Tomás Segovia



Selección
y nota de
Fabio Morábito
y Jaime Moreno Villarreal



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Nota introductoria


Ante esta colección de sonetos de Tomás Segovia,* uno puede preguntarse qué es lo que hace decidirse a un poeta por una forma poética en lugar de otra, esto es, por qué elige una determinada angulación para mirar lo que mira y de qué manera esta angulación influye en la cosa mirada, o dicho de otro modo, en qué grado la cosa sería otra si la angulación fuese también otra.


Un poeta aprende con el tiempo que el mundo mirado a través de un cierto tipo de métrica no es el mismo mundo contemplado con otra. Escribir con versos de siete sílabas puede llevar a consecuencias formales e incluso éticas y ontológicas muy diferentes a las de escribir con versos de once o de ocho, o con versos libres. La responsabilidad, el riesgo y la fortuna comienzan con la forma; por lo menos, quien se equivoca en la forma se equivoca en todo.

Pero a esta verdad acompaña otra que es casi su contraria: no hay forma infalible, y uno, en mayor o menor medida, se equivoca siempre, pues lo que importa a la hora de la hora no es el método sino el terreno, que es siempre novedoso e irrepetible, y si se quiere permanecer de pie hay que reorientar mínimamente las propias armas, dándole a cada momento un nuevo giro y un nuevo brillo, sin traicionarlas.

Todo esto viene a cuento porque en esta colección de poemas de Tomás Segovia asistimos —y no es la emoción menor que otorga su lectura— a una continua tensión entre el erotismo que constituye el tema de todos ellos y la malla en que ese erotismo se despliega o, si se quiere, queda atrapado: el soneto.

Toda poesía, independientemente de la forma que adopte, consigue siempre darnos el efecto doble de un despliegue y de una captura, de una distensión exitosa aunada a un sabio ceñimiento. Bajo esta luz, cada uno de los sonetos de Tomás Segovia representa un pequeño drama de acoso y batida, tanto temática como formalmente. Hay asaltos y rendiciones no sólo en los cuerpos sino en la sintaxis: la frigidez de la forma se ve obligada aquí a desmentirse parcialmente, a recurrir a zonas y pendientes insólitas, azuzada como está por una corriente y un ritmo verbales que no le dan tregua y le muerden los flancos.

No espere el lector, pues, el mueble pulcro y fino, sino el borbotón raudo. Que este borbotón esté contenido por las exclusas del soneto parece por momentos algo secundario, lo cual es la mejor prueba de maestría formal; la forma parece accidente más que forma; consigue hacernos olvidar su largo uso en la tradición y se nos aparece como recién horneada, acabada de inventar aquí y ahora para el poema que leemos y para ningún otro.

De esta suspensión de la tiesura formal se valen las mismas palabras para volverse más anchas, más sueltas, más inocentes y procaces. El que la mayor parte de estos sonetos votivos termine en versos que señalan directamente los órganos del amor no obedece a ningún efectismo o provocación; indica al contrario que la forma ha sido abierta y habitada de veras, sin remordimientos, desde el principio, hasta dar al final del camino con las palabras claves del deseo erótico, que no serían tales si pudieran pronunciarse en cualquier momento, impunemente, fuera de toda tensión y medida. El poema desemboca en ellas, se sujeta al suelo por ellas; más aún: se reintegra a ellas, porque ellas son su verdadera fuente y su sostén más puro. Decir estas palabras es siempre riesgoso pero siempre necesario, y aunque no se las pronuncie —es lo que nos enseña este admirable puñado de sonetos—, su presencia, desde algún fondo, guía todo el ritual erótico.

Parecería que para Tomás Segovia el soneto no es una forma qué llenar, sino qué vaciar, como se dice vaciar o fundir una figura en bronce, pero vaciarlo es también desnudarlo, y aun elegir la desnudez como modo del pensamiento. La desnudez que funda la condición votiva de estos sonetos parte de la mirada. No de aquella que “desnuda con los ojos”, sino la mirada que se entrega, que se despoja. Los sonetos de Segovia son formas de ofrecimiento. Modos de exponerse, seducciones, reclamos. El ofrecimiento en acto contiene seguramente la contraparte del ruego. Es, indisolublemente, dar y pedir. Ofrecer a cambio: eso es un voto, un proceso restitutivo ya en la religión, que restituye por ejemplo la vida en un mundo futuro; ya en la política, donde se ofrece cumplir una promesa a cambio de un voto; así en el amor, que gana una preferencia a cambio de un compromiso.

Inevitablemente, estos sonetos nos evocan la poesía epigramática griega, ya de carácter erótico, ya de carácter votivo. Votivos eran aquellos epigramas labrados en inscripciones que se ofrecían en memoria de un voto hecho a alguna divinidad (al modo de nuestros ex votos). Segovia funde en estos poemas el orden votivo con el erótico. El poeta se despoja y se ofrece. Los primeros veinte sonetos, que provienen del libro Figura y secuencias (1979) (los restantes cinco están incluidos en Partición, 1983), forman parte de una sección titulada “Visita a un oratorio arcaico”. Esta visita a un lugar de devoción, en el caso de que ese culto haya fenecido, impone no obstante una actitud solemne. La sensación es de ingreso a un recinto cultural cuyos ritos son oscuros no por desconocidos sino por cegadores. Un templo donde el poeta, más pagano cuanto más fervoroso, entra con una lengua que casi reza, una lengua de desprendimiento que recita.

Recitar y rezar fueron alguna vez una misma palabra que corrió suertes diversas, aunque no tanto como para hacerse ajenas. Rezo y recitación son modos solemnes de repetición. Como el amante que sabe que renueva un antiguo ritual, el poeta y el religioso ofician: su oficio es celebrar al tiempo que ofrecer. El amante lo entiende bien cuando sale de sí y experimenta la disolución en una desnudez muy anterior y posterior a su ser particular. Así el creyente, cuando se despoja, hace suyas —puesto que re-cita— las palabras de la oración, tal como el poeta reza según la lengua.

Segovia ingresa al oratorio arcaico —que es griego, pues como él dice: “Si ninguna otra traducción interviene, la transcripción simple de un cuerpo desnudo está siempre en griego”— no a orar, entra a ad-orar. Oratorio, adora-torio, recinto de ruego y entrega, devocional, votivo: el cuerpo. 



Fabio Morábito
Jaime Moreno Villarreal


* Tomás Segovia nació en Valencia, España, el 21 de mayo de 127, y murió en México, el 7 de noviembre de 2011. (N. del E.)

 

Bibliografía poética*
 

Toda la poesía de Tomás Segovia escrita hasta 1976 está recopilada en el tomo Poesía (1943-1976), México, Fondo de Cultura Económica, 1982.

Fuera de esta recopilación, Segovia ha publicado:

Bisutería, México, UNAM, 1981 (Colección Cuadernos de Poesía).

Partición, Valencia, Pre-textos, 1983. Incluye una edición ampliada del Cuaderno del nómada, publicado aparte en 1978 por el Taller Martín Pescador e incluido en el tomo de Poesía (1943-1976).

Cantata a solas, México, Premia, 1986.

Lapso, Valencia, Pre-textos, 1987.

Hemos utilizado la edición de la “Colección reservada de sonetos votivos” incluida en el tomo Poesía (1943-1976), México, Fondo de Cultura Económica (1982) y continuada en Partición, Valencia, Pre-textos, 1983.


* Esta bibliografía fue escrita en 1988. El Fondo de Cultura Económica publicó Poesía, nuevamente, en 1998, con toda la poesía escrita por Tomás Segovia entre 1943 y 1997. Otras obras de Segovia son Lo inmortal, Libros de la Galera, 1998; Misma juventud, Pre-Textos, 2000; En los ojos del día, Círculo de Lectores, 2003; Salir con vida, Pre-Textos, 2003; Día tras día, Pre-Textos, 2005; Lucido invierno, El gato gris, 2006; Llegar (poemas 2005-2006), Pre-Textos, 2007; Siempre todavía, Pre-Textos, 2008; El tiempo en los brazos: cuaderno de notas (1950-1983), Pre-Textos, 2009; Sin nada en otro sitio, Ayuntamiento de Granada, 2009; y Estuario, Pre-Textos, 2011, entre otros. (N. del E.)

Figura y secuencia

Colección reservada de sonetos votivos

I
II
III
IV
V
V (bis)
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVI (bis)
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI

 

I
 
 
 
Si te busco y te sueño y te persigo,
y deseo tu cuerpo de tal suerte
que tan sólo aborrezco ya la muerte
porque no me podré acostar contigo;

si tantos sueños lúbricos abrigo;
si ardiente, y sin pudor, y en celo, y fuerte
te quiero ver, dejándome morderte
el pecho, el muslo, el sensitivo ombligo;

si quiero que conmigo, enloquecida,
goces tanto que estés avergonzada,
no es sólo por codicia de tus prendas:

es para que conmigo, en esta vida,
compartas la impureza, y que manchada,
pero conmovedora, al fin me entiendas.


II

¿Qué sabes tú, qué sabes tú apartada
injustamente en tu cruel pureza;
tú sin vicio, sin culpa, sin bajeza,
y sólo yo lascivo y sin coartada?

Rompe ya esa inocencia enmascarada,
no dejes que en mí solo el mal escueza;
que responda a la vez de mi flaqueza
y de que tú seas hembra y encarnada;
que tengas tetas para ser mordidas,
lengua que dar y nalgas para asidas
y un sexo que violar entre las piernas.

No hay más minas del Bien que las cavernas
del Mal profundas; y comprende, amada,
que o te acuestas conmigo o no eres nada.


III

Tus ojos que no vi nunca en la vida
turbarse de deseo, ni saciados
dormirse tras la entrega, ni extraviados
mientras tú gimes loca y sacudida;

tu oreja, dulce concha adormecida
que no alojó a mi lengua de obstinados
embates de molusco; tus negados,
cerrados labios de piedad prohibida

que hurtan tu lengua, rica pesca extrema,
ni fueron nunca abiertos la diadema
de coral húmeda y abrasadora

que por tu rey mi miembro coronase:
yo mismo en todo esto, hora tras hora,
mi muerte fundo y a mi mal doy base.


IV

¿Pero cómo decirte el más sagrado
de mis deseos, del que menos dudo;
cómo, si nunca nombre alguno pudo
decirlo sin mentira o sin pecado?

Este anhelo de ti feroz y honrado,
puro y fanático, amoroso y rudo,
¿cómo decírtelo sino desnudo,
y tú desnuda, y sobre ti tumbado,

y haciéndote gemir con quejas tiernas
hasta que el celo en ti también se yerga,
único idioma que jamás engaña;

y suavemente abriéndote las piernas
con la lengua de fuego de la verga
profundamente hablándote en la entraña?


V

Toda una noche para mí tenerte
sumisa a mi violencia y mi ternura;
toda una larga noche sin premura,
sin nada que nos turbe o nos alerte.

Para vencerte y vencerte y vencerte,
y para entrar a saco sin mesura
en los tesoros de tu carne pura,
hasta dejártela feliz e inerte.

Y al fin mirar con límpida mirada
tu cuerpo altivo junto a mí dormido
de grandes rosas malvas florecido,
y tu sonrisa dulce y fatigada,

cuando ya mis caricias no te quemen,
mujer ahíta de placer y semen.


V (bis)

Toda una noche para mí tenerte
sumisa a mi violencia y mi ternura,
toda una larga noche sin premura,
sin nada que nos turbe o nos alerte

Para vencerte, y vencerte, y vencerte,
y para entrar a saco sin mesura
en los tesoros de tu carne pura,
hasta que en un rendido hartazgo inerte

te me duermas feliz y devastada;
y entonces, yo tranquilo y tú sin nada
por fin que defender, por vez primera
mirarte dulce, amiga y verdadera,

cuando ya mis caricias no te quemen,
mujer ahíta de placer y semen.


VI

No sabréis nunca el odio que alimento,
infame tejedor, sastre canalla,
hipócrita modista que mal haya,
por vuestro arte y su cruel tormento.

Pues ¿no es infamia, niña, que un fragmento
de nylon deleznable, o una malla
de fino jersey sean la muralla
en que se estrella el ardor más violento;

y una hebra del éxtasis me aparte
y cierre el paso a tu pezón, y el grueso
de un hilo al foso que mi sexo anhela?

Más yo haré trizas tu textil baluarte,
y he de asaltar tu piel a puro beso,
y al ariete forzar tu ciudadela…


VII

Los recuerdo turgentes y temblones,
tus grandes, densos pechos juveniles,
tímidos y procaces, pastoriles,
frescos como aromáticos melones.

Eran el más solemne de tus dones
cuando al fin liberabas sus perfiles
en cuartos cursis de moteles viles,
deliciosa de susto y decisiones.

Juguetona y nerviosa los mecías
retozando desnuda sobre el lecho,
plétora pendular frente a mis dientes.

Y cuando muda y grave te me abrías,
te sentía apretar contra mi pecho
sus dos bultos callados e insistentes.


VIII

Tus pechos se dormían en sosiego
entre mis manos, recobrado nido,
fatalmente obedientes al que ha sido
el amor que una vez los marcó al fuego;

tu lengua agraz bebía al fin el riego
de mi saliva, aún ayer prohibido,
y mi cuerpo arrancaba del olvido
el tempo de tu ronco espasmo ciego.

Qué paz… Tu sexo agreste aún apresaba
gloriosamente el mío. Todo estaba
en su sitio otra vez, pues que eras mía.

Afuera revivía un alba enferma.
Devastada y nupcial, la cama olía
a carne exhausta y ácida y a esperma.


IX

Contra mi tacto evocador me afano.
Con los más duros y ásperos pertrechos
he trabajado hasta dejar deshechos
por el hierro los dedos de esta mano.

Los quiero embrutecer, pero es en vano:
en sus fibras más íntimas, maltrechos,
aún guardan la memoria de tus pechos,
su tibia paz, su peso soberano.

Ni violencias ni cóleras impiden
que fieles y calladas a porfía
mis manos sueñen siempre en su querencia

ni mil heridas lograrán que olviden
que acariciaron largamente un día
la piel del esplendor y su opulencia.


X

Tu carne olía ricamente a otoño,
a húmedas hojas muertas, a resinas,
a cítricos aceites y a glicinas
y a la etérea fragancia del madroño.

Hábil como una boca era tu coño.
Siempre había, después de tus felinas
agonías de gozo, en las divinas
frondas de tu deseo, otro retoño.

Te aflojabas de pronto, exangüe y yerta,
suicidada del éxtasis, baldía,
y casta y virginal como una muerta.

Y poco a poco, dulcemente, luego,
absuelto por la muerte renacía
tu amor salvaje y puro como el fuego


XI

Algo debe morir cuando algo nace;
debe ser sofocado, y su sustancia
chupada para ser riego o lactancia
en que otro ser su urgencia satisface.

No habrá otra hora pues en que te abrace
mientras muerdo en la cándida abundancia
de tus dos pechos; no habrá ya otra instancia
en que tu cuerpo con mi cuerpo enlace;

no penetraré más en la garganta
anfractuosa de tu sexo alpino.
Tú a otra luz amaneces; yo declino.

Mi degollado ardor tu altar levanta,
mi reprimida hambre te alimenta,
y el yermo de mi lecho te cimenta.


XII

Y sin embargo, a veces, todavía,
así, de pronto, cuando te estoy viendo,
vuelvo a verte como antes, y me enciendo
del mismo fuego inútil que solía.

Y me pongo a soñar en pleno día,
y reprocho al destino, corrigiendo,
como los locos, lo que fue; y no entiendo
cómo no pude nunca hacerte mía.

E imagino que anoche me colmaste
de placeres sin nombre, y que esa chispa
perversa y de ternura en tu mirada

prueba que lo otro es nada —que gozaste,
que a ti también este limbo te crispa,
¡que al fin te di el orgasmo! — y lo otro es nada.



XIII

Otra vez en tu fondo empezó eso…
Abre sus ojos ciegos el gemido,
se agita en ti, exigente y sumergido,
emprende su agonía sin regreso.

Yo te siento luchar bajo mi peso
contra un dios gutural y sordo, y mido
la hondura en que tu cuerpo sacudido
se convulsiona ajeno hasta en su hueso.

Me derrumbo cruzando tu derrumbe,
torrente en un torrente y agonía
de otra agonía; y doblemente loco,

me derramo en un golfo que sucumbe,
y entregando a otra pérdida la mía,
el fondo humano en las tinieblas toco.


XIV

Desnuda aún, te habías levantado
del lecho, y por los muslos te escurría,
viscoso y denso, tibio todavía,
mi semen de tu entraña derramado.

Encendida y dichosa, habías quedado
de pie en la media luz, y en tu sombría
silueta, bajo el sexo relucía
un brillo astral de mercurio exudado.

Miraba el tiempo absorto, en el espejo
de aquel instante, una figura suya
definitiva y simple como un nombre:

mi semen en tus muslos, su reflejo
de lava mía en luz de luna tuya,
alba geológica en mujer y hombre.


XV

Entre los tibios muslos te palpita
un negro corazón febril y hendido
de remoto y sonámbulo latido
que entre oscuras raíces se suscita;

un corazón velludo que me invita,
más que el otro cordial y estremecido,
a entrar como en mi casa o en mi nido
hasta tocar el grito que te habita.

Cuando yaces desnuda toda, cuando
te abres de piernas ávida y temblando
y hasta tu fondo frente a mí te hiendes,
un corazón puedes abrir, y si entro
con la lengua en la entraña que me tiendes,
puedo besar tu corazón por dentro.


XVI

El breve trecho, pero sorprendente,
que va desde la voz fresca y alada
de tu clara garganta a la callada
monocordia del coño hondo y ferviente

basta para que así me represente
lo que hay en ti de náyade o de hada
que en lo alto vuela y en lo limpio nada,
pero fundada tenebrosamente.

Qué incomparable don que a un tiempo mismo
des a la luz tu risa, y al abismo,
secretamente, valerosa te abras,

y que a la vez te tenga en mi entusiasmo
volátil e infantil en las palabras
y temible y mujer en el orgasmo.


XVI (bis)

El breve trecho, pero sorprendente,
que va desde la voz fresca y alada
de tu clara garganta a la callada
monocordia del coño hondo y ferviente

basta para que así me represente
lo que hay en ti de náyade o de hada
que en lo alto vuela y en lo limpio nada,
pero fundada tenebrosamente.

Imborrable es la grieta hacia el abismo,
de largo trazo recto y decidido,
que tu entrepierna valerosa alberga

y hace que te conozca a un tiempo mismo
volátil e infantil con el oído
y mujer y temible con la verga.


XVII

Un momento estoy solo: tú allá abajo
te ajetreas en torno de mi cosa,
delicada y voraz, dulce y fogosa,
embebida en tu trémulo trabajo.

Toda fervor y beso y agasajo,
toda salivas suaves y jugosa
calentura carnal, abres la rosa
de los vientos de vértigo en que viajo.

Mas la brecha entre el goce y la demencia,
a medida que apuras la cadencia,
intolerablemente me disloca,

y al fin me rompe, y soy ya puro embate,
y un yo sin mí ya tuyo a ciegas late
gestándose en la noche de tu boca.


XVIII

¿No es raro que acordarnos todavía
nos ponga melancólicos y graves?
Hacíamos muy mal el amor, ¿sabes?
Sin gracia, aprisa, sin sabiduría.

Furtivamente, donde se podía:
en tierra, en pie, en las sillas menos suaves,
encaramados como absurdas aves,
tu falda alzaba y mi bragueta abría.

Indagaban también manos y labios,
libres ya entonces y a su modo sabios;
e íbamos luego, cómplices y amantes,

muy de la mano, entre la triste tropa
de los hombres, llevando, desafiantes,
manchas de semen seco en nuestra ropa.


XIX

Sé que no sabes que recuerdo tanto
tu piel untuosa y pálida, amasada
con fiebre y luna, y tu boca abrasada,
blanda y jugosa y salada de llanto,

y tu implorante gesto de quebranto,
sobre tu frigidez crucificada
y agradecida y tierna aunque insaciada,
y mi esfuerzo patético entretanto,

y el amor con que entonces se volvía
tu largo cuerpo de impecable diosa
en su halo de luz y denso efluvio,

y ofrecías sensual a mi porfía
la masa de las nalgas prodigiosa,
guiando mi mano hacia tu pubis rubio.


XX

(Soneto a la inglesa)

Todo hombre sin mujer es un Crusoe.
Náufrago de tu ausencia, me rodeo
del simulacro gris de un ajetreo
cuya nostalgia sin piedad me roe.

Y al correr de los días o los años,
voy odiando mi edén entre las olas,
y mi siembra de amor erguida a solas,
y mi semen tragado por los caños.

No la caza triunfal, ni el fruto en ciernes;
no el perro, ni el paraguas, ni la mona;
no el papagayo o el hogar o un Viernes;
sólo un sueño imposible me obsesiona:

por entre escollas y corales y algas,
nadar hasta la costa de tus nalgas.


XXI

Del día aquel por años como un quiste
tuve el recuerdo envuelto y asfixiado.
En la hora del adiós te has desnudado
pensando que se da quien no resiste.

No entré en ti de verdad. Lo que me abriste,
apartando las piernas con cuidado,
era un sexo en tutela y vigilado
del que eras con horror la dueña triste.

Mas si le queda a este deseo un día,
más que el fracaso duren las hazañas
y más que el quiste el cuerpo que lo cría.

El hoy viola al ayer, y en tus entrañas,
el sexo que abriré como un abismo
y el que tuve sin ti —serán el mismo.


Partición


XXII
XXIII
XXIV
XXV 

   


XXII

Si del Amor, como Platón enseña,
nace en las almas el conocimiento,
en los cuerpos en cambio un mutuo y lento
conocer da al Amor su mejor leña.

Ésa fue tu enseñanza, oh mi pequeña:
con su ternura y su consentimiento,
ni ruin, ni avaricioso, ni violento,
tu goce yergue el mío y lo domeña.

Más dentro estallo cuanto más te entiendo,
poco a poco mi verga va aprendiendo
cómo excavar tu espasmo, aún invicta

cuando gimes mi nombre con locura;
y mi lengua a la larga se hace adicta
a tu vulva y su férvida textura.


XXIII

Sean dadas las gracias al sofoco,
al estertor, al hipo, a la ronquera,
a los ojos en blanco, a la bizquera,
a la turbia visión fuera de foco.

Con lealtad agradecida evoco
esa carne que vi por vez primera
retorcerse en su gloria, diosa y fiera,
y húmeda de sudor y baba y moco.

Aprendí para siempre, esa hora ardiente,
qué a gusto se revuelca el alma altiva
entre la piel, los pelos, la saliva,
y abolida y violenta y dependiente,
gime de gozo de acallar su empeño
y no ser reina, y célibe, y sin dueño.


XXIV

Qué bien bailabas cuando oscuramente
te sentías fundada en mi mirada.
Y a la vez, bien lo sé, yo no era nada
en tu ritual salvajemente ausente.

Ni yo ni nadie ni remotamente
te poseerá jamás ciega y borrada
como te poseía desalmada
la ola sola en tu viudez demente.

Duele saber que hundida en una cama
nunca darás lo que intocable alcanzas,
y yo no sé soltarme solo al pasmo;

mas lo que digo aquí, ¿dónde se trama?
¿dónde sabes que miro mientras danzas?
¿dónde tenemos juntos este orgasmo?


XXV

Hay una fantasía que a menudo
me hace temblar como una fiebre aguda:
tú yaces junto a mí toda desnuda;
yo yazgo junto a ti también desnudo.

Y pegado a tu flanco, ungido y mudo,
islas en ti mi piel cubre y escuda,
y su ritual las marca y las saluda,
y a un talismán con cada mano acudo:

una mano litúrgica en tu sexo
de vello montaraz; la otra en un pecho
y si pensara que me falta una,

tu otro pecho, lo sé, figura el nexo
con tu parte intocable, tu derecho
a un libre curso de remota luna.