Ubicua


Adolescente aún niña, por la calle,
quizá con las uñas algo sucias;
joven tan a menudo tan mediana;
o en treintas, taciturna, toda mirada móvil
por una fiebre seca de códice borroso—
pero que duerma sola y en su cuarto
(¿no va uno a poner las condiciones?):
vivirla cama adentro, sin hablar, el embozo en los
labios, que huele a su saliva;
haya luz suficiente.
—No; ni aun tocarla.
Mirar sólo
en torno, la falda dejada con afición
o el pantalón calamitoso aventado a una esquina.
Volver los ojos, vigilarla aquí al lado
en lo más suyo: está
y yo no la conozco.
Justipreciar la lámpara patética o discreta
(y luego su perfil: como el que espía
lo que lee un compañero de trayecto —y en el acto
le escruta el rostro, ¿para qué?),
tranquilidad cardinal en la cortina,
el florero decente o
un escalofriante conejito con cara de niño,
de loza —ése, sí, ése.
Largo rato. Muy cerca. Paralelos,
en tanto menstrua, se adormila,
pasará el primer frío con sólo estar tan quietos
que apenas vibre la espada de mercurio entrepuesta.
Respirando pausado, profundo, a mis anchas;
a mis inmensas anchas.



(Inédito, 1983)