Impotencia del pensamiento puro

 

Es como si yo escribiera con la mano metida en la sagre.

A través del ojo del buey que está a punto de morir,
veo lo que acontece en mi interior: no hay ningún paisaje
donde dejar los labios enronquecidos de tanto andar,
no hay donde dejar la salud cansada de tanta iracundia.

(El papel me mastica en silencio, mugiendo, y acaba
por tragarme.)

Es como si yo escribiera recostado en la astilla
de una estrella,
que de verdad fuera irreal, insutancial improbable.
Entonces pienso en la palabra Samar,
que se me sale por todas las estrofas,
hasta que cae a mis brazos como una muchacha.

Samar, digo,
y Samar corre como una punta de flecha,
de puntillas
sobre la alfombra incierta de mi teatro,
digo,
y mis pinzas la aprietan como un lápiz,
sin saber a ciencia cierta si Samar quiere decir sombra,
o si quiere decir algo,
o es un planeta que vive en la sombra o un barco,
desprendido de un sol reciente
que ha llegado a encallar en la arborescencia de un helecho.

En el espacio que me rodea se abre una ventana:
una mano atraviesa ese hueco y aprieta mi nuca.
Esto es todo.
La ventana desaparece.

Por unos segundos he visto y sentido
algo que está más allá del delirio.
Golpeo el espacio con una cuchara,
pero no hay muros ni ventanas
sólo materia transparente,
velo
cubriéndome a soplos.
Mirar me desangra.

Tal es que cada palabra que escribo se vuelve
contra mi pecho
me ensarta con una bayoneta de trigo airado.

Pongo una vara en la suite de las palabras para que no
callen.

Es como si yo escribiera con un oboe metido en la sangre.