Nocturnal


Se deshace el día entre las manos
cuando el silencio extiende por ciertas calles sus largas telas
y en los portales cuelgan luces como gotas de pus.
Habitamos este queso blando y verde, con la estrella polar
a la derecha
y detrás de la lengua un vicio de dicción;
esperando la visita domiciliaria en lo alto de nuestras torres
de materia friable
(desde allí las hileras de bengalas paralíticas;
acaso algún tren para pensar en muros altos, en vías
muertas; acaso
los pliegues paralelos en las plantas de los pies, arrodillada
en la sábana y forzando un poco la persiana para ver
llover. Luego
llueve y llueve del árbol petulante cuanta vez vuelve el
viento.
En buhardillas con geranios en las ventanas iluminadas,
los planetas hojean textos indigestos —biblias, coranes,
rigvedas—;
y la luna pasa —llena, claro está, que si no la metáfora no
vale— como un afilador jugándose la vida por
despoblado).
Este redondo caldo de mamíferos enfriándose poco a poco
antes del alba.