El país más allá de la niebla


Monólogo del despierto

Golpe en la piedra
Carta a Mauricio, enfermo, dándole noticias de la
    primavera

Monólogo del despierto

 

A Ernesto de la Peña
….y solamente lo fugitivo

permanece y dura.

Quevedo

 

I

    Caen los rostros a oscuras,
las palabras cerradas.
A espaldas de la luz se ensaya la catástrofe
del aire cercenado
del corazón caído en medio de su sangre
con el asombro de un asesinato.

    Esta tiniebla sorda, este silencio
donde apenas se eriza
un escarpado grito de bestia solitaria,
o atraviesa el aliento
de una maligna víscera invisible,
es ya la asfixia de una sola tumba,
es la victoria de una sola muerte.

    Estamos ya arrasados, detenidos,
fuera ya de nosotros, sin ribera ni centro,
sin nombre ni memoria,
perdida ya la clave del límite, la cifra
de nuestra propia imagen y su espejo.

    Todo aquí es más allá.
Se ha trascendido el círculo.
Se ha derogado el número.
Ni distancia. Ni música. Ni latido. Ni órbita.
La dulzura terrible, sin fondo, de la nada.
Si ahora cierro los ojos, caeré en su abismo ciego.

    Pero no. Sobre el rostro arden como testigos
de la luz y del orden.
Son las llaves que guardan la puerta de
                                             mi nombre;
la presencia del muro, el regreso del alba.
Y herido, me resisto.
Me restaño la vida que me huye
en oleadas sin forma.
como un gas, disolviéndose en el sordo vacío.
¿Pues qué soy yo ‒qué somos‒,
qué es entonces el mundo si no el instante ardiendo
en donde me reúno ‒fuerza aterrada y sola‒
a detener mi sombra, a denegarme
al dulce horror que acecha tras mis ojos
al vaho que se extiende en el espejo
donde puedo encontrarme?

    Toco la oscura brasa de mi nombre
‒esto que soy, que amo y que recuerdo
Luego voy más allá de mi memoria
y de lo que es ahora la isla de mi cuerpo,
de la sonoridad iluminada
donde acceden las cosas a su forma.
Bajo por las raíces de mi sangre,
donde el secreto de quién soy reposa
y alguien sin rostro ya funda mis pasos
‒ése que a veces vuelve, que me escala
y dentro de mí sueña grandes sueños oscuros‒
Todo sube a mi boca buscándose la imagen.
Como entre dos espejos se viste entre mis labios.
Es mi orilla de muerte y permanencia,
es la lúcida flor arrebatada
y la ciega raíz invulnerable.
La compruebo y me incendia
y ya hay un largo invierno
entre el tacto y la llama.
Este fuego sin pies, duro, cerrado,
se está haciendo sus alas de ceniza.
Cuanto lo hace brillar lo va apagando
y cuanto lo cautiva ya le prepara el vuelo.
Mas, despierto, defiendo mi medida,
amurallo mis límites,
moribundo Narciso arrodillado
ante el agua que huye con su rostro
y a la vez lo consagra en su reflejo
criatura de un tiempo y un espacio.

II

    Pero ahora me voy. Yo soy el cuerpo
desordenado y ciego de la arena.
Y sus miembros ardidos y dispersos
hacen conmigo el viaje de morir.
Morir… Morir inacabablemente
en cada grano seco, en cada sitio
del viento que me arrastra.

    En soledad, inmune, bajo mi nombre vivo.
Pero con todos, en la noche, muero.
Muero por los que duermen,
por los que dan la espalda al oscuro jadeo,
por todos los que ignoran que en esta noche
han muerto y que mañana volverán a morir.
Muero porque su muerte sea reconocida
y les sea devuelta la gracia de su nombre
y acordado el rescate.

    Aquí está el Enemigo,
el que muestra su rostro en esplendor y ruina,
ése que en flor y piedra encuentra su alimento
y en cada criatura se nace y finaliza.
Gotea sobre el mundo su cuenta solitaria,
devora en los rincones la música del día,
afelpado y feroz, pisa a los fugitivos
y extiende su fisura narcótica en secreto.
Y sé que no lo saben.
Él está aquí,
a la orilla de los cuerpos vencidos
a oscuras, sin combate,
de cuantos abatieron el brazo de su llanto
y no llevan los ojos como un ardiente escudo.
Nadie escucha su lenta mordedura ni siente
cómo cae sobre el sueño en ceniza implacable,
un muerto en agonía perpetua, un polvo oscuro
al que nadie vigila y crece, y crece y crece,
hasta que todo sea, una noche, una hora,
su montana de arena, su total desolado.
Devorador del vuelo, del paso y la caída,
trabaja sin testigos.
Se le ha dejado a solas
como a una fiera lúcida,
destruyendo en secreto el orden y las formas.
Corre sobre nosotros, deshace con nosotros
el monstruo de su cuerpo.
Pasa solo, llevándose
señales y reflejos.
Por Él una flor salta desde la sombra al aire
y de la luz desdeña su rostro en el vacío.
El incendia el espacio de bodas invisibles
y en el centro del fruto instala ya el derrumbe.
Por Él la rosa ama a otra desconocida
y la abeja traslada la promesa y la muerte
de una orilla a otra orilla del vestido del viento.
Todo es su dominio, su víctima y su hijo.
Seca dulces cabellos y labra ocultas sales.
Abre vuelos y ojos y traiciona al dormido.

    Navegante del pulso, vigila su corriente,
iza su ardiente oleaje y para su sonido.
¡Ay de aquél que no siente el rumor de su quilla!
¡Ay de aquél que no siente su cuerpo navegando!
Porque luego regresa más y más lentamente,
cada vez más dormido y cada vez más muerto,
de la gruta sin fondo al espacio encendido,
del reino de la piedra al resplandor del ojo.

III

    Aún ha vuelto el alba.
Pero nadie se asoma
de su orilla quemada al brocal del espejo
a saber lo que falta, lo que fue consumido
a ciegas, en la noche, dentro de la caverna
suspendida del sueño.
Pero todos los que duermen en esta hora velo,
soportando en la frente al mundo abandonado,
recogiendo los nombres en la tierra caídos.
Oigo la oscura ruina demoler en secreto
una orilla de hierba y una punta de astro.
Todo lo sé y lo sufro en este solo instante
en que mis ojos arden en el espacio ciego.
Y en plenitud fugaz e irrevocable, soy eterno.

    No lo sabéis, dormidos, pero soy el escudo
que oculta vuestra fuga y salva vuestros pasos.
Y por todos vosotros pido una muerte viva,
por vosotros me ofrezco
‒“no saben lo que hacen”‒
siendo todos, despierto.
Pues amo al olvidado y al que olvida,
al tímpano cegado,
y al corazón sin música.
Y por todos en mí busco, velando,
vuestra propia palabra, confundida
en el negro desorden, que no sube
a unirse con la hermana que la aguarda,
a ser, en una sola y pura eternidad,
una brizna de música, una astilla de alba.

    Sí, por todos vosotros,
ciegos, sordos, inmóviles,
pido morir de pronto y no con esa
lenta y horrible desmemoria
del que hace poco a poco su cadáver,
del que junta su muerte noche a noche en el sueño.
Sí. Morir con mi nombre en mitad de la frente,
ojo del alma y última columna
que presencie el desastre.
Sí. Morir vigilando el rumor de la muerte
y, por todos los ojos en esta sombra huidos,
mirarla en el espejo del alto mediodía
abrir la puerta y derramar la noche.

 


Golpe en la piedra

 

A Jaime Cardeña

Mirad las aves del cielo, que no
siembran ni cosechan y nuestro
Padre celestial las alimenta.

Contemplad los lirios del campo.
No tejen ni hilan, y en verdad os digo
que ni Salomón se vistió así en medio
de toda su gloria.


Mateo,VI-XXIV-XVIII-XXIX

 

I

    Estoy aquí, en tus ojos.
Mírame, sombra mía.
O mejor no me mires.
Soy como tú.
Por eso no me conocerías.
¿Mi nombre? No lo tengo.
El rostro gris, nublado, indistinguible.
Soy éste. Aquél. No importa.
Todos somos iguales.
Todos oscuridad. Ni siquiera tristeza.
Nunca el amor. Y nunca la alegría.
La palabra jamás. Jamás el fuego.
Sin arder nos hacemos de ceniza.
El día nos encuentra
pasando cartas que jamás abrimos,
contraseñas exangües, desventradas.
Por la noche caemos en pozos sin aliento,
en orillas de sombra,
en un callado infierno.
Somos piedras tiradas sobre el cauce
de un río que se ha muerto.

    Ciertamente que a veces me pregunto
quién soy, a dónde marcho,
dónde nace la rama de mi sangre,
para qué me despierto,
qué hago sobre el mundo, aún menos que la hierba
fragmento del color, parte del tacto,
una leve razón, un signo breve
de ser en algún sitio para algo.
Y nadie me responde. No sabemos.
¿Cómo saber, si yo mismo estoy mudo,
si yo mismo me falto?
¿Por qué estar solo así, de mí tan solo,
por mí deshabitado,
de mí mismo tan ciego,
hombre de arena seco y dispersado?

II

    Hoy es viernes.
Es una de las cosas que sé.
De las muy pocas.
Una vez más termino mi tarea
‒esta sorda tarea sin ventanas‒
atrapado en un tiempo febril y paralítico.
Un resuellos de perros
rastrea mi pisada entre malezas,
por el bosque sin término de cegados espejos
donde perdí la imagen y el reposo,
la soledad y el nombre,
donde me está prohibido detenerme
a buscar mi sortija de misterio,
mi llave de tinieblas y relámpagos,
golpear la puerta de mi antigua casa
y llamar a las vírgenes que duermen
largamente, esperando
sitio, vestido y música,
fiesta de ser mirándose una a otra,
para luego cruzar los siete umbrales
del país más allá de la niebla
donde es el vino pan y pan el vino
y todo la verdad que sólo advierte
la última alcoba angélica del ojo.

    Hoy es viernes
Guardo los instrumentos funerales,
las negras herramientas
de borrar, de talar ojos y alma.
Me quedo aquí, perdido, circundado
de rebaños que tiemblan, se esparcen y reúnen
como una ola ciega.
Con ellos voy y vuelo y me disperso.
Está cerrada la caverna.
Y allá lejos, el lirio resplandece
con su traje de rey, y no teje ni hila.
El pájaro no siembra ni siega
ni allega en alfolíes.
Y suyos son el trigo de la aurora
y la miel y el rumor de los veranos,
el aire azul y el verde que se junta
a ser el árbol.
Yo tejo oscuridades. Largas telas vacías.
Siembro. Revuelvo arenas. Les confío
granos sin esperanza ni secreto,
puños de sed, de sombra erosionada.

    Y éstos me hablan de amor.
Del amor hablan todos.
Amor: negro resuello a lomos de la noche.
O peor: una pobre lágrima azucarada.
¿Amor es este llanto encima de mi carne,
este horror junto al pozo devorador de estrellas,
es esta indiferencia de cadáver?
¿Amor quedarse solo ‒y más solo que antes‒,
amor echar cerrojos
al socavón donde sin lengua vaga el alma?
¿Amor tenderse a oscuras, a morir sin un astro,
sin una sola astilla de sangre iluminada por
                                                       testigo,
sin raíces que suban
de su negra piscina sin rumores
al aire de este tallo que aguarda su corona
de congregada luz, de música visible?
¿Amor el no saberse de pronto derramado,
amor el no escapar de la caverna
donde la sangre busca su salida,
el puro sol del ojo,
las puntas de sus ramas abriéndose en los dedos,
la ola centelleante
de un alto corazón arrebatado?

    Ay, no saber quemarse.
No saber ser tomado
a música y a fuego, hechizado y devuelto
al delirio del bólido y su cabello ardiente,
a las primeras pieles de la estrella
y la inauguración de sus perfumes.
Ay, no ser levantado hasta la zarza en llamas
del corazón, hasta la piedra pura
que el golpe del amor en el costado
pone a manar secretos
y abre el ojo ya sabio y deslumbrado.

    Ay, y morir. Morir y dar la muerte.
Y sembrar en la noche mi diáspora de lágrimas,
dispersar mi semilla de oscuras inscripciones,
diseminar las bocas destructoras del musgo,
mi linaje de polvo, mi raza de olvidar.
De mí descenderán lenguas baldadas,
lámparas abatidas,
apretadas legiones de exterminio,
inocentes, tristísimas legiones de abrazos al vacío.
Cisternas desastrosas.
Huecos deshabitados por la música.
Filas de espesas puertas clausuradas
que han perdido la llave,
echadas como tumbas sobre la primavera.
Sobre los altos gozos de la luz y los pájaros,
sobre los alimentos celestiales,
sobre la espuma ociosa y amada de las flores.

III

Mañana será lunes. Todos los lunes llueve.
El lunes: ciudad triste y agrietada.
Entró allí como un puño de ceniza,
como un muerto acosado.
Me interno en sus monótonos martirios,
en su reloj de insectos implacables.
Y me doy a la gota que me horada.
A mi telar vacío.
A mi mano asesina de palabras.

    Ya concluyó el relámpago
y su vaina de sombra lo devora.
Sólo queda la lluvia. Los perros y su aliento.
La maleza confusa. Y mi loca pisada
que va a ninguna parte,
que derrenga mis miembros y los vuelve
                                               a la piedra.
Mi voz entra en su costra y mis oídos pierden
la orilla de la música.

    Casi supe. Alguien vino.
Dejó caer una palabra.
Pero ha vuelto a ser lunes.
Sobre el arroyo turbio va una flor pisoteada.
La piedra abate un vuelo
y parte una garganta.
Y cesa así la música que alzaba en vilo al mundo
y el color de la tierra es abrogado.

    Traje de rey cuyo caudal sostuve
sólo por un momento, sosteniendo
el esplendor y el peso de los cielos y el aire.
Gran ciudad de sonoros palacios,
estación de los frutos graciosos y abundantes,
donde al oído anclé, fuera de tiempo y de la cólera,
para que conociera cómo suena el verano…
Hoy es lunes. Es lunes. Es la hora. Ya vamos.
Vamos al rostro gris. Hacia el olvido.
Al no saber jamás: la desmemoria,
el mapa que te excluye, ciudad de siete umbrales.
Reunámonos a ser como un gran ciego.
Cerrada puerta para amor y gozo.
Amianto inexpugnable.
Los dormidos. Los muertos.
Solo nadie.

 


Carta a Mauricio, enfermo, dándole
noticias de la primavera

 

A Mauricio González de la Garza

 

Por los balcones deslumbrados de los ojos
nos asomamos otra vez al río.
Al río de Heráclito, por supuesto,
cuyo lomo que nunca será el mismo
nos acerca y se lleva
a la florida y puntal navegante
que vuelve a regalarnos
sus viejos y siempre asombrosos descubrimientos.
Su barca de guirnaldas
fondea en nuestra orilla.
Te invito a que saludes
a nuestra, visitante,
pues siempre ha sido bueno
‒como me lo enseñaste‒
que el mortal más o menos congojoso
mire lo que se da, lo que sonríe,
lo que venciendo el tiempo
dura de otra manera:
dura en la perfección,
en la belleza
(la belleza que cierto amigo nuestro
dio por perecedera tristemente,
todo por no saber que más perfecta
que el astro combustible
es la ley que lo mueve y lo gobierna).

Bajo tu mirador angelizado
los árboles retejen su vestido
por una dulce, inapelable orden
que les dice que se acabó el silencio,
que terminó la desnudez heroica
y por puente de plata huye el invierno.
Que desde su principio inmóvil, sumergido,
hasta el último dedo,
tienen que recordar su amable oficio,
que reabrir su taller de maravillas,
que hacer girar sus ruecas
y poner en el aire
su anual casa de escándalos
para que el trino salte al viento vivo
y suelte amor las flechas de los pájaros.

Todo está ya poblándose de tibios acontecimientos.
Todo echa su aliento suave, calentado
en esta especie de apacible horno verde
en que ya se transforma el altiplano.
(Y ahora que lo pienso,
todo esto sucede año con año
y nadie sabe nunca cómo empiezan las cosas
Se las descubre siempre un poco tarde,
cuando ya no es posible contemplar cómo nacen
de las espumas soñolientas del invierno.
Uno tiene la culpa.
Uno se vuelve viejo.
Es decir, distraído.
Permite que los ojos encanezcan
y se antimaravillen
y que el alma se entristezca y abrume
en impropios quehaceres de sibila,
en necio cavilar mirada adentro).
Mas aquí está la reina que distribuye gratuitos premios,
que nos lanza abanicos de perfumes
y pone en cada oráculo su sello.
Delfos cierra por quiebra:
no humos de laurel. Vaho de flores.
Miremos a la alegre pasajera,
miremos su corona transitoria
y de otro modo eterna.
Ahora hay millones de cosas
que suceden feliz y velozmente.
Una mañana, por ejemplo,
se sabe que el jardín ya no dormía,
que había vuelto.
Abrió los ojos, sobresaltado por un trino,
y se vio que se le caía el sueño
de los párpados grises.
Todo cedió las manos, el cuerpo, las raíces,
y empezó a recordar cómo se hace lo verde,
cómo es que de tan de prisa y tan callando
se abre el telar universal que trama
hojas de seda, pétalos de aire,
cápsulas que no pueden guardar ya su secreto,
crisálidas de ceras impacientes.
Las ramas se sacuden su invernal sentimiento de
                                                                   [inferioridad,
bellas durmientes que desentumen dedos de plata.
Brillo a brillo va haciéndose el palacio
que el mundo habrá de echar por la ventana.
Pasan mil aéreos cortejos nupciales.
Y de arbusto en arbusto, las arañas
danzan sobre la cuerda floja
y hacen castillos en el aire.

Llegan las pardas turbas de gorriones
como manojos de hierba quemada.
No son precisamente ejemplos de cordura
y por ello resultan ejemplares.
Como la misma hoja en que aterrizan
no verán otro mayo.
Pero hoy se reparten a gritos los árboles
e izan delirantes oleadas de sonido
mientras dura la luz en que navegan,
briznas de gozo puro,
aladas perfecciones de un instante.
La higuera que hasta ayer era ceniza
‒uno hubiera pensado: un soplo y se derrumba‒
es ahora una cosa brillante
que ríe en cada punta,
un collar de fugaces esmeraldas,
un objeto de tránsito suntuoso
que da su sombra ancha.
El prado amarillo, que padecía una tristeza de asténico,
ha decidido de pronto que la vida es bella
y que daría cualquier cosa por volver a ser joven.
“Pensamiento es acción”, dice la magia.
De manera que ha empezado a cubrirse
de pelusa tierna. Y más que prado
parece así un gran pájaro verde
con unas largas alas que ahora le amanecen
con todo el cielo encima centelleando.
Y la hiedra que miro mientras escribo esta carta
saca sus nuevos brazos,
reanuda su antigua vida de circo
y allá va, muro arriba,
con su alegre sombrilla de recuerdos
para guardar el equilibrio.

En fin, te comunico
que todo esto te aguarda.
Vuelve pronto a disfrutar de la fiesta
que es consuelo de los afligidos,
salud de los enfermos,
causa de nuestra alegría,
borrón y cuenta nueva.
(¿A quién se le ocurriría eso del “valle de lágrimas”
si alguna vez vivió la primavera?)