Nota introductoria
 

Empezar a hablar de Eliseo Diego es aproximarse a describir su tono: creo que ningún lector es ajeno a una cierta sensación de lectura amable y benigna en relación a este poeta... Y hablo sobre el poeta y no sobre el tono de la obra, pues nuestra impresión de lectura no se constriñe al poema particular que estemos gozando, sino que se trata de una verdadera modulación que proviene del ánima. Hay un modo de ser, una forma que da cuerpo, suponemos, al cubano, y, claramente a su producción de casi cuatro décadas. En el desglose, conviene adelantarse a distinguir lo cotidiano de lo coloquial. Diego se entrega a la recuperación de los ecos y tonos generosos de las calles de su ciudad, es la intención de nombrar las cosas de su ámbito diario; lo cotidiano tiene cita, pero como aura —de ahí la tentación de hablar de magia en esta obra— no como atestiguamiento estricto de las voces coloquiales. Ciertamente es un testimonio, pero entonado a lo celeste, no a lo callejero: “la extraña conciliación de los días de la semana con la eternidad”… Podemos hablar también de la transfiguración como operación sustancial en este mundo; pero conviene de nueva cuenta precisar un distingo. Usualmente Lezama Lima es aludido y entrometido cada vez que se atiende a cualquier otro miembro del “Grupo Orígenes”. Lo transfigurativo en Lezama convoca un estrato a la vez geológico y teofánico, un camino propio que él conoció y caminó. En Diego, su amigo y compañero, la transfiguración —podría decirse— sucede in situ: nunca se trasciende el espacio cotidiano, no pretende ser abolido; la magia cotidiana consiste, precisando un poco, en una delicada operación poética de despojamiento de lo accesorio; una purificación donde lo coloquial, lo pesaroso, la polis como fácil grandilocuencia, se evitan para rescatar desnudamente lo cotidiano —su júbilo, su melancolía— como la materia del poema: la ciudad, La Habana prodigiosa, se transfigura en sí misma y es, ya, el espacio dichoso de la fiesta.

Tal tono de amable milagrería es lo que enseñorea esta obra. El delgado hilo de la palabra benigno recorre la producción de Diego y brilla con el peso de su moneda. Uno supone que es característica de la obra porque es cualidad del hombre, pero no se trata de un tono homogéneo, excesivo. Hay al menos, dos variantes, dos accidentes. Por un lado, los poemas iniciales de En la Calzada de Jesús del Monte (primer libro, 1949) muestran cómo el autor batalló por abrirse camino hacia su estado generoso que después lo caracterizaría. Tales poemas iniciales (los “Discursos”, “Voy a nombrar las cosas”, “El Paso de Agua Dulce”) dan cuenta de la pérdida más que de la transfiguración: lo cotidiano —se dice aquí— es lo que muere y nos huye día a día. Todo es desolación —sin desgarradura, eso sí— y el poema debe atestiguarlo: “Rehacen las materias el canto llano de su pesadumbre”; el calendario tiene un tiempo y no es el mejor para el hombre, tiempo de “cuando las nubes rezagadas en mala sombra nos sepultan”. Sin embargo, por alguna Calzada de Jesús del Monte asciende el ánima de poeta de Diego pues el libro gana hasta “El sitio en que tan bien se está”, de entre todos mi favorito, claro magisterio de sus mejores recursos y testimonios de la cualidad humana.

El segundo accidente al que aludía es la cuenta por pagar a la exigida verosimilitud del mundo externo. No todo, lo sabemos, se deja ordenar por el generoso imperio del viejo ebanista: el tiempo, la muerte, el ahogo de la tristeza, en fin, todas las formas de discordar el tono que he procurado describir, aparecen en su danza de muerte. Versiones (1970) da espacio amplio al último vals: “ʻPéineme usted como nunca, señorʼ, dice la muerte, ʻpéineme usted como nuncaʼ.  / Y con grosera reciedumbre la muerte rompe a reír”.

Ante esto, es sobremanera ilustrativa la diada que forman dos poemas de A través de mi espejo (1981). El espejo del tiempo que fluye y se detiene por un instante: Diego atisba la fluencia infinita y capta, borgianamente, las líneas de su rostro y el ruiseñor que canta a un ocaso y su memoria: “Frente al espejo” y “Un rato más”, que aquí reproducimos, son haz y envés de la mejor escritura de Diego, de su percepción de un mundo suave y fugaz, melancólico y jubiloso.

He mencionado a Borges y no considero inconveniente sugerir al lector la lectura conjunta del célebre “Adrogué” (El Hacedor, 1960) y “La Quinta” (En la Calzada de Jesús del Monte, 1949). ¡Qué distintas maneras de modular la misma noble evocación del reino perdido! Formas diversas y hermanas en que la casa familiar de las afueras se transfigura en cifra rotunda de lo que se ha vivido dentro de lo sagrado y cuyo acceso ahora nos está vedado. Queda entonces, como siempre, el poeta para simultáneamente ate­sorar y perder con sus palabras “aquellas fuentes ciegas, y las acequias hondas por las fragantes tardes paseadas”.

Obra entonces de la unidad y lo fragmentario. La unidad del reino evocado, purificado por tan amable poética; el hecho de poder mentarlo gracias a los fragmentos privilegiados. Y los fragmentos que yacen dispersos a la vera del río que los ha abolido. El poeta, el ebanista, recoge los melancólicos derelictos... “Un poema no es más/ que la felicidad, que una conversación/ en la penumbra, de todo/ cuanto se ha ido, y ya/ es silencio”.



Alberto Paredes