Sonetos imperfectos


La rosa del corazón
La rosa del sueño
La rosa del amor
La rosa del cuerpo
La rosa de la soledad


La rosa del corazón

 

Cuando tú sientas frío al separarnos
y busques mi calor para acercarme,
deja libres tus ojos, que en el aire
va mi sangre desnuda hacia tus labios.

    Cuando ya no me ves y estoy lejano,
mira tu corazón, cómo en mí late,
y en su eterno latir de flor constante
míralo en el silencio de tus manos.

    Mira en él mi latir desconsolado
con el tuyo sanar su vuelo herido,
corazón de los dos, en ti encendido;

    que mi cuerpo lo siento desmayado
si entre mi corazón entumecido
no late el tuyo, leve, enamorado.

 


La rosa del sueño

 

para Francisco y María Luisa

 

Llegando sola en el fatal desvelo
tu luz, a mi palabra silenciosa,
se vuelca hacia el abismo de la rosa
la oscura flor donde agoniza el cielo.

    Solitario perfume toma vuelo
y del pétalo al sueño, luminosa,
tu mano se levanta de la rosa
cual nueva flor que se entregara al cielo.

    Entonces yo te busco y ya suspiran
mis solos labios en tu luz despiertos
que vuelan de la nieve del olvido.

    Das el sueño a mis ojos que te miran
y ya no soy aquel que entre los muertos
junto a la rosa helada va perdido. 

 


La rosa del amor

 

Mi palabra de mar, cómo te llama
cuando sola mi voz entre la espuma,
deshabitada arena, flor desnuda,
del sueño de tus labios se levanta.

    Mi palabra de amor, la sed amada,
qué luminosa en ti, cómo sepulta
la fría soledad, la nieve oscura
y la enciende en tu cuerpo, deshojada.

    Qué luz, qué fuego doloroso, herido,
arde en mis brazos y en mi pecho pulsa
hacia tu sola rosa consumido,

    para volver a ti, si soy perdido:
que en las olas del mar la voz se oculta
con mi llanto en las olas encendido.

 



La rosa del cuerpo

 

para Juan Pellicer y Blanca, su esposa

 

No es mi cuerpo la espuma, la ceniza,
el tallo congelado del olvido,
es la ola constante en que te vivo,
sola llama de amor, enardecida.

    Litoral que te lleva contenida
mi cuerpo se desnuda en tus latidos,
y en su herido silencio soy un río
de mi sangre a tus labios, rosa herida.

    Cuerpo mío que habrá de ser mi tumba:
un silencio del mar preso entre escombros
de la tierra que todo lo sepulta;

    pero, al fin, el deshielo de la muerte
me dejará tu amor, desnudo, solo,
para vivir contigo eternamente.

 


La rosa de la soledad

   

Hay un total y pálido naufragio
en que nos busca el mar y se nos muere,
se ahoga en su silencio, se nos pierde,
y en el propio recuerdo lo olvidamos.

    Nada si no el latido más callado
de tu pequeño corazón se mueve,
por él olvido el mar, y el mar ausente
lo vuelvo yo a sentir junto a tus labios

    Qué navegar tan árido entre musgos,
entre estatuas de sed, llantos del polvo,
sufrirían mis ojos en el mundo

    si de tu amor lejano yo estuviera;
porque si vivo en ti mi amor más solo:
¡rosa de soledad!, que nunca muera.