Desierto de los Leones


Abadías de árboles, cencerros de la luz,
Esgrima de la tarde, armadura del sol.
Esperamos la llegada del silencio
Y suena una hojalata de llovizna.
Una ardilla mueve el peso de las ramas,
El canto de un ave canoniza los pinos vestidos de verano,
Las viñas de la niebla rozan faldas,
Un ruido de papel duerme en las veredas
Y el puente es un jinete sobre el agua.
No hay ciudad más poblada de violenta quietud
Tendida como un cable:
La carretera es una yugular golpeada por un tronco.
El bosque nos oye, nos invita, es un rey
Paseando en su bastión de soledad
(Oye sus paredes vivas cerrando nuestra sangre).
Mas en verdad,
Ni el tiempo con su cuerno de caza,
Ni el vino estioso, ni la paz,
Ni el fuego que ondula en tu cabello
Incendian estos árboles.
Sólo esa hiedra del sendero sube a mí.