Duda


Mercurial,
suma de alboradas en la frecuentación del silencio,
ciervo cercado de rigor y bruma
y de esa envidia que al caer la noche,
mientras se oyen todavía los niños afuera,
se pone en la garganta —el pájaro vuela en círculos,
desciende,
y al llegar tiende las garras anhelantes—, desde cualquier
retorno,
desde quién sabe qué amistad.

Porque creerlo es fácil, sí,
aun en estas fechas que a veces huelen como el agua de
flores que se tiran, como el agua
del manglar, fría en lo hondo y que se pudre sin prisa. Feliz
lenguaje
y la paciencia de la lluvia en los cristales, esta certeza de
climas y de floras
o la figura hermosa de muchacha huesuda sacudiendo sus
sandalias en la playa.