Nota introductoria


Nadie puede cortar la cabeza de un poeta. En las leyendas se nos habla con frecuencia de aquel héroe que vino a matar la serpiente de siete cabezas. Pero el poeta tiene siete y más cabezas, va más allá de todos los números cabalísticos imaginados, en su capacidad de pensar o de encabezar la actividad creativa del mundo. Y esto viene a cuento, no sólo por el afán de hacer leyendas, sino porque analizando nos damos cuenta de que el poeta Juan Bañuelos, tiene innumerables actitudes sobresalientes —léanse cabezas— dentro de su incesante trabajo poético.

Siempre ha sido diferente la actitud de cada poeta ante la vida y ante la poesía misma. Algunos recurren a la poesía simplemente para embellecer el lenguaje. Otros tratan de rescatar lo bello, del caos inexplicable de la existencia, o bien, tratan de establecer, a la manera de los poetas malditos, la estética de lo monstruoso. Unos cuantos elegidos, como Juan Bañuelos, van más allá de estas actitudes comunes y se enfrentan directamente ante los imponderables, es decir que toman el toro de la vida por los cuernos y hacen inolvidables figuras capoteando la muerte, el silencio inexplorado, la lucha del hombre con su entorno, la batalla diaria del hombre consigo mismo, la violencia del amor, y el estremecimiento ante la inmediatez del ser.

Encontramos más de siete actitudes en la poesía de Juan Bañuelos, sin que al decir el número siete, con eso demos a entender una falta de unidad, sino que, por el contrario, esta multiplicidad de actitudes lo lleva a la cifra del equilibrio, que es el ocho. Sobresale entre estas tendencias o maneras de enfocar la poesía, su actitud ante el paisaje, el que asimila y devuelve transformado en elemento metafísico. En segundo lugar, sobresale su afán por encontrar todos los visos y facetas del silencio. De esa búsqueda, obtiene como fruto una palabra dinámica, que es la palabra que de verdad contiene al silencio y sus consecuencias, en vez de negarlo irresponsablemente. Se advierte al mismo tiempo en la poesía de este autor, una capacidad para señalar la armonía o la relación del hombre con su entorno. Destaca también un anhelo por colorear la existencia con nuevos tonos, sin restarle mérito al color que por naturaleza ostenta la vida diaria. Resume Bañuelos, con gran acierto, el bien y el mal que tantas ocasiones se han enfrentado como enemigos, y los presenta como una imagen coherente, conciliadora, y que demuestra que sólo una institución poética puede proporcionarnos la paz futura, puesto que la paz sería, en esencia, esa boda presentida entre el bien y el mal. No es difícil que el lector encuentre en estos poemas la lucha eterna contra el tiempo; aunque ésta sería una actitud ya conocida, Bañuelos sin embargo la trata con un lenguaje muy suyo y peculiar. Sería una terrible omisión si no señaláramos a la vez en el poeta la capacidad de erotizar todo lo que toca y lo que ve, pues un poeta erótico no se concreta a la relación sexual, sino al hecho de que todos los seres vivientes participan de un interminable acto de amor. Así lo expresa en su poema “Fondo de Agua”: “—Vamos a florecer, a redondear la lluvia/ con tus pechos./ Apaga la ventana”. A pesar de la distancia en el tiempo y en sus ideas, Bañuelos asume en algunas ocasiones una actitud rilkeana ante la muerte, recuerda que todos llevamos esa propia muerte como una semilla alberga al fruto dentro de su seno.

“Mi corazón ya sabe su dirección de bala”, nos recuerda el poeta chiapaneco, que ha cantado incluso al suicidio por amor en una pareja de animales, para demostrar que el amor no siempre es un mito establecido por la literatura, sino a veces un sentimiento espontáneo que se manifiesta insospechadamente en las más simples y elementales criaturas.

Pero entre todas sus actitudes hacia el poema, sobresale su manera de transformar el paisaje en un elemento metafísico. Desde hace más de dos siglos, el paisaje ha sido un elemento importante en la poesía mexicana. La doctora María del Carmen Millán realizó un estudio sobre la forma en que se trata el paisaje entre los modernistas, y el poeta tabasqueño Carlos Pellicer, hizo del paisaje mexicano el personaje principal de casi todos sus poemas. Pero con Bañuelos por primera vez se trata el paisaje en su acepción metafísica.

Si bien es cierto que el poeta toma elementos que de por sí tienen una gran carga metafísica, como lo es por ejemplo, una estela maya, lo valioso es que con su magia poética nos hace vívida y presente esa estela, nos rescata ese ingrediente humano contemplativo para llevarnos luego, con todo y nuestro presente y lo que esto implica, a ese increíble pasado de nivel metafísico.

Bañuelos pertenece a esa casta de poetas notables que a pesar de trasladarnos a calidades insospechadas de lo abstracto, no descuida los pequeños detalles cotidianos tales como el vuelo de las palomas, el paso de los grillos o la madre inclinada amorosamente sobre el hijo. Hay tal intensidad en esos detalles, que cada línea podría ser un poema completo en su propio universo, y sin embargo participa de todos los demás versos, formando parte de una galaxia interminable.

El poeta nos demuestra que el hecho de detenernos en un árbol, no nos impide ver el bosque, sino que nos proporciona del bosque una dimensión enriquecida y nueva, nos lleva a conocer el bosque como la parte esencial de nosotros mismos. ¿Es que al fin se nos da la metafísica del árbol? Es que la poesía debe llevarnos a esa dimensión metafísica no sólo del paisaje, sino de todos los objetos en donde se pose.
Al darnos el poeta un paisaje con acción, nos proporciona una acción para vivir el paisaje, para aprender de nuestras piedras y nuestros insectos, un modo de renovarnos y revitalizarnos, un modo de recuperar, “esos cimientos de nuestra casa devastada...”.

La poesía de Bañuelos no sólo proyecta una esencia maya, sino que hay presente y futuro en medio de este desconcierto por el que atravesamos. Existe una honda convicción tanto del poeta como del ser humano, de que aún podemos hacer algo con ese Destino arbitrario, que es el título de uno de sus libros.

Es toda una vivencia ir reconociendo a Juan Bañuelos en los distintos pasos que va dando en el camino de sus distintos libros. Es el mismo, es cierto, pero a la vez es un poeta diferente, como que va tomando como dije al principio, distintas actitudes ante el poema, como que va enfrentando al toro con distintas figuras de su capote imaginario. Pero el hecho es que nadie puede decapitarlo, porque son incontables esas cabezas con que puede pensar el poema y realizarlo.



Carmen Alardín