Vehículo


Polvo. Detrás de la cortina, entre los equipajes,
tosió un Niño de diez años:
—Qué tos más desgarradora e incoercible —comentó acto
seguido con voz argentina.

Remotos aún los pinchos ya candentes de la ciudad.
Declaró el maestro:
—No dudo de que este Niño, elapsado el tiempo preciso
para su formación,
alcance la soñada eminencia.
Tendiendo los brazos a la cortina:
—Verás, Niño, cómo merced a un sincero afán de
formalización, usando kets y bras, los teoremas
fundamentales de la mecánica cuántica—

Los ocupantes de la carreta se fueron animando;
renacía la conversación, alicaída por horas.
Cada quien fue exponiendo con llaneza su punto de
vista. El occidente más cerca siempre.
Con la mandíbula descolgada hacia un lado,
el Niño asomó la cabeza para escuchar (cf. "enseñar
deleitando").
Los últimos compases se perdieron entre el fragor de
las ruedas sobre la calle del Empedradillo.

—Toda ventana encendida sugiere una dicha. Un hogar
apacible y una familia numerosa, de ojos redondos, sin
blanco casi, mirándose unos a otros en silencio,
sentados en camisón malva a la mesa.