La patria de los tocadores de Siringa


Primavera

Salud, salud al viento que enciende la pupila
y ensancha el noble pecho de quien suena la flauta.
No perdáis la belleza cantándola, vosotros
que de ella os rodeáis en los prados de Arcadia.
Que sea el oloroso viento el que traiga el rancio
aroma de la tierra desgarrada de arados,
quien desde el peñascal escabroso sacuda
las flores e ilumine los hombros de las jóvenes.

Verano

Brutal, violento estío, arrojado me tienes
sobre los pedregales del cauce, que otras tardes
llevara la frescura; abrumado me encuentro
con tanta luna roja y quemadas están
por tu luz mis pestañas, y mis nervios quemados.
Ansiedad meridiana y acaso merecida
de quien es propia víctima de una pasión inmensa
y arde, y, al arder, se desespera, y pena
sin el fragor del bosque, y sin amigos, oh
sin amigos ni amores, bajo este cielo espléndido
sobre el que están girando mi soledad, las águilas.

Otoño

Ves que el heno reseco se pudre en los graneros
y entre las tablas sale su aroma penetrante;
ves ya el roble con todas sus hojas oxidadas
y el sendero que cruza el huerto de manzanos
con los frutos caídos y la humedad primera.
Son los prados fundados por la divinidad,
en donde los rebaños pastan la negra yerba
bajo cielos de bronce sembrados de relámpagos.
Oh buen otoño ardido, coronado de vid,
corrompido de mostos y de rosas nocturnas,
aplaca la violencia, la sed del corazón
que va por las colinas; sosiégale los muslos
al pastor que ha estrellado su bastón contra el atrio
y corre, corre siempre entre el bronco tomillo,
monte arriba, arrasado de lágrimas y sucio
de flores machacadas, de estiércol tenebroso.
(Estallarán las venas que no han querido verse
por el amor negadas.)

Invierno

Pues si viene la música con las nieves, se alcen
del fuego tus dos ojos y la mirada vuele
a través del ventano, más allá de las mimbres
y del helado río sobre el que pasan aves
hacia el sur, con escarcha en los picos rosados.
Nadie debe negar este coro que vibra
bajo la tierra y crece con mil labios que soplan
sobre otras tantas flautas. Niega todo a tu vida
menos la postrimera mirada al campo lleno
de silenciosa luna y hogueras azuladas.
¡Es tan largo y tan dulce el tiempo que te toca,
el don del novilunio en el lomo del potro!
Ve y quita los espinos a tu manto, celebra
que este invierno tampoco hay en Arcadia guerra,
sé piadoso, es el tiempo en el que se fecunda
otro año, más vida allá en el vasto Olimpo.