Posible


Cuando llegue el día, cuando llegue,
no sé si cantarán las avecicas al amanecer de otro modo
(en todo caso, estaré durmiendo; vide infra)
si la esperanza, las guerrillas, cobrarán un sentido más
cabal, inédito, o cualquier otra
chingadera.
No lo creo.
Tendrás poco cuerpo, estarás surcada de isoglosas,
te afeitarás las axilas con asiduidad,
envidiables tus nervios sin hebra roja.
Traerás, eso sí, cierta sonrisa contigo
para tratar, sobre todo, de la inocencia recobrada,
al quedarnos solos con nuestros diafragmas tortuosos,
torturados, adúlteros,
siempre inmaduros irredentos.

Recibiremos visita:
—Es el párroco del porvenir, Santa Claus cargado de
libertarias máximas de amor,
beatas y extremistas como las del mundo superado,
lindas flemas hialinas que pasan —mírenlo—
con un sorbo de agua. Entonces lo arrinconaremos
(sonriendo) hacia el balcón:
—Incomunicación sensu stricto, Reverendo; racionalismo
lato sensu
(aquí un paso al frente),
y no queremos cambiar nada
más que la inclinación de la persiana. Con su permiso.
(Dos pasos.)—
Hasta que no tenga otro remedio
que tirarse, con el vaso en la mano,
a que hagan con él en la calle una anatomía
renacentista.
Pues de la lógica de Stuart Mill,
la estequiometría de las pasiones, el principio del
tercero excluso,
podríamos burlarnos sólo tú y yo. Y eso a ratos.

Entonces girando en espiral, insectos,
perdiendo sustancia, perdiendo flogisto,
estrecha la culebra sus anillos.
—Hacia la llama.
La ráfaga en que arden súbitas las alas
y se descarga el aire, así luego de la primera lluvia.
Papel parafinado. Saldrán otras.
Detrás del resplandor central vislumbraremos el cuarto
penumbroso a cada vuelta.
Libros en las paredes; lares, manes, satanes en las puertas.
Brillará un instante cada metal.
Abajo, en el suelo, el disco sigue, sigue,
hasta que uno al pasar se estire y lo detenga, porque
molesta.
—Hacia la llama.
Atendiendo a las razones del cremáster
que la razón no entiende.
Ni el párroco tampoco
(neti, neti).

No entraremos por fin en la lumbre:
he aquí la originalidad de este poema.
Todo es de camino,
de espasmos caninos,
exclamando cosas no más incoherentes que al darnos un
martillazo azul en el dedo
o al intentar persuadir para que se quede a quien se
despide de improviso en una fiesta.
Y cuando lo que gira es ya fosfatos, carbonatos,
apatitas—
llega el diablo y sopla,
desciende ceniza hasta la alfombra,
guarda a tientas formas en la alfombra;
tiene nombre de sueño;
ceniza que se enfría.
La ceniza no arde.
Lo explica la más elemental
teoría de la oxidación.