Nota introductoria
 

Si la literatura es un camino sin retorno, puede decirse que la poesía es el no retorno mismo. Es la cima inalcanzable, pero que el escalador siempre procura. El Nirvana, el estado de gracia. Quiero decir, parafraseando (mal) a William Faulkner, que si hay tantos novelistas malos, tantos cuentistas mediocres y ahora sobran los ensayistas (esa moda necesaria, dados los tiempos que vive el mundo), los poetas son poquísimos, élite necesaria, como (todavía, y por siempre) la de los astronautas.

La poesía no tiene más compromiso que con la perfección. La poesía es perfecta o no es. Arte superior, por qué no decirlo, es también el género literario más inferiorizado, se diría que bastardeado, por esas dos razones que no puedo dejar de apuntar: por un lado, porque es inevitable que la gente se sienta inclinada a la simplificación, que es una de las peores enfermedades de la versificación; y por el otro, porque el rigor hace ya mucho tiempo que dejó de ser requisito indispensable para el arte (lo cual es un atentado al arte y al buen gusto, algo frecuente en esta modernidad de fin de milenio).

Y es en América Latina donde, pareciera, se ha abusado más de la poesía. Se le ha perdido respeto, en la medida en que se abusó de los adjetivos: poesía social, comprometida, de mensajes, hermética, intimista, prosística, etcétera. Pareciera, entonces, que la poesía ha empezado a servir para todo. Supremo utilitarismo que viene matando a la poesía, desdichadamente, en lugar de matar a tantos pésimos poetastros. Hace unos años, en Argentina, Vicente Zito Lema escribía que “la poesía no es un plato que se come frío”, lo cual es cierto. No obstante ello, no es sólo un plato caliente, ni un guisado, por muy exquisito que sea. Ni lo caliente implica sólo testimonio o ideología, ni lo frío es sinónimo de hermetismo elitista.

La falsa separación de aguas, materia de tantas páginas en la crítica académica y periodística latinoamericana, conlleva un olvido importante. La poesía es, siempre, una propuesta arquitectónica perfecta. Enrique Santos Discépolo, letrista de tangos famosos, definió al tango, brillantemente, como “un sentimiento triste que se baila”. Siguiéndolo, podríamos definir a la poesía, entre la interminable historia de intentos de definición, como una belleza que se siente. Y si así fuera, un poco a la manera de Paul Valéry, nos daríamos cuenta de que la poesía es forma pura, esencia contenida.

Para Michel Foucault, lo formal era sustancial, y creo recordar que fue Juan José Arreola quien dijo que la forma perfecta es contenido puro. Digamos, pues, que no hay esencia sin forma. No son opuestos, sino complementos necesarios. De modo que, como el gas que exige continentes perfectos para no evaporarse, la poesía, ontológicamente, es en tanto forma y contenido. Y esto es algo que en nuestros países parece olvidarse, ignorarse, y ha dado lugar a no pocas ironías exquisitas, como cuando Jorge Luis Borges, requerido para prologar una antología de cien poetas argentinos del siglo veinte, eludió hacerlo diciendo, con su acrimonia habitual, que le parecía asombrosa semejante producción de poetas, cuando otras cul­turas como la italiana no podían dar otro Dante en siete siglos.

Pienso que estas reflexiones son aplicables también a México y aún a aquellos que son llamados “países de poetas”, como Chile o Nicaragua, lo cual es (creo yo) sólo una frase hecha, de poco vuelo como todas las frases hechas, pues así se introduce impunemente a cualquier versificador mediocre en la misma tradición de Darío y de Huidobro, de Neruda y Cardenal, de Enrique Lihn y Coronel Urtecho, de Gonzalo Rojas y Pablo Antonio Cuadra. Y es que escribir en verso, en realidad, escribe cualquiera. La belleza perfecta, en cambio, es la única ruta segura hacia el cielo de la poesía.

Pensar todo esto, decirlo una vez más, me ha parecido necesario para poder referirme a uno de los poetas superlativos que hay, actualmente, en mi país. Y quien gracias a la amabilidad de Marco Antonio Campos, ante quien propuse esta breve antología, es menester que se conozca en México. No es el único escalador de ese cielo poético que hay en Argentina, pero posiblemente sea una de las voces más sonoras, profundas, acabadas, de la poesía de este fin de siglo. Criado en su natal Gualeguay, en la húmeda, verde y fértil provincia de Entre Ríos, en el mismo sitio de Juan L. Ortiz, de Carlos Mastronardi, con quienes se formó, Veiravé recoge en su obra las mejores tradi­ciones de la poesía argentina. Desde su inicio con El alba, el río y tu presencia (1951), Después del alba, el ángel (1955), El ángel y las redes (1960) y Destrucciones y un jardín de la memoria (1965), la poética de Veiravé se afirma y reafirma, y se confirma en los últimos quince años, cuando las sonoridades de Lugones y Fernández Moreno, de Macedonio y Alfonsina Storni, de Borges y Girri, y siempre el inolvidable Juanele, se sintetizan en su expresión actual, clásica y moderna a la vez, en la que los paisajes geográficos y humanos, la formación intelectual, la sutileza, el giro lúdico, la voz de la oralidad y lo espontáneo, se constituyen en concierto de antípodas resueltas, de estilos diversos que por diversidad y por dominarlos forman un estilo.

De hecho, Alfredo Veiravé es un poeta chaqueño, y quizá por eso mi ansiedad por difundir su conocimiento, su degustación. Tierra feroz, y feraz, en la inmensidad del vasto corazón de Sudamérica, el Chaco ha encontrado, finalmente, su poeta mayor. Y ése es un hecho que hay que festejar, con alborozo. Especialmente porque la adopción fue mutua: Veiravé lleva más de treinta años en el Chaco, y allí incorporó una geografía asombrosa y exorbitante:


Vivo en el Chaco en la ciudad de Resistencia y
                                                        conozco
el quebracho, el algodonal y el viento norte
en las siestas del verano
sus templos sacramentales y las lluvias 
                                              interminables...


Y por eso en su poesía florecen los lapachos, las tipas y los filodendros, pero no para mostrarnos un poeta costumbrista, un relator de geografías, sino un buscador de belleza, como un gambusino de la palabra y del destino del hombre:

 

aprendamos a leernos en la sequedad de
esta geografía
       en donde permanecemos
hasta alcanzar cierto grado de locura
       los informes meteorológicos anuncian grandes
                                                                 lluvias
en el Chaco
       pero las tribus nos arrojan sus granos de arena
sobre los ojos
       ni alegres ni tristes estamos en el claustro
codiciando el desperfecto de la máquina solar
                                                           sentado en
       el calor.


La presente antología no necesita las obvias adverten­cias sobre el sentido caprichoso del compilador, pues —eso se sabe— en todas las antologías hay la misma inevitable arbitrariedad. En todo caso, en la que el lector tiene en sus manos, la peculiaridad interesante de anotar consiste en que los poemas que conforman este libro fueron, digamos, acordados en su mayoría, entre el autor y quien firma.

Para concluir, nomás algunos datos sobre Alfredo Veiravé. Nació en 1928, como se ha dicho, en la ciudad de Gualeguay, cercana a la costa argentina del río Uruguay. Vive en Resistencia, Chaco, desde 1957, donde es profesor de Literatura Iberoamericana en la Universidad Nacional del Nordeste. Tiene dos hijos, una vasta erudición (por momentos excesiva, pero que no es sino un guiño cómplice para el lector agudo), y yo diría que tiene parentescos evidentes, acaso involuntarios, casuales (que son los mejores) con Octavio Paz y con Jorge Luis Borges, y también ese aire juguetón, cortazariano y espontáneo de las mejores páginas de un José Emilio Pacheco, de un Juan Gelman. Y tiene, también, un hermoso jardín, el mate siempre a punto para convidar a los amigos y una rara perfección en sus poemas, una poeticidad ejemplar como sólo tienen los enamorados de las palabras. Como él lo ha escrito en ese poema perfecto que es “Radar en la tormenta”:*

 

Y alguna vez, no siempre, guiado por el radar
el poema aterriza en la pista, a ciegas
                                          (entre relámpagos)
carretea bajo la lluvia, y al detener sus turbinas,
                                                        descienden
de él, pasajeros aliviados de la muerte: las palabras.



Mempo Giardinelli

Este Material de Lectura se publicó, originalmente, en 1987. Alfredo Veiravé falleció cuatro años después, el 22 de noviembre de 1991. (N. del E.)