Tolerancia


Que ocupes una mesa frente a sillones obesos, escribiendo
con diez dedos más despacio que yo con cinco,
no es cosa que te perjudique, a decir verdad; tan
estragados estamos.
Simplemente, consuma la transustanciación en los ene
pisos de ascensor
para que al llegar a la calle
hayas dilapidado ese tufo penetrante a enfiteusis,
fideicomisos, derechohabientes, cónyuges supérsti-tes
y el número de hoy del Diario Oficial
—vamos pues; no era para tanto. Al fin y al cabo mi
poesía no aborda grandes asuntos.
Viéndolo bien, en una hora hay tiempo apenas
para seis botones, el zíper, una hebilla, mientras
maúllas (como si fuese un imperativo del Código de
Procedimientos; v., por si acaso, Fargard 16 y 18
in fine) que anoche alunizaste en el Mare Crisium
y andas tigresa, como tú dices.