Nota introductoria*
 
 

 

De los misterios herméticos el más inexplicable es el amor: consume la meditación del poeta, sus silencios y palabras a través de los símbolos arrebatados a la intensidad y a la belleza para expresar, a través de la naturaleza y sus objetos, la obra relevante de la creación: el ser amado por el cual se cifra y describe el universo, cuyas intensidades alcanzan su sublimación y éxtasis en el renunciamiento al Yo, en la exaltación del Otro.

Tal es la clave mayor que rige Ante el polvo y la muerte, de Jorge González Durán (Guadalajara, Jalisco, 1918; México, D.F., 1986), poeta de la generación de Tierra Nueva, que escogió la concisión del verso y el deslumbramiento del poema, vasto en su claridad, sobre el exceso logorreico o la voluminosa obra.

La poesía de González Durán es muestra continua de contención y equilibrio. Sus modelos, clásicos. La forma ceñida, con un pulimento donde toda aspereza fue limada por un artífice.

Frescura e intensidad conservan su fuerza por encima del rigor y el propio intento de disminución (Sonetos imperfectos), en el que el amante erige, magnifica y rememora las proporciones de la amada: la pasión rescata y une, funde como el mar e integra los opuestos: canto y silencio en el reflejo del poema.

 

Bernardo Ruiz


* Con excepción de “Interludio”, poema inédito en 1987 ‒fecha de publicación de la primera edición de este Material de Lectura‒, se publica una selección de Ante el polvo y la muerte (Imprenta Universitaria, 1945), poemario que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1944. (N. del E.)