado de un viaje por los países
subterráneos
Y en la luz viera de repente la rueda de las estaciones
girando
Donde han caído los imperios y los que vivían han muerto.

Y ya no existe ni aquí ni en otro sitio la capital del mundo.
Y a todas las costumbres abolidas les han devuelto su
buena reputación.
Y ya sé que el tiempo de las generaciones humanas es
diferente del tiempo de la tierra.

Y de mis pecados mortales el que mejor recuerdo es uno:
Como pasando una vez por el sendero en el bosque, cerca
del arroyo,
Arrojé una gran piedra sobre la serpiente acuática
enroscada en la hierba.
Y lo que me sucedió en la vida era un justo castigo
Que más temprano o más tarde alcanza a quien rompe la
prohibición.

 

1980, París

 


Sobre la oración

 

Me preguntas cómo rezar a alguien que no existe.
Sólo sé que la oración construye un puente de terciopelo
Por el que vamos revoloteando como en un trampolín
Por encima de los paisajes de color oro maduro,
Nosotros, transformados por una mágica parada del sol.
Este puente lleva a la orilla de la Contrariedad
Donde ya todo al revés y la palabra "es"
Descubre un sentido presentido apenas.
Fíjate, digo: "nosotros". Cada uno por separado
Siente allá piedad por los demás, embrollados en los
cuerpos,
Y sabe que si ni hubiese otra orilla
Sobre el puente encima de la tierra al igual entrarían.

 


La ventana

 

Miré por la ventana al amanecer y vi un manzano joven,
transparente en la claridad.
Y cuando miré de nuevo al amanecer había allí un
manzano grande cargado de frutas.
Muchos años entonces han pasado seguramente pero no
recuerdo nada de lo que sucedió en el sueño.

 


Obras de Czeslaw Milosz

 

Poema sobre el tiempo congelado (1933); Tres inviernos (1936); La salvación (1945); Luz de día (1953); Tratado poético (1957); El rey Popiel y otros poemas (1962); Bobo hechizado (1965); Poemas, antología (1967); Ciudad sin nombre (1969); Desde el levante del sol hasta donde se pone (1974); Poemas - Poems, antología bilingüe (1976).

Novelas
El poder cambia de manos (1955) (en español 1955, 1980); El valle del Issa (1955) (en español 1981).

Ensayos
El pensamiento cautivo (1953), (en español 1957, 1980); Europa familiar (1958), (en español como Otra Europa, 1981); Continentes (1958), contiene también traducciones de poesía; El hombre entre los escorpiones. Estudio sobre Stanislaw Brzozowski (1962); Visiones de la bahía de San Francisco (1969); Deberes privados (1972); La tierra Viro (1977); Jardín de enseñanzas (1978); seguido de la traducción del Libro de Ecclesiastés.

Traducciones al polaco
Simone Weil, Obras escogidas (1958); Libro de los salmos (1979).

Prosa en inglés
The History of Polish Literature (1969); Emperor of the Earth: Modes of Eccentric Vision (1977).

Traducciones al inglés
Postwar Polish Poetry (1965); Aleksander Wat, Mediterranean Poems (1977).