Nota introductoria
 
 

Alguna vez ‒quizás en un día de otoño de 1967‒ Nicanor Parra nos dijo en su casa de La Reina, ya en los faldeos de la precordillera desde donde se vislumbra el valle de Santiago de Chile, que dos poetas de lengua inglesa, Ezra Pound y T.S. Eliot, le abrieron el camino, junto con los surrealistas y el chileno Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) hacia una escritura más directa o comunicante, coloquial, sin los aditamentos ornamentales del modernismo; más del logos callejero, popular y patiperro, vagabundo o vagamundo, que apegada a las preceptivas de los lenguajes de academia, salón o púlpito.

Sospecho que por ahí encontraremos o fundaremos ‒me dijo‒ una nueva sensibilidad poética; otros registros aun cuando podamos caer, a veces, en prosaísmos o ingenuidades que nos debiliten. Sea como fuere, me parece que ha llegado la hora de correr todos los riesgos, más allá de lo que puedan o no puedan decir los críticos de siempre, aquellos que suelen venir de atrás y repiten los modelos establecidos.


Pienso que hasta 1954 ‒año de la publicación de Poemas y Antipoemas‒, el panorama de la poesía no sólo de Chile era un tanto uniforme a través del tono estilístico proveniente de la retórica de Pablo Neruda. Luego de la edición de ese libro de Parra (donde se reúnen algunas de sus mejores composiciones), las cosas empezaron a cambiar, poco a poco, aunque de manera sostenida. Me atrevo a decir ‒en calidad de testigo‒ que el primero en darse cuenta del asunto fue el propio Neruda, quien publicó en 1958 su obra Estravagario, volumen de poemas donde podemos observar cierta influencia parriana. No son pocos ‒entre poetas, críticos, lectores‒ los que aún consideran que la publicación de Poemas y Antipoemas fue un acontecimiento decisivo en la historia de la poesía contemporánea de lengua española. Ese juicio puede extenderse a otros libros que aparecieron después, tales como Versos de salón, Canciones rusas, La camisa de fuerza, Otros poemas, Obra gruesa (reunión de sus textos poéticos hasta 1968), y Hojas de Parra (reunión de sus textos poéticos que van de 1969 a 1985). En todos ellos hay algunos poemas, o algo por el estilo, que adolecen de facilismo, sin ir más allá del nivel de la denotación. Me parece que estas dificultades son todavía mayores en la escritura atómica de Nicanor Parra, aquella que él bautizó como artefactos, chistes para desorientar a la policía, guatapiques. Estos textos aforísticos no tienen desarrollo y, debido a ello, deben funcionar como una especie de golpe directo: un nocaut sensorial y conceptual. De no ser así, los efectos ya no se producen o son puramente superficiales, carecen de doble fondo. Parra le hace el juego al ingenio popular de la lengua, pero a veces se va con la finta porque tal ingenio no pasa de ser una ingenuidad.   

El crítico José Miguel Ibáñez-Langlois, señala en un estudio editado por primera vez en 1972:

He aquí la imperfecta, irritante, corrosiva, anticipadora obra poética de Nicanor Parra, que en los últimos años ha marcado rumbos novísimos en la poesía de Hispanoamérica, abriendo el verso lírico del idioma a las realidades más exteriores y apoéticas de nuestra circunstancia humana. A su libertad creadora debe no poco este fervoroso sentimiento que impregna hoy nuestro lenguaje: la conciencia de que ‒¡una vez más!‒, todo puede decirse en poesía. Este habitante del valle central de Chile, tan hondamente provinciano de su Chillán nativo como paradójicamente universal, ha asumido de veinte años a esta parte la vocación de fundir en los antipoemas, bajo intensas presiones de angustia y humor negro, una suma indefinida de experiencias y formas que el hombre contemporáneo siente liberadoras de sus demonios internos, reveladoras de su más secreto y culpable rostro... En el contexto de la poesía actual, la sensibilidad antipoética acusa el impacto del surrealismo francés, también aclimatado por las esencias criollas, por el humor ladino y el habla espontánea del chileno. Y la austeridad esencial de los poetas metafísicos ingleses, disuelta en la llaneza prosaica de Walt Whitman y en la desenvoltura crítica de cierto Eliot, del maestro Pound. Y el humor negro elevado a potencia poética, a la manera de un Michaux. Y el mundo conmovedor y nebuloso de Kafka, con los ingredientes del existencialismo posterior en estado natural. Y la evidencia del arte pop, con su insultante obviedad. Por no mencionar, de la mano con la técnica pop, los estilizados meca­nismos de la narración, de la crónica periodística, del psicoanálisis, del panfleto… Y todo un mundo de ur­gencias extraliterarias que, por esta generosa vía, ha vitalizado los resortes más sensibles de la palabra poética.


Me parece ver una vez más, a la distancia, la figura del antipoeta que sube por un camino lleno de sauces (¿eran en verdad sauces?) hacia su casa de piedra, ladrillos y madera. Vislumbro desde México el jardín donde Nicanor Parra era capaz de perder el juicio si decidía perseguir a una mariposa de alas amarillas. Cuántas veces vimos el vuelo de la mariposa de siempre, la de su locura: lúdica y lúcida neuropoesía de nuestro tiempo. Qué neura textual. Ahora me permito ofrecer a los lectores esta breve antología donde ya se puede apreciar la estética más o menos ética del energúmeno que se estrella contra molinos de viento, añorando la edad de la Utopía.

Hernán Lavín Cerda