Margarita Michelena



Selección y nota de la autora



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Nota introductoria
 

Cada poeta que haya pensado en el origen, la naturaleza y las causas de su materia tiene su propia definición de la poesía. Yo encontré la mía propia en Novalis: la poesía es la realidad última de los seres y las cosas. También me atengo a lo que dice Heidegger acerca de la índole ontológica del quehacer poético: la poesía es la fundamentación del ser por la palabra.

El poeta, a la vez, anticipa y recuerda. Es ‒vate‒ el que vaticina. Pero asimismo el que guarda las memorias de la tribu humana. “Esto es la poesía:/ un don de fácil música ni/ una gracia riente./ Apenas una forma de recordar./ Apenas, entre el hombre y su orilla,/ una señal, un puente”. Marco Antonio Montes de Oca usó este fragmento mío como epígrafe de su libro “Las fuentes legendarias”. Es una clave mía que se sumó a sus propias leyes. Yo también entiendo que la poesía mana de esas fuentes del mito, del mito considerado como una experiencia original, como un momento que dura siempre.

Pero la palabra es un ente histórico. Y he ahí un problema. Hay que decir, con un lenguaje histórico, cosas intemporales, cosas simultáneamente sumergidas en la margen del tiempo ‒el río cambiante de Heráclito‒ y cosas sostenidas al margen del tiempo. La palabra, por lo demás, crea las cosas al nombrarlas, como un Adán eternamente feliz y eternamente angustiado. Nada existe antes de su nombre, antes de ser “realidad última de los seres y de las cosas”. Tal es la tarea del poeta, del artista creador: nombrar y, así, descubrir, revelar lo que antes del orden del poema era confusión, oscuridad, caos. Es un trabajo cosmizador, de constantes fundaciones, de constantes reducciones de la nada y constantes aumentos del ser.

 



Margarita Michelena

 


Paraíso y nostalgia


Cuando yo digo amor

Cuando yo digo amor

 

    Cuando yo digo amor
identifico
sólo una pobre imagen sostenida
por gestos falsos,
porque el amor me fue desconocido.

    Cuando yo digo amor
sólo te invento
a ti, que nunca has sido.
Y cuando digo amor
abro los ojos
y sé que estoy en medio
de mis brazos vacíos.

    Cuando yo digo amor
sólo me afirmo
una presencia impar
como mi almohada.
Cuando yo digo amor
olvido nombres
y redoblo vacíos y distancias.

    Cuando yo digo amor
en una sala
llena de rostros fútiles
y pisadas oscuras en la alfombra.

    Cuando yo digo amor
crece la noche
y mis manos encuentran
para su hambre doble y prolongada
mi pobre rostro solo
repetido por todos los rincones.

    Cuando yo digo amor
todo se aleja
y me asaltan mi nombre y mis cabellos
y las hondas caricias no nacidas.

    Cuando yo digo amor
soy como víctima.
La inválida en salud.
El granizo y la rosa paralelos.
La dualidad del árbol y el paseante.
La sed y el parco refrigerio.
Yo soy mi propio amor
y soy mi olvido.

    Cuando yo digo amor
se me desploma
la ascensión de las venas.
Sobreviene, un otoño
de fugas y caídas
en que yo soy el centro
de un espacio vacío.

    Cuándo yo digo amor
estoy sin huellas.
De porvenir desnuda
e indigente de ecos y memoria.

    Cuando yo digo amor
advierto inútil
la palma de mi mano ‒que es convexa‒
e increíble
ese girar soltero
del pez en su pecera.


Laurel del ángel


A ti rosal, nevado por la cima...
Elegía
A las puertas de Sión

 

A ti rosal, nevado por la cima...
 
 
 
 

 

    A ti, rosal, nevado por la cima
de hielo ligerísimo,
a ti, que en el rigor abres tu rosa
póstuma, desplegada
sobre tu vago verde, y que la agitas
como una carta del verano ausente.

    A ti, esbeltez intrépida, que subes
para estallar de tu mudez de espinas
hasta tu coro de dispersa nieve,
para mecer y para orear tu viaje,
en ésa tu paloma de alas quietas,
bajel de suavidad, vuelo de espumas.

    Para ti, que contigo la trajiste,
que la sacaste de la tierra oscura
como si nos subieras un diamante.
Para ti, que una noche la tuviste
en soledad, como se tiene un sueño,
y luego, bajo el sol, su puerta abriste
igual que desatando
una celeste voz en tus espinas,
lo mismo que si anclaras
una pequeña nube en tus orillas.
Para ti, tesorero de la nieve,
silencioso arquitecto de la espuma,
este poema de este triste día.

    Es que hablándote así, del frágil tallo
hundido y doloroso de mi voz,
desde mi noche que olvidó su estrella,
desde mi soledad, desde mi enero
y su granizo y sus perdidas aves,
me parece, loándote en la gloria
tardía y denodada en que terminas,
que, como tú, levanto yo una rosa.




Elegía

 

    Imaginad un árbol con las ramas por dentro,
ahogado por su propia e imposible corona
y que cautivo lleva ‒aniquilándole‒
el fruto no vertido de su sombra.

    Esto soy yo. La soledad sin brazos.
Un mar que, despertando, ya es arena,
muriendo solo bajo el mismo grito
que imaginó poner entre sus ondas.

    Yo venía
de ser raíz para subir a sueño,
de ser oscuridad a dividirme
en el sereno reino de mis hojas.
Subiendo estaba y encontré esta muerte
de no ser sino el árbol que encerrada
lleva su irrealizable primavera,
su fuerza inútil de imposibles ramas
que no verán jamás a las estrellas.

    Esto soy nada más. Raíz desnuda.
Un viaje que pensó que se movía
hacia el diáfano fuego de la rosa
y se quedó en su origen de ceniza,
más que nunca en la planta desde donde
creyó subir por la escalera angélica.

    Y estoy sintiendo lo que siente un sueño
cuando va a florecer y es despeñado
desde los mismos ojos que lo sueñan.

    Soy la que nada poseyó. La oscura
desesperada soledad terrible,
quien jamás conoció sus propios brazos
ni los colmó de llanto y de dulzura.

    No se crea en la voz que se me escucha,
que no es ésta mi voz. Y este poema
no es siquiera una rama… No es siquiera
una sospecha de mi oculta sombra.

    Tan sólo quedó aquí del mismo modo
que en la orilla del mar a veces queda
‒testimonio de muerte y abandono‒
el lúcido esqueleto de una perla.

 


A las puertas de Sión

 

Jʼattends une chose inconnue
Mallarmé

 

    Ya sólo soy un poco de nostalgia que canta.
Y a tus puertas estoy como una piedra
gris en el lujo nítido de un prado.

    No traje nada aquí ni dejo nada.
Tampoco sombra alguna ha descendido
de mis propias tinieblas y mis brazos.
Ninguna flor tomé sobre la tierra
para no encadenarme a su hermosura
ni por gracia mortal ser poseída.
Ni traigo ni el fantasma de un perfume
a tu jardín de límpidas esferas.
La soledad te traigo que me diste.

    Óyeme aquí gemir, tu criatura
del exilio y del llanto.
Óyeme aquí, tu ciega enamorada
que su muerte muriendo sin morirse,
tu estrella ve temblando, suspendida,
desde el hundido túnel de su canto.

    ¿Cuándo enviarás mi sombra a devorarme?
¿Cuándo podré marchar hacia tus prados,
a tus puertas de oro,
cuándo por tus jardines apartados
iré ya sin mi muerte, ya robada
para el ancla vencida de mi polvo?

    No más mi cuerpo ver, como un alcázar
de música ruinosa, ni la noche
circundando mi fiesta de amargura.
No más hablar de ti desde mi boca
que es sólo como muerte detenida,
no hablarte con mi voz, que se levanta
demorado desastre. Abre tus puertas
y ciega con la vista mis dos ojos.
Mátame de belleza, ya alcanzado
el gran callar hacia donde navega
la nave de nostalgia que es mi canto.

    Deja que en este punto mi ceniza
se caiga desde mí, que me desnude
y me deje a tu orilla, consumada.
Qué con brazos de amor ‒no los que tuve‒
llegue por fin a la sortija de oro
con que al misterio ciñen tus murallas.


La tristeza terrestre 


Como a un muerto de sed

La tristeza terrestre

El velo centellante

Hipótesis del vuelo
Sueño y rescate
Palabras del poeta a la criatura humana

   


Como a un muerto de sed

 

    Hablo como quien habla
delante de sí mismo consumido.
Algo ya de mi muerte está aquí ahora.
Ya no me pertenece
la voz que está cantando a mis espaldas
y mi puro planeta está llegando
a ponerse debajo de mi planta
porque ande mi memoria entre su nieve.

    Cierto es que llama fui, muy combatida
entre contrarios vientos
y no sé cuál de todos me ha apagado.
Mas desasida estoy. Y aunque me duele
el sitio en que moraba
tan dulce oscuridad, voy asomando
un paso ya del cerco de mi sombra,

    Cuando me inclino a recoger mi nombre
nombre de soledad, cetro sombrío
y célibe corona,
sé que arrebato su laurel a un muerto
y me ciño la flor que no se mira,
que a otra le estoy hablando en estas voces.
Muerta la tengo en medio de mis brazos,
mi más honda, mi más amada víctima.

    Me abandono a mí misma como a un muerto de sed.
Aquí me dejo. Y ya me estoy mirando sin ternura.
La casa donde amé.
La vista oscura y engañada de objeto.
Las guirnaldas de la fiesta extinguida.

    Todo cuanto no era descendido
de mi más alto ramo,
de las aguas secretas y desnudas.

 


La tristeza terrestre

 

    Vivo a veces mi muerte. Me recuerdo.
Adivino mi rostro y sé mi nombre.
Y la puerta se abre. Y yo penetro
en mi primera identidad y salgo
de la casa fugaz de mi esqueleto.

    Qué difícil volver, con la memoria
de aquella viva muerte que se tuvo.
Qué mirarse a sí mismo,
ya ser desconocido e increíble,
después de ver las fuentes y los prados
de la morada quieta y misteriosa.

    Ya se es criatura despojada,
ángel triste y vacío, helada estrella,
vagando por el dédalo sonoro
de una desconocida sangre, por la patria
extraña de unos ojos,
después de haber pisado un umbral de centellas.

    Y las manos, que brotan
como súbitos seres impensados.
Y esta ciudad equívoca del cuerpo
donde somos viajeros extraviados.
Y este volverse a ciegas
a la oculta potencia, al signo visto
que de terrible amor ha enamorado.

    Todo ya en la comarca desolada
de los torpes sentidos,
cruzando por acequias estancadas,
por extraños países moribundos
de cabellos y piel, huesos y sangre,
hacia el nombre y el rostro ya sabidos.

    Ya no se vive, no, como los otros,
con esta muerte de fulgor probada,
ni es nuestro ya el cadáver que devora
la muerte igual, la muerte que es de todos.

    Y no sé si Dios manda
esta dulce visita tenebrosa,
este veneno altísimo y terrible
o si se escucha el canto de un demonio
detrás de esta nostalgia,
de este volver de nuestra muerte propia

    Pero sé que es morir. De eso se muere
de jubiloso atisbo fulminante,
de tremenda memoria recobrada.
Y aquel que haya caído
alguna vez desde su propio cuerpo,
como si despertando bruscamente
se despeñara de una torre sorda,
andará hasta la muerte como muerto. 

 


El velo centellante

 

A Marco Antonio Montes de Oca

 

I

    Yo no canto
por dejar testimonio de mi paso,
ni para que me escuchen los que, conmigo,
                                                       mueren,
ni por sobrevivirme en las palabras.
Canto para salir de mi rostro en tinieblas
a recordar los muros de mi casa,
porque entrando en mis ojos quedé ciega
y a ciegas reconozco, cuando canto,
el infinito umbral de mi morada.

II

    Cuando me separaste de ti, cuando me diste
el país de mi cuerpo, y me alejaste
del jardín de tus manos,
yo tuve, en prenda tuya, las palabras,
temblorosos espejos donde, a veces,
sorprendo tus señales.
Sólo tengo palabras. Sólo tengo
mi voz infiel para buscarte.

    Reino oscuro de enigmas me entregaste.
Y un ángel que me hiere cuando te olvido y callo.
Y una lengua doliente y una copa sellada.

    Esto es la poesía. No un don de fácil música
ni una gracia riente
Apenas una forma de recordar. Apenas
‒entre el hombre y su orilla‒
una señal, un puente.

    Por él voy con mis pasos,
con mi tiempo y mi muerte,
llevando en estas manos prometidas al polvo
‒que de ti me separan, que en otra me
                                            convierten‒
un hilo misterioso, una escala secreta,
una llave que a veces abre puertas de sombra,
una lejana punta del velo centelleante.

    Eso tengo y no más. Una manera
de zarpar por instantes de mi carne,
del límite y el nombre que me diste,
del ser y el tiempo en que me confinaste.
Has querido dejarme un torpe vuelo,
la raíz de mis alas anteriores
y este nublado espejo, rastro apenas
de la memoria que me arrebataste.

    Y yo, que antes de la ceguera
del nacer, fui contigo
una sonora gota de tu música inmensa,
lloro bajo la cifra de mi nombre,
en esta soledad de ser yo misma,
de ser entre mi sangre un nostálgico huésped

III

Pero voy caminando hacia el retorno.
Pero voy caminando hacia el silencio.
Pero voy caminando hacia tu rostro,
allá donde la música dejó de ser ya tiempo,
allá donde las voces son todas la voz tuya.

    Aún es mi camino de palabras,
aún no me disuelves en tu música,
aún no me confundes y me salvas.
Mas tú me tomarás desde el cadáver
vacío de mis pasos.

    Derribarás de un soplo la muralla
de mi nombre y mis manos
y apagarás la vacilante antorcha
con que mi voz, abajo, te buscaba.

    Recobrarás el incendiado espejo
en que atisbé, temblando, tu fantasma,
y este sonoro sello que en mi frente
me señaló un destino de nostalgia.
Y callaré. Devolveré este reino
de frágiles palabras,
¿Por qué cantar entonces, si ya habré recordado,
si estará abierta entonces esta rosa enigmática?

 


Hipótesis del vuelo 

 

A Emma Godoy

 

    El aire está en reposo. Todo calla.
Mas de pronto sobreviene un rumor,
un ruido repentino de seda que se rasga.
Y nada más. Un pájaro que vuela.
Y un gran misterio a nuestro lado pasa

    El pájaro se suelta de la rama
como una manzana
contraria a la costumbre de todas las manzanas,
fruto cuya materia sumisa se libera
del destino terrestre y a sí mismo se alza.
No es ya el peso luciente ni el color desplomado,
sino el puro, inasible resplandor del sonido.
Y allá va, frágil pluma, velocidad alegre,
ya dividiendo el aire con su quilla de trinos
o ya sonora isla temblando en el espacio

    ¿Qué es esta criatura simple y sabia?
¿Cómo cumple su afortunado signo peligroso?
¿Sobre la palma de qué mano se confía
el gozo de esta ideal y misteriosa máquina?

    Y no. No son las alas las sustentadoras
de este embriagado y lúcido y cometa,
de este orbe levísimo de pluma,
de esta resplandeciente y viva flecha.
No. No hay razón mecánica que explique
la ardiente, pura dicha de este vuelo,
sino que hay algo más, algo que habita
al ave más adentro que sus alas,
algo que anima el túnel delicado,
el tallo de cristal de su garganta.
Allí está su secreto más secreto,
allí está su habitante misterioso,
la fuerza que lo eleva, la mano que lo alza,
esa mano infinita
que no estando jamás sino allí adentro,
se abre en medio del aire como flor sin orillas
y ampara y rige el vuelo.

    No combaten el pájaro y el viento.
El pájaro es la música
y el aire su hechizado instrumento.
Para saber por qué vuelan los pájaros
no hay que ver los sofismas de sus alas,
sino escuchar el río iluminado
que empieza en su garganta.
Las razones del vuelo son razones de música
y si el pájaro vuela, es sólo porque canta.

 


Sueño y rescate

 

A la memoria de Efrén Hernández

…Acaba ya, Por mí, acaba ya, si quieres

Efrén Hernández,
“Al Ángel del Sueño”

 

    Un duende cerrajero de secretos,
una voz muy pequeña, de ramita quebrada,
nada más un vestido rumoroso de árbol
‒apariencia y sonido siempre al filo del viaje‒,
iba por esas calles a saltos de paloma,
andaba por el mundo como una agujar en llamas.

    Pocos los vieron. Pocos
De día estaba ausente ‒alta ausencia de pájaro‒
y de noche y a solas, el mundo lo habitaba,
andaba por la oculta soledad de su sangre
desgarrando, buscando el orden de su frente.
Así el ciego encontraba su rostro en el espejo
y el llanto iluminaba su cuerpo en la palabra.

    Por aquellos que pasan sin ojo y sin oído
él quemaba en la sombra un aceite sagrado.
El rumor de una estrella. Un encuentro
                                          de amantes.
Alguien abandonado. Una caída. Un beso.
El brazo demolido. El rostro inaugurado.
Jardines de inocencia y ruinas condenadas.
Una flor que entreabre su puerta de cristales,
salta luego al espacio y cancela el vacío.
Alguien que retrocede el viaje de las flores
y siente el peso mudo de la tierra en su boca.
Un hombre y una hierba debajo de la noche
como desde una tumba atroz e iluminada.
Una voz que pregunta. La respuesta de un eco.
Una risa de fósforo. Una señal celeste.
Cierto nombre que sube desde el inmenso olvido
con un arder de astro,
da con el hueco a oscuras que lo estaba esperando
y, de pie en sus raíces,
su ser irrevocable alumbra y reconoce.

    Todo está convocado debajo de su lámpara.
Todo allí recobrado de un infinito oscuro,
fluyendo de su frente,
asumiendo su forma, su signo y su sonido
en el que vela y cuenta el puro y vasto sueño
soñado por los otros,
con una letra breve, humildísima y sabia.

    Ahora él ha vuelto a su heredad, al sitio
en donde fue nombrado con un nombre de música
antes del cuerpo frágil y de la voz dolida.
Ha levantado el velo de la última estrella
y el ángel que invocaba ha cerrado sus ojos
a todo lo soñado.
Una memoria pura, anterior al destierro,
es ahora su traje, su color y su forma.
Ya su frente no sueña asomada al espejo
buscando la respuesta en su rostro sin fondo,
deteniendo su pulso de inasibles destellos.
Porque ya no es el huésped de esta nublada orilla
ni nada ya, ni él mismo, lo divide
de la luz que aquí abajo reflejaba.
Río que retrocede recogiendo los astros
caídos en su cauce, ahora los devuelve
hasta la oculta fuente que le dio sus fulgores.
Ha devuelto palabras, nombre terrestre, espejo.
Recobró lo que era y es ya lo que esperaba:
un estar siempre abierto en medio de la música,
un total, un absorto y colmado silencio.

 


Palabras del poeta a la
criatura humana

 

Para Eunice Odio

 

    Te hablo, criatura aciaga y venturosa,
a ti, prado y caverna, amante y enemiga,
el resplandor del gozo y la noche del miedo,
a ti, demonio triste y dulce copa
de la que beben pájaros y ángeles,
a ti, la que padeces tu muerte cada día
y un solo instante pasas por tu propio cadáver.

    Yo sé quién eres tú, ya te traspase
el alba con su dardo de pájaros, te queme
con el ascua flotante de su flor y te asombre
con su leve camisa de rocío.
Ya te viaje la tarde, despoblándote
de tu rumor arbóreo.
Ya te incline la noche y te devuelva
hacia una simple forma, a la más simple,
a ser sólo la hierba que prepara
su brevísima túnica terrestre,
su delicada música, tañida a ras de suelo
en la nueva mañana.

    No puedo ver reunido tu rostro innumerable
ni conocer tu nombre, confiado
ya al mar o ya a la altura,
a la tierra o al humo,
a la luz o la piedra.
Pero yo soy tu rostro,
yo soy tu nombre unido y verdadero
y en mí tú te resumes, tú, transeúnte
del ojo y la palabra,
en mi tú te congregas, dispersa criatura,
como huésped eterno de tu alma.

    Mírame ahora, en este solo instante
en que te vivo, y reconóceme
para saber quién eres, cómo pasas,
como creces y lloras,
y cómo caes, y cómo resplandeces.

    Por mi alma transcurres,
te alumbras y oscureces,
y allí, te maravillas y allí cantas.
En mí te sabes llama combatida
por el labio del viento.
Y en mí, como a relámpagos de sangre iluminada,
recobras tu memoria, los rumores
del olvidado huerto
y el diálogo perdido entre el aire y el ala.

    ¿Cómo no amarte entonces, criatura
desolada y feliz, si estás poblándome
con altos sonidos de tu gozo
y el seco y desgarrado de tu muerte,
si a veces toco, por tu propio dedo,
no sé qué latitud angélica o qué prado
donde la luz aprende
a ordenarnos el mundo,
a ser su inteligencia desnuda y transparente,
y en otras me desplomo, con tu peso terrible,
en la gran soledad que es el pecado?

    Estoy solo por ti, por ti padezco
y es por ti que me alegro y me acompaño.
Si Dios manda sus ojos
te encuentra en mí reunido
y a mí debajo de tu vasto nombre
como debajo de una estrella unánime
de la luz junta y purísima
cuyo fulgor cosecho por el aire.
Somos uno, uno solo, dentro de la palabra.

    Yo soy tu residencia, el domicilio
último y verdadero de tu alma.
Y en mí termina, aterradoramente,
el parpadeo de su carne.

    Si digo “yo”, te nombro
como en la sola espiga
se nombra al trigo todo.
Y tú no me conoces.
Ah, pero si me oyes, si me oyes una vez,
sabes quién eres.
Miras tu propia voz en mi garganta,
la ves salir de mí ya como el tallo
que eleva y que sostiene
la flor de tu palabra.
Y allí, oh criatura, oh habitante
doloroso y riente de mi alma,
allí nos encontramos.
Soy tu único espejo,
soy el estanque terrenal y oscuro
sobre el que a veces misteriosa piedra
dibuja un vago círculo: tu nombre

    Amo lo que te arranca y te clausura,
y lo que te desnace del sueño hasta el latido
del latido a la piedra;
la voz con que preguntas
nombre y cifra a las cosas;
el grito solitario que desuella
la piel más escondida de tu alma;
el golpe que te arroja el pozo de tu sangre.
Y amo cuanto te alza
el remoto vestido de los ángeles,
aquello que te acerca
al fluir de las otras criaturas,
conduciéndote
de la raíz y del silencio
hasta la música y el aire.

    Te hablo como a gota perfecta y reluciente,
pero mínima y sólo distinguible
en el caudal inmenso de las otras,
ya súbdita amorosa del río que le arrastra;
te hablo de la música en cuyo cauce corres.




    Ya sé que entre la noche recoges tu sonido,
lo aíslas de los otros,
te inclinas y lo escuchas.
Es tan pequeño… Apenas se le oye.
Menos que al ligerísimo estallar de una rosa,
que al vuelo del rocío
o al párpado del alba.
Esto es la soledad. Mas yo te digo:
No hay soledad. Devuelve tu sonido
a la música entera y deja que penetre
al hueco iluminado que lo aguarda.
La música es la sola y total compañía,
el fluir que congrega a toda criatura
en permanencia y orden, que confunde
a toda voz en una verdadera.
Entra en la música. No temas.
Allí no olvidarás sino tu nombre
pequeño y solitario,
ese nombre de muerte que Dios no te conoce.
La hoja sabe. Fluye dulcemente
desde la tierra muda al coro que la aguarda,
toma su sitio entre las otras voces,
asume su rumor y lo levanta
por un solo verano irrevocable.
Todas las hojas son el mismo árbol.
Todas la criatura deslumbrante,
todas su religiosa plenitud y su cuerpo
de ángel oscuro y fuerte, coronado
de rumorosa paz y concluido
en música labrada entre los aires.

    Esto lo dije por tu alma.
Pero también tu cuerpo es de la música
y por su sola gracia incorruptible.
Porque es verdad que el cuerpo resucita
y está ya prometido a una forma futura,
desposado con ella, y a veces reconoce
al increado objeto de su alianza.

    A veces tus cabellos te parecen de hierba
y tu oído una altura de azucena,
y tus dedos, raíces de una próxima rama,
y una cierta mirada, un cimiento de aroma,
y una sonrisa tuya, un proyecto de pluma,
y el tacto una posible mejilla de manzana.

    Todo lo sé, de ti, pues vengo de la música,
de su cuerpo sin término, infalible.
Y tú no morirás, porque he escuchado
tu nombre original iluminándose
en mi propio sonido.
Eres ya de la música. En su fulgor construyó
tus miembros inmortales.
En su ordenada lengua te alumbro y comunico
y te doy el vestido delirante del fuego
para que al consumirte, seas reconocido.


   


El país más allá de la niebla


Monólogo del despierto

Golpe en la piedra
Carta a Mauricio, enfermo, dándole noticias de la
    primavera

Monólogo del despierto

 

A Ernesto de la Peña
….y solamente lo fugitivo

permanece y dura.

Quevedo

 

I

    Caen los rostros a oscuras,
las palabras cerradas.
A espaldas de la luz se ensaya la catástrofe
del aire cercenado
del corazón caído en medio de su sangre
con el asombro de un asesinato.

    Esta tiniebla sorda, este silencio
donde apenas se eriza
un escarpado grito de bestia solitaria,
o atraviesa el aliento
de una maligna víscera invisible,
es ya la asfixia de una sola tumba,
es la victoria de una sola muerte.

    Estamos ya arrasados, detenidos,
fuera ya de nosotros, sin ribera ni centro,
sin nombre ni memoria,
perdida ya la clave del límite, la cifra
de nuestra propia imagen y su espejo.

    Todo aquí es más allá.
Se ha trascendido el círculo.
Se ha derogado el número.
Ni distancia. Ni música. Ni latido. Ni órbita.
La dulzura terrible, sin fondo, de la nada.
Si ahora cierro los ojos, caeré en su abismo ciego.

    Pero no. Sobre el rostro arden como testigos
de la luz y del orden.
Son las llaves que guardan la puerta de
                                             mi nombre;
la presencia del muro, el regreso del alba.
Y herido, me resisto.
Me restaño la vida que me huye
en oleadas sin forma.
como un gas, disolviéndose en el sordo vacío.
¿Pues qué soy yo ‒qué somos‒,
qué es entonces el mundo si no el instante ardiendo
en donde me reúno ‒fuerza aterrada y sola‒
a detener mi sombra, a denegarme
al dulce horror que acecha tras mis ojos
al vaho que se extiende en el espejo
donde puedo encontrarme?

    Toco la oscura brasa de mi nombre
‒esto que soy, que amo y que recuerdo
Luego voy más allá de mi memoria
y de lo que es ahora la isla de mi cuerpo,
de la sonoridad iluminada
donde acceden las cosas a su forma.
Bajo por las raíces de mi sangre,
donde el secreto de quién soy reposa
y alguien sin rostro ya funda mis pasos
‒ése que a veces vuelve, que me escala
y dentro de mí sueña grandes sueños oscuros‒
Todo sube a mi boca buscándose la imagen.
Como entre dos espejos se viste entre mis labios.
Es mi orilla de muerte y permanencia,
es la lúcida flor arrebatada
y la ciega raíz invulnerable.
La compruebo y me incendia
y ya hay un largo invierno
entre el tacto y la llama.
Este fuego sin pies, duro, cerrado,
se está haciendo sus alas de ceniza.
Cuanto lo hace brillar lo va apagando
y cuanto lo cautiva ya le prepara el vuelo.
Mas, despierto, defiendo mi medida,
amurallo mis límites,
moribundo Narciso arrodillado
ante el agua que huye con su rostro
y a la vez lo consagra en su reflejo
criatura de un tiempo y un espacio.

II

    Pero ahora me voy. Yo soy el cuerpo
desordenado y ciego de la arena.
Y sus miembros ardidos y dispersos
hacen conmigo el viaje de morir.
Morir… Morir inacabablemente
en cada grano seco, en cada sitio
del viento que me arrastra.

    En soledad, inmune, bajo mi nombre vivo.
Pero con todos, en la noche, muero.
Muero por los que duermen,
por los que dan la espalda al oscuro jadeo,
por todos los que ignoran que en esta noche
han muerto y que mañana volverán a morir.
Muero porque su muerte sea reconocida
y les sea devuelta la gracia de su nombre
y acordado el rescate.

    Aquí está el Enemigo,
el que muestra su rostro en esplendor y ruina,
ése que en flor y piedra encuentra su alimento
y en cada criatura se nace y finaliza.
Gotea sobre el mundo su cuenta solitaria,
devora en los rincones la música del día,
afelpado y feroz, pisa a los fugitivos
y extiende su fisura narcótica en secreto.
Y sé que no lo saben.
Él está aquí,
a la orilla de los cuerpos vencidos
a oscuras, sin combate,
de cuantos abatieron el brazo de su llanto
y no llevan los ojos como un ardiente escudo.
Nadie escucha su lenta mordedura ni siente
cómo cae sobre el sueño en ceniza implacable,
un muerto en agonía perpetua, un polvo oscuro
al que nadie vigila y crece, y crece y crece,
hasta que todo sea, una noche, una hora,
su montana de arena, su total desolado.
Devorador del vuelo, del paso y la caída,
trabaja sin testigos.
Se le ha dejado a solas
como a una fiera lúcida,
destruyendo en secreto el orden y las formas.
Corre sobre nosotros, deshace con nosotros
el monstruo de su cuerpo.
Pasa solo, llevándose
señales y reflejos.
Por Él una flor salta desde la sombra al aire
y de la luz desdeña su rostro en el vacío.
El incendia el espacio de bodas invisibles
y en el centro del fruto instala ya el derrumbe.
Por Él la rosa ama a otra desconocida
y la abeja traslada la promesa y la muerte
de una orilla a otra orilla del vestido del viento.
Todo es su dominio, su víctima y su hijo.
Seca dulces cabellos y labra ocultas sales.
Abre vuelos y ojos y traiciona al dormido.

    Navegante del pulso, vigila su corriente,
iza su ardiente oleaje y para su sonido.
¡Ay de aquél que no siente el rumor de su quilla!
¡Ay de aquél que no siente su cuerpo navegando!
Porque luego regresa más y más lentamente,
cada vez más dormido y cada vez más muerto,
de la gruta sin fondo al espacio encendido,
del reino de la piedra al resplandor del ojo.

III

    Aún ha vuelto el alba.
Pero nadie se asoma
de su orilla quemada al brocal del espejo
a saber lo que falta, lo que fue consumido
a ciegas, en la noche, dentro de la caverna
suspendida del sueño.
Pero todos los que duermen en esta hora velo,
soportando en la frente al mundo abandonado,
recogiendo los nombres en la tierra caídos.
Oigo la oscura ruina demoler en secreto
una orilla de hierba y una punta de astro.
Todo lo sé y lo sufro en este solo instante
en que mis ojos arden en el espacio ciego.
Y en plenitud fugaz e irrevocable, soy eterno.

    No lo sabéis, dormidos, pero soy el escudo
que oculta vuestra fuga y salva vuestros pasos.
Y por todos vosotros pido una muerte viva,
por vosotros me ofrezco
‒“no saben lo que hacen”‒
siendo todos, despierto.
Pues amo al olvidado y al que olvida,
al tímpano cegado,
y al corazón sin música.
Y por todos en mí busco, velando,
vuestra propia palabra, confundida
en el negro desorden, que no sube
a unirse con la hermana que la aguarda,
a ser, en una sola y pura eternidad,
una brizna de música, una astilla de alba.

    Sí, por todos vosotros,
ciegos, sordos, inmóviles,
pido morir de pronto y no con esa
lenta y horrible desmemoria
del que hace poco a poco su cadáver,
del que junta su muerte noche a noche en el sueño.
Sí. Morir con mi nombre en mitad de la frente,
ojo del alma y última columna
que presencie el desastre.
Sí. Morir vigilando el rumor de la muerte
y, por todos los ojos en esta sombra huidos,
mirarla en el espejo del alto mediodía
abrir la puerta y derramar la noche.

 


Golpe en la piedra

 

A Jaime Cardeña

Mirad las aves del cielo, que no
siembran ni cosechan y nuestro
Padre celestial las alimenta.

Contemplad los lirios del campo.
No tejen ni hilan, y en verdad os digo
que ni Salomón se vistió así en medio
de toda su gloria.


Mateo,VI-XXIV-XVIII-XXIX

 

I

    Estoy aquí, en tus ojos.
Mírame, sombra mía.
O mejor no me mires.
Soy como tú.
Por eso no me conocerías.
¿Mi nombre? No lo tengo.
El rostro gris, nublado, indistinguible.
Soy éste. Aquél. No importa.
Todos somos iguales.
Todos oscuridad. Ni siquiera tristeza.
Nunca el amor. Y nunca la alegría.
La palabra jamás. Jamás el fuego.
Sin arder nos hacemos de ceniza.
El día nos encuentra
pasando cartas que jamás abrimos,
contraseñas exangües, desventradas.
Por la noche caemos en pozos sin aliento,
en orillas de sombra,
en un callado infierno.
Somos piedras tiradas sobre el cauce
de un río que se ha muerto.

    Ciertamente que a veces me pregunto
quién soy, a dónde marcho,
dónde nace la rama de mi sangre,
para qué me despierto,
qué hago sobre el mundo, aún menos que la hierba
fragmento del color, parte del tacto,
una leve razón, un signo breve
de ser en algún sitio para algo.
Y nadie me responde. No sabemos.
¿Cómo saber, si yo mismo estoy mudo,
si yo mismo me falto?
¿Por qué estar solo así, de mí tan solo,
por mí deshabitado,
de mí mismo tan ciego,
hombre de arena seco y dispersado?

II

    Hoy es viernes.
Es una de las cosas que sé.
De las muy pocas.
Una vez más termino mi tarea
‒esta sorda tarea sin ventanas‒
atrapado en un tiempo febril y paralítico.
Un resuellos de perros
rastrea mi pisada entre malezas,
por el bosque sin término de cegados espejos
donde perdí la imagen y el reposo,
la soledad y el nombre,
donde me está prohibido detenerme
a buscar mi sortija de misterio,
mi llave de tinieblas y relámpagos,
golpear la puerta de mi antigua casa
y llamar a las vírgenes que duermen
largamente, esperando
sitio, vestido y música,
fiesta de ser mirándose una a otra,
para luego cruzar los siete umbrales
del país más allá de la niebla
donde es el vino pan y pan el vino
y todo la verdad que sólo advierte
la última alcoba angélica del ojo.

    Hoy es viernes
Guardo los instrumentos funerales,
las negras herramientas
de borrar, de talar ojos y alma.
Me quedo aquí, perdido, circundado
de rebaños que tiemblan, se esparcen y reúnen
como una ola ciega.
Con ellos voy y vuelo y me disperso.
Está cerrada la caverna.
Y allá lejos, el lirio resplandece
con su traje de rey, y no teje ni hila.
El pájaro no siembra ni siega
ni allega en alfolíes.
Y suyos son el trigo de la aurora
y la miel y el rumor de los veranos,
el aire azul y el verde que se junta
a ser el árbol.
Yo tejo oscuridades. Largas telas vacías.
Siembro. Revuelvo arenas. Les confío
granos sin esperanza ni secreto,
puños de sed, de sombra erosionada.

    Y éstos me hablan de amor.
Del amor hablan todos.
Amor: negro resuello a lomos de la noche.
O peor: una pobre lágrima azucarada.
¿Amor es este llanto encima de mi carne,
este horror junto al pozo devorador de estrellas,
es esta indiferencia de cadáver?
¿Amor quedarse solo ‒y más solo que antes‒,
amor echar cerrojos
al socavón donde sin lengua vaga el alma?
¿Amor tenderse a oscuras, a morir sin un astro,
sin una sola astilla de sangre iluminada por
                                                       testigo,
sin raíces que suban
de su negra piscina sin rumores
al aire de este tallo que aguarda su corona
de congregada luz, de música visible?
¿Amor el no saberse de pronto derramado,
amor el no escapar de la caverna
donde la sangre busca su salida,
el puro sol del ojo,
las puntas de sus ramas abriéndose en los dedos,
la ola centelleante
de un alto corazón arrebatado?

    Ay, no saber quemarse.
No saber ser tomado
a música y a fuego, hechizado y devuelto
al delirio del bólido y su cabello ardiente,
a las primeras pieles de la estrella
y la inauguración de sus perfumes.
Ay, no ser levantado hasta la zarza en llamas
del corazón, hasta la piedra pura
que el golpe del amor en el costado
pone a manar secretos
y abre el ojo ya sabio y deslumbrado.

    Ay, y morir. Morir y dar la muerte.
Y sembrar en la noche mi diáspora de lágrimas,
dispersar mi semilla de oscuras inscripciones,
diseminar las bocas destructoras del musgo,
mi linaje de polvo, mi raza de olvidar.
De mí descenderán lenguas baldadas,
lámparas abatidas,
apretadas legiones de exterminio,
inocentes, tristísimas legiones de abrazos al vacío.
Cisternas desastrosas.
Huecos deshabitados por la música.
Filas de espesas puertas clausuradas
que han perdido la llave,
echadas como tumbas sobre la primavera.
Sobre los altos gozos de la luz y los pájaros,
sobre los alimentos celestiales,
sobre la espuma ociosa y amada de las flores.

III

Mañana será lunes. Todos los lunes llueve.
El lunes: ciudad triste y agrietada.
Entró allí como un puño de ceniza,
como un muerto acosado.
Me interno en sus monótonos martirios,
en su reloj de insectos implacables.
Y me doy a la gota que me horada.
A mi telar vacío.
A mi mano asesina de palabras.

    Ya concluyó el relámpago
y su vaina de sombra lo devora.
Sólo queda la lluvia. Los perros y su aliento.
La maleza confusa. Y mi loca pisada
que va a ninguna parte,
que derrenga mis miembros y los vuelve
                                               a la piedra.
Mi voz entra en su costra y mis oídos pierden
la orilla de la música.

    Casi supe. Alguien vino.
Dejó caer una palabra.
Pero ha vuelto a ser lunes.
Sobre el arroyo turbio va una flor pisoteada.
La piedra abate un vuelo
y parte una garganta.
Y cesa así la música que alzaba en vilo al mundo
y el color de la tierra es abrogado.

    Traje de rey cuyo caudal sostuve
sólo por un momento, sosteniendo
el esplendor y el peso de los cielos y el aire.
Gran ciudad de sonoros palacios,
estación de los frutos graciosos y abundantes,
donde al oído anclé, fuera de tiempo y de la cólera,
para que conociera cómo suena el verano…
Hoy es lunes. Es lunes. Es la hora. Ya vamos.
Vamos al rostro gris. Hacia el olvido.
Al no saber jamás: la desmemoria,
el mapa que te excluye, ciudad de siete umbrales.
Reunámonos a ser como un gran ciego.
Cerrada puerta para amor y gozo.
Amianto inexpugnable.
Los dormidos. Los muertos.
Solo nadie.

 


Carta a Mauricio, enfermo, dándole
noticias de la primavera

 

A Mauricio González de la Garza

 

Por los balcones deslumbrados de los ojos
nos asomamos otra vez al río.
Al río de Heráclito, por supuesto,
cuyo lomo que nunca será el mismo
nos acerca y se lleva
a la florida y puntal navegante
que vuelve a regalarnos
sus viejos y siempre asombrosos descubrimientos.
Su barca de guirnaldas
fondea en nuestra orilla.
Te invito a que saludes
a nuestra, visitante,
pues siempre ha sido bueno
‒como me lo enseñaste‒
que el mortal más o menos congojoso
mire lo que se da, lo que sonríe,
lo que venciendo el tiempo
dura de otra manera:
dura en la perfección,
en la belleza
(la belleza que cierto amigo nuestro
dio por perecedera tristemente,
todo por no saber que más perfecta
que el astro combustible
es la ley que lo mueve y lo gobierna).

Bajo tu mirador angelizado
los árboles retejen su vestido
por una dulce, inapelable orden
que les dice que se acabó el silencio,
que terminó la desnudez heroica
y por puente de plata huye el invierno.
Que desde su principio inmóvil, sumergido,
hasta el último dedo,
tienen que recordar su amable oficio,
que reabrir su taller de maravillas,
que hacer girar sus ruecas
y poner en el aire
su anual casa de escándalos
para que el trino salte al viento vivo
y suelte amor las flechas de los pájaros.

Todo está ya poblándose de tibios acontecimientos.
Todo echa su aliento suave, calentado
en esta especie de apacible horno verde
en que ya se transforma el altiplano.
(Y ahora que lo pienso,
todo esto sucede año con año
y nadie sabe nunca cómo empiezan las cosas
Se las descubre siempre un poco tarde,
cuando ya no es posible contemplar cómo nacen
de las espumas soñolientas del invierno.
Uno tiene la culpa.
Uno se vuelve viejo.
Es decir, distraído.
Permite que los ojos encanezcan
y se antimaravillen
y que el alma se entristezca y abrume
en impropios quehaceres de sibila,
en necio cavilar mirada adentro).
Mas aquí está la reina que distribuye gratuitos premios,
que nos lanza abanicos de perfumes
y pone en cada oráculo su sello.
Delfos cierra por quiebra:
no humos de laurel. Vaho de flores.
Miremos a la alegre pasajera,
miremos su corona transitoria
y de otro modo eterna.
Ahora hay millones de cosas
que suceden feliz y velozmente.
Una mañana, por ejemplo,
se sabe que el jardín ya no dormía,
que había vuelto.
Abrió los ojos, sobresaltado por un trino,
y se vio que se le caía el sueño
de los párpados grises.
Todo cedió las manos, el cuerpo, las raíces,
y empezó a recordar cómo se hace lo verde,
cómo es que de tan de prisa y tan callando
se abre el telar universal que trama
hojas de seda, pétalos de aire,
cápsulas que no pueden guardar ya su secreto,
crisálidas de ceras impacientes.
Las ramas se sacuden su invernal sentimiento de
                                                                   [inferioridad,
bellas durmientes que desentumen dedos de plata.
Brillo a brillo va haciéndose el palacio
que el mundo habrá de echar por la ventana.
Pasan mil aéreos cortejos nupciales.
Y de arbusto en arbusto, las arañas
danzan sobre la cuerda floja
y hacen castillos en el aire.

Llegan las pardas turbas de gorriones
como manojos de hierba quemada.
No son precisamente ejemplos de cordura
y por ello resultan ejemplares.
Como la misma hoja en que aterrizan
no verán otro mayo.
Pero hoy se reparten a gritos los árboles
e izan delirantes oleadas de sonido
mientras dura la luz en que navegan,
briznas de gozo puro,
aladas perfecciones de un instante.
La higuera que hasta ayer era ceniza
‒uno hubiera pensado: un soplo y se derrumba‒
es ahora una cosa brillante
que ríe en cada punta,
un collar de fugaces esmeraldas,
un objeto de tránsito suntuoso
que da su sombra ancha.
El prado amarillo, que padecía una tristeza de asténico,
ha decidido de pronto que la vida es bella
y que daría cualquier cosa por volver a ser joven.
“Pensamiento es acción”, dice la magia.
De manera que ha empezado a cubrirse
de pelusa tierna. Y más que prado
parece así un gran pájaro verde
con unas largas alas que ahora le amanecen
con todo el cielo encima centelleando.
Y la hiedra que miro mientras escribo esta carta
saca sus nuevos brazos,
reanuda su antigua vida de circo
y allá va, muro arriba,
con su alegre sombrilla de recuerdos
para guardar el equilibrio.

En fin, te comunico
que todo esto te aguarda.
Vuelve pronto a disfrutar de la fiesta
que es consuelo de los afligidos,
salud de los enfermos,
causa de nuestra alegría,
borrón y cuenta nueva.
(¿A quién se le ocurriría eso del “valle de lágrimas”
si alguna vez vivió la primavera?)