Confesiones


Je forme une entreprise qui
n'eut jamáis d'exemple.


De Ginebra, mi pueblo calvinista,
donde todo era nítido como la sombra de una camisa de
fuerza,
resbalé a Lyon, adonde Jouvet
con un florete de platino me calcinó el punto cerúleo.
Touché. Merci.
Desde entonces, diremos que sin saberlo, en cualquier
teatro vacío,
estreno siempre sueños, aunque no se entiendan todos
o mi valioso trabajo cotidiano salga perdiendo. Mientras,
el vecino de cada noche tose, tose, y no muere.

Primero recorríamos las cordilleras divulgando tonadas
accesibles,
un trozo del Lago de los cisnes y cosas así.
Vimos mapaches, hablamos con Sísifo
(—No, moharrachos, eso del horror de volver a empezar
son necedades;
no, lo malo es que cuanta vez rueda la peña
me pasa por encima, mata una oveja en el valle y tengo que
pagarla),
inaugurábamos altorrelieves de parejas,
Abelardo y Eloísa, Aquiles y la Tortuga.
—Mastica mármol parió, muchacho, mastícalo;
así te resultará más llevadero el camino.

El paisaje se aplana desde hace años—
¿quién nos hará la autopsia?—
pero qué importa seguimos cargando la marimba por el
desierto de caspa
leyendo cada vez menos grafitos en el oleoducto tan útil
y un poco más allá donde un rodillo tricolor y vertical de
peluquería
girando suspendido en el aire gris
marca el fin de los tiempos.



(La cultura en México, 800, 1977)