El maestro

 

Dicen que mi música es angelical.
Que cuando el Príncipe la escucha
Su rostro, cubierto, se calma.
Con un mendigo entonces compartiría el poder.
El abanico de la dama de la corte está inmóvil,
El tacto del raso no trae pensamientos deshonestos y
agradables,
Y ajenas, como en un abismo, las rodillas se enfrían bajo
el pliegue.

Cada uno ha escuchado en la catedral mi Missa Solemnis.
Las gargantas de las muchachas del coro de Santa Cecilia
Yo transformé en un instrumento que nos eleva
Por encima de lo que somos. Sé sustraer la memoria
De su larga vida a los varones y a las mujeres
Hasta que entre los humos de la nave están de pie
regresados
A las mañanas de la infancia cuando la gota del rocío
Y el grito de las montañas eran la verdad del mundo.

Apoyado sobre el bastón cuando el sol se pone
Puedo parecerme a un jardinero
Que había criado un árbol grande.

No malgasté los años de la frágil esperanza juvenil.
Mido lo consumado. Allá arriba la golondrina
Pasará, y volverá nueva en su vuelo oblicuo.
Cerca del pozo sonarán los pasos, pero de otra gente.
Los arados labrarán el bosque. Sólo la flauta y el violín
Van a trabajar como les ordené.

Nadie sabe cómo lo pagué. Ridículos. Ellos piensan
Que se obtiene gratis. El rayo nos traspasa.
Quieren rayo porque eso les ayuda en la admiración.
O creen en el cuento pueblerino. Una vez en la sombra
bajo el aliso
Se nos reveló el demonio, negro como un pantano,
Sacó dos gotas de sangre con la picadura de mosquito
E imprimió en la cera el anillo de amatista.

Tocan inmutablemente las esferas celestes y los planetas
Pero el instante de la memoria es invencible.
A la mitad de la noche regresa. ¿Quién detiene las
antorchas
Para que lo que fue hace tanto ocurra en la claridad?

La pena, ya inútil, a cada hora
De la larga vida. ¿Qué obra hermosa
Puede rescatar los latidos del corazón
De un ser vivo y a quién le basta
Confesar los hechos que duran eternamente?

Cuando las viejas y canosas, bajo el mantón con encaje,
Sumergen sus dedos en el agua de la pila,
Me parece que podría ser una de ellas. Los mismos abetos
Susurran y el lago se tornasola con una ola blanca.

Amé sin embargo mi destino.
Y si hiciera retroceder el tiempo, no puedo adivinar
Si escogería la honestidad. La línea de la suerte no lo sabe.
¿Es que Dios quiere que perdamos el alma
porque sólo así tiene el don implacable?

¡Palabras de los ángeles! Antes de que menciones la Gracia
Cuida que no engañes a los demás ni a ti mismo.
Sólo es verdadero lo que de mi maldad ha surgido.


1959, Montgeron