Apuntes


Para Manuel Quijano Narezo

 

¿Decir lo sé?
Aquí y en esta hora, cuando una figura, uno entre los setenta y ocho naipes, entre los cincuenta y seis o entre los cuarenta y ocho, un as, ¿importa?
¿Florear las cartas o esperar a espadas, pique, grun, espadas?
Sí, y al fin en la mano, en las manos entre el índice y el pulgar como una forma en el instante de la
consagración, frente a un saldo de fichas negras,
blancas, rojas, verdes.

Sí, tal vez.

Tirarlo sobre la mesa y musitar el epitafio: se acabó, al carajo. Y recoges las últimas posturas –nuestros restos– se dice.
Afuera, a través de los nublados cristales, un día más e inmutable la aurora de hermosas trenzas, como otro día cualquiera, como aquél en los cerros dorados del otoño después de la tempestad en las playas de Esqueria.
Más, ¿a qué mencionarlo?
Yo, el ganador, recojo los restos con el mismo habitual y moroso ademán.
El precio de unas horas, si para todas hay alguno superior a treinta monedas.
Y de nuevo un día más y un día menos, para discurrir clandestino bajo un nombre y un oficio honorables y precarios.
¿Pero hasta cuándo?
Y recuerdo.
Alcinoo pregunta, o su Católica y Real Majestad,
o nadie.
Las relaciones de los vencidos, algunos libros sagrados, las historias narradas por un ciego y otras relegadas de amor y fortuna, rinden en parte el testimonio.
Un solitario autobús acelera hacia el norte, se propaga el gorjeo de los pájaros en la alameda. Al oriente las torres alineadas y la cúpula de la catedral se perfilan en gris y en acero los volcanes. A mi espalda me dicen adiós y golpean la puerta.
Un soplo frío y puro llega por la ventana. Aunque en verdad nada concluye en una hora, en una fecha, o nunca, volvemos hoy como otro día, ayer, al azar –respetando la volte, e triste impera...
Al fin del último crucero, olvidado de cuanto padecí, bajo su protección y la del dios de los suplicantes, en la playa y a la vista del olivo frondoso, el día de mi retorno era ya el extranjero.
Lo fui después de encontrarme en tus ojos una tarde de Ea, y desde antes, en aquellos días cuando ostentamos nuestra furia, nuestra indigencia y nuestra astucia ante los inaccesibles muros.
Otro día, el de la noche que cayó sobre nosotros en Hadeby, vimos partir mi nave –con tu rostro y tus senos esculpidos en la proa– hacia el norte, su vela amarilla en el crepúsculo, y llegar del occidente y el sur al enemigo.
En la ciudadela nadie sobrevivió, y la empuñadura de mi espada con su Jelling permanece aún como trofeo en un distante sepulcro normando en la costa de Sussex.
A través del olvido y la esperanza, de la violencia, la gloria y el desastre, apenas y siempre una única y antigua historia de amor.
De Babilonia a Cincinnati y a Ceylán y el acaso, yo, el desertor, este resto de mí, llegó para ascender de nuevo por los peldaños hacia tus ojos.
Mas, cómo reconocernos después de borrar nuestros rostros y sólo recordar una melodía –la dices cuando extraña para ti misma, yacente, perezosa, la escuchas y te abandonas.
Y no obstante, turbada en el silencio y desnuda ante el espejo, esperas, como en Ur y en Jerusalén una noche
de saqueo y revelaciones, como en Cartago y en
Tenochtitlan a la sombra de mi destino, como otras, y
quizá como una víspera de Navidad en México.

Alguna vez decías: I have remembrances of yours
That I have long longed to
redeliver


Y erigida en ti lo demandabas ante mi postración y mi extravío.
Hoy, bajo la fría lámina de estaño del horizonte,
lívidos por las calles destellan el carbón y el mercurio en
los hilos de la madeja, donde ciertamente no existe una
salida sino todas las salidas hacia ninguna parte.
Sobre el laberinto el tiempo se cierra.
En la esquina
de Madero y Letrán, de espaldas contra el muro de
cemento, yergue el rostro desde su fatiga de siglos, y
a través del smog frío del crepúsculo se ilumina bajo el
mechón hirsuto y ralo.
Su voz hipa las vacuas cifras de la fortuna.
Ofrece
los dones de la incertidumbre y no más una máscara de oro al usurpador.
Su mano sarmentosa blande los verdes billetes de la lotería bajo incoherentes salmodias.
Y en sus ojos,
como antes, veo los pertinaces fulgores,
al sol y entre el polvo y los
escudos de pluma, y en la penumbra a orillas del
Usumacinta velando la fresca piel de una cautiva púber,
con su mano, la mía, sobre el terso vientre,
y en
lo postrero de aquellos días, los de la abolición y las
profanaciones, en la noche última, en la hora de la
aniquilación no en la de la renuncia, y de nuevo, aquí,
sobreviviente a su propio funeral sin preservar su olvi-do.
Nuestros ojos se encuentran,
y me conmina.
En el centro del círculo, en el ápice de la noche el día del solsticio, en un silencio incandescente sobre las yemas de los dedos, pronunciamos un nombre como un eco o una cifra, como una efigie, como un rostro inescrutable, y en ese instante, en éste, sabemos.
Porque todo está previsto,
tú y yo entre ellos, a salvo de la amenaza y el riesgo de su felicidad o su desprecio y su condenación, conmovidos, impuros, repudiando sus redenciones, cumpliendo
nuestra sola perseverancia.
Mas no escuches, recuerda.
Una palabra en el ávido enjambre, una entre las setenta y ocho veces setenta y ocho, entre las cincuenta y seis veces cincuenta y seis o entre las cuarenta y ocho veces cuarenta y ocho de cada una posible, inmemorial y súbita.
La espero y acecho hasta su captura
para pronunciarla y jugar con ella nuestra predestinación.
Si, respetando la volte... a una palabra, la primera y la última en su consumación y holocausto, entre el índice y el pulgar como quien la consagra o profana y arroja contra sí mismo.
Atisbo una que centellea y se desvanece.
Escribo al azar.

 

(1971)