Duermo mucho

 

Duermo mucho y leo a Tomás de Aquino
o La muerte de Dios (una obra protestante así).
A la derecha la bahía como fundida del estaño,
detrás de esta bahía la ciudad, detrás de la ciudad el
océano,
detrás del océano el océano, hasta el Japón.
A la izquierda las colinas secas con hierba blanca,
detrás de las colinas el valle irrigado donde se cultiva arroz,
detrás del valle las montañas y los pinos ponderosa,
detrás de las montañas el desierto y las ovejas.
Cuando no he podido sin alcohol, viajaba con alcohol.
Cuando no he podido sin cigarrillos y café, viajaba con
cigarrillos y café.
Fui valiente. Trabajador. Casi un ejemplo de virtud.
Pero esto no sirve de nada.

Señor doctor, me duele.
No aquí. No, no aquí. Ya no sé.
Tal vez sea por exceso de islas y continentes,
de palabras calladas, de bazares y flautas de madera,
o por beber frente al espejo, sin gracia,
aunque uno iba a ser alguien al estilo de un arcángel
o San Jorge en el Bulevar de San Jorge.

Señor curandero, me duele.
Yo creía siempre en sortilegios y supersticiones.
Naturalmente que las mujeres tienen sólo una, alma católica
pero nosotros tenemos dos. Cuando bailas
en el sueño visitas lejanos pueblos
y hasta las tierras nunca vistas.
Ponte, por favor, los amuletos de plumas,
hay que socorrer a uno de los nuestros.
He leído muchos libros pero no les creo.
Cuando duele regresamos a las orillas de algunos ríos,
me acuerdo de aquellas cruces con signos del sol y de la
luna,
y a los hechiceros, cómo trabajaban cuando la epidemia del
tifo.
Manda tu otra alma detrás de las montañas, detrás del
tiempo.
Dime, voy a esperar, qué has visto.

 

1962, Berkeley