Al volante de un automóvil, por la carretera panamericana de Tuxtla Gutiérrez a la Ciudad de México

 

A Enrique González Rojo

De Tuxtla a la ciudad de México
hay más de mil kilómetros de distancia
más de un millón de metros
más de cien millones de centímetros,

más las piedras,
más los árboles,

que no se pueden medir, ni contar,
que he recorrido tantas veces,
a tantos kilómetros por hora,
con mucho calor y viento por el Istmo,
con lluvias torrenciales por el tramo de Veracruz
que tratan de detener el carro, derribarlo en un
barranco,
que he aprendido los nombres de los puentes,
de los pueblos asfixiados, hundidos
en las curvas y rectas de la carretera;
que he recorrido por distintos días y meses del año,
en la madrugada, en la noche, en el momento
en que la tarde es una cigarra volviendo a su funda
primitiva, saltando al revés, a su condición de ninfa,
sintiendo ese cansancio que nos prende de la boca
con un anzuelo,
que continúa en un hombro,
baja hasta el calcañar de los pies,
y escarba con una cuchara
el cráneo;
todavía siento, cuando voy caminando
de un lugar a otro, en esa trepidación de vida y muerte
a la que nos empuja la gramática o la cólera,
de regreso a casa, abriéndome paso
con un pico y una pala, o cuando
estoy sentado en una silla
o cuando acostado entre las piernas de la que amo,
ese cambio de velocidades, el esfuerzo del automóvil
al subir una montaña, entrar a ese nudo de raíces,
el leve mareo al descender
y la velocidad que nos hace tragar el paisaje
o nuestras palabras;
la primera vez que llegué a la ciudad de México
no sabía a dónde dirigirme,
qué esquina cruzar,
era como comenzar un escrito,
estar acodado en una mesa frente a una hoja en blanco,
solo, con los hombros colgados hacia adelante
esperando el disparo que inicia el arranque,
la carrera que hay que ganar
y donde se es el único competidor,
una hoja que ardía en mis manos
como a veces arden los tiraderos de basura de Santa
Cruz Meyehualco,
o como los camiones y tranvías en tiempos de
rebelión,
que aullaba, que tenía hambre,
iba de un cuarto de azotea a la ciudad universitaria,
con libros bajo el brazo,
haciéndolos pedacitos y tirándolos
por la ventanilla del camión,
contaminando más la ciudad con Kant y Antonio
Caso,
y ya sin ellos me bajaba a la mitad del camino,
entraba en una cocina económica de las calles
de Academia,
o a una cervecería
y en la noche a bailar a La Perla,
más tarde sentía la humedad de la muchacha
que se había acostado conmigo,
una humedad que iba creciendo
como un universo en expansión
en unos cuantos metros cuadrados,
en unos cuantos metros cúbicos de aire
y yo escribía en las bardas de la ciudad
ampliaba mi territorio, mi radio de acción
entraba a calles espantosas
donde la gente se arrastraba,
desempleados que no tenían para comer,
rateros, tal vez criminales
que alargaban sus ojos hasta mi camisa
y era como entrar de nuevo al cine
a ver Los olvidados de Luis Buñuel,
y en esas calles ulcerosas vi por primera vez
carros llenos de policías, y también policías a caballo
granaderos en camiones,
que cerraban esas calles,
parte del poder del Estado,
que entraban empujando,
golpeando,
entraban a paso de carga,
y arremetían contra todos,
tirando los botes de basura,
despertando al vecindario,
disparando a quemarropa,
acometiendo como en un juego de fútbol americano
y después era el silencio de La Calle de la Paz de Chaplin
y yo despertaba tirado en la banqueta,
macaneado, con las cejas cortadas,
como un boxeador groggy que le han parado la pelea
por knock out técnico en el tercer asalto,
con la rechifla de un público que no existe,
levantaba los pedazos de libros que me habían quedado,
sin un quinto en los bolsillos,
y regresaba a mi cuarto
silbando el mambo de El Estudiante
a escribir el poema
que se perdió
como se pierden tantas cosas,
credenciales y mujeres,
huelgas y chicles,
buena fe y calcetines;
con mucho frío por la sierra de Puebla,
hay que subir los cristales de las ventanillas,
poner la calefacción, descender a una velocidad regular,
y luego la claridad entrando por la ventana de mi cuarto,
entrando ella a despertarme,
quitándose su uniforme de colegiala,
echándoseme encima, moviéndose,
besándonos como se besan el actor y la actriz en los filmes,
acariciándonos en La Torre de Nesle,
en la mansión de Lo que el Viento se llevó,
ya es tarde, ya es tarde, nos decía la claridad,
se hacía la luz en la sala de cine,
había que ir a cenar y atravesar de nuevo el zócalo,
despedir a la amiga en la puerta de su casa,
después subir a la calle de Guatemala,
a dos cuadras dar vuelta a la derecha,
llegar de nuevo al poema recién comenzado,
entrar de nuevo a la expedición del sueño,
ir recogiendo muestras de distintos materiales,
para bajar de nuevo a la calle
al escuchar el ruido de los camiones
de carga y descarga, las voces de los vendedores
ambulantes,
de los recogedores de basura,
de los niños que van a la escuela,
subir a un camión de pasajeros
junto a obreros y obreras,
el chofer lleva el radio encendido a todo volumen,
es difícil llegar hasta la puerta de bajada del camión, se toca el timbre, se prende un foco rojo al lado del volante,
caminar sin rumbo fijo por la estación San Lázaro,
ver pasar un tren
que a la tierra arrancara su estructura,
en seis de sus vagones una letra
que conforman la palabra HUELGA
esos materiales que llevo en el bolsillo
los comparo con los que voy viendo en la calle,
llego hasta un puesto de jugos y pido uno de naranja, los ferrocarrileros al pasar levantan el puño y saludan, yo los saludo,
parecen decirnos
la realidad son estos puños,
este tren,
el jugo de naranja ilumina todo mi cuerpo,
llego al sitio de reunión,
los cinco poetas están sentados alrededor de una mesa
alguien lee un poema, yo los observo:
"tienen la edad que yo tenía cuando los conocí",
pienso;
se han quedado inmóviles fijos como en una fotografía
en actitud de golpear la mesa,
con el lápiz en las manos,
con una copa al lado de cada uno,
tienen la edad de nuestros hijos,
edad que ha pasado vertiginosamente,
tal como el descenso por las montañas de Oaxaca,
donde parece que la carretera engendra otra carretera,
donde el menor descuido puede llevarme al precipicio,
donde parece que los frenos no responden,
se ha perdido el control del auto,
llego hasta la fotografía y la cuelgo en una de las
paredes de mi casa,
llego por primera vez a la ciudad de México,
soy un hombro más de la multitud al dar un paso,
gases lacrimógenos me hacen rabiar,
trenes descarrilados o incendiados en las terminales,
las vías levantadas, y el ataque
del ejército, policías y granaderos
en formación a paso de batalla,
el zócalo reducido a un culatazo en la frente,
vendrán otras batallas, nos decía José Revueltas,
los ferrocarrileros pasan frente a mí levantan el puño
y saluda,
salen de una cárcel para entrar en otra,
pasan a la ilegalidad, a sus escondrijos,
tomo nota, apunto todo esto,
no soy masque un cronista
que ha visto caer a sus amigos,
que ha enterrado a sus muertos,
que se ha bañado de viento,
lleno de contradicciones y fantasmas,
de asperezas y afirmaciones,
con la espalda remendada tantas veces,
de nuevo amando, avizorando el futuro
que es tan difícil retener en el lente del telescopio,
negando ese futuro, de nuevo odiando,
de nuevo comenzando, en fin
iniciando el viaje, partiendo del mismo lugar,
dirigiéndome al mismo lugar,
descendiendo por la carretera, frenando
tocando el claxon, haciendo cambio de luces,
cambiando de velocidades, atento
al deslizamiento de las llantas, poniendo
en acción los limpiadores del parabrisas,
vigilando la aguja que marca el contenido del tanque
de gasolina,
bajando a gran velocidad, en fin
hasta llegar al lugar donde estoy sentado escribiendo,
al final de todo,
esperanzado,
frenando bruscamente
para no atropellar todo lo que llevo escrito
y a mí mismo.
Para continuar ascendiendo y descendiendo.