Descripción de una reunión con algunos amigos de la infancia

 

El papel gime como un buey moribundo.
Es como si yo escribiera con la mano metida en la
sangre, en el ojo que le cuelga de su cabeza de combatiente
derrotado.
Estiro una pata y alcanzo una almohada.
¿Por qué no está esa almohada bajo la fiebre?
No importa.
Su frescura es inagotable.
Es una fuente de agua.
En esa fuente me baño.
¡Me asfixio! ¡Me asfixio!
Todas las gallinas,
los guajolotes,
los cerdos
se me echan encima,
me contagian sus hambres,
sus estremecimientos.
Estoy caído en un hoyo de cien metros
Mi padre me busca con sus sabuesos
de casa en casa, de matorral en matorral.
Sólo quiero ver, aunque sea nada más un instante
la roseadura en el monte.
Quiero ver un relámpago,
sentirlo en mis brazos,
adormecerlo como un perro junto a mis pies.
Me levanto, camino lento
pero fuerte
sobre el papel en el que me hundo hasta las rodillas.
De ese mar saco un brazo para estirarlo,
para descansar un poco.
Mi garganta se acuesta en un charco de agua
y sueño que la madrugada pasa su lengua por mi lomo.
Tonterías.
Voy hasta el refrigerador y saco una cerveza.
Qué calor.
A las dos de la mañana
el calor es igual que a las dos de la tarde.
Vengan a mí en esta hora caliente,
amigos de la infancia,
sentémonos en esta piel de cocodrilo que humea.
Tomemos una cerveza
y hablemos de nuestras correrías en el monte,
de nuestras guerras,
de nuestros cuentos de espantos y ahorcados.
Muchachos, queridos muchachos, despedacémonos.
Volemos.
Verdaderamente, ya no los recuerdo, no sé quienes son.
Sólo sé que existen
en alguna parte
golpeando a sus hijos,
insultando a sus mujeres,
quejándose de que no tienen dinero.
Yo también existo.
tal vez en la hora que no vemos del día,
entre el día y la noche,
golpeando a mis hijos,
insultando a mi mujer,
quejándome de que no tengo dinero.
No sé cómo existo en este país que acuchillo y que me
acuchilla,
leyendo este periódico que hiede,
viendo la excrecencia del mundo desde la televisión,
tomando esta cerveza para mitigar un poco el agobiante
calor,
frente a la silueta de ustedes,
queridos niños y niñas,
que se desvanecen junto a la aureola
que gira en la cabeza del buey que ha cerrado los ojos.
No importa.
Todo está destruido.
Encima de una mano
que dejé colgada
en el corredor de mi antigua casa,
agarrada a la alcayata
donde mi abuelo colgaba su sombrero,
destruyo las paredes
los juguetes de madera,
el barrio con sus gentes frustradas y envejecidas,
mi cuello,
mis piernas rotas. . .

Con el brazo metido hasta el codo en el papel,
estoy hasta las cejas sucio de sangre.
Como un perro hundo el hocico en esas profundidades
cerradas y desde ahí olfateo a mis parientes.

El papel se convulsiona como un buey moribundo.