Nota introductoria


La palabra colabora en la fundación del discurso erótico porque de ella es la memoria. ¿Qué podría existir al margen de la experiencia y del recuerdo? Los hechos parecerían novedosos pero faltaría el enriquecimiento y las bifurcaciones de lo vivido, de lo recordado. Al menos la lubricidad disminuiría sus poderes imaginarios, pues una caricia, un beso o las diferentes prácticas sexuales desencadenan una y mil presencias, algunas reales y otras elaboradas gracias al archivo de las evocaciones. En “El hijo de rata”, uno de los relatos de André Pieyre de Mandiargues,* aparece una línea que llama la atención por sus augurios: “Las satisfacciones del paladar iban sin duda a inclinar la velada hacia el regocijo obligado de los recuerdos”.

André Pieyre de Mandiargues es uno de los escritores que mejor han entendido la comunicabilidad erótica de las palabras. La temática de sus narraciones y poemas es por lo general una entrada a la sensualidad, una mirada que se impregna de texturas, de cuernos, de olores ocultos, de movimientos ondulantes que pueden llevar a la excitación de los sentidos en un juego hedonista que parece inagotable en su fluir y refluir. Esta marea es infatigable porque se renueva de continuo en el descubrimiento de la fantasía, del sueño y de la realidad a las que puede accederse a la manera del conquistador o del aventurero que inventa un nuevo mundo o una isla paradisiaca con tal de amplificar sus satisfacciones. En ese sentido Mandiargues provoca el parto de la palabra erotizada.

La palabra erótica tiene raíces muy profundas en las mitologías, pues la mayoría de las conciencias religiosas y rituales remiten de inmediato al coito fecundante o a la unión de los cuerpos en un eterno tránsito e intercambio. Pero, los giros circulares o concéntricos de lo erótico exigen renovaciones. Pues sin esta condición necesaria se está al amparo del hastío y de la posible pérdida del movimiento. Lo estático es lo yerto, es el polo opuesto de la vida, lo hierático entraña la frialdad y el dolor de la imposibilidad del acoplamiento.

En la poesía de Mandiargues, menos conocida que sus prosas, late el espíritu del surrealismo. Para el escritor nacido en París en 1909 las transgresiones, el humor, la sexualidad son indispensables para conformar un mundo pleno de peculiaridades. Sobre todo si se toma en cuenta que su abuelo materno es el pintor impresionista Paul Bérard. John Rewald refiere un hecho relativo a la familia del escritor: “Renoir seguía llevando una vida inestable, viajando mucho y visitando con frecuencia a nuevos amigos, los Bérard, en Wargemont. Desde La Roche-Guyon, donde pasó el verano de 1885 (y a donde Cézanne fue a verle antes de reunirse con Zola en Médan), Renoir anunció a Durand Ruel que por fin había encontrado un nuevo estilo que le satisfacía: ‘He vuelto, para ya no dejarla más, a la antigua pintura dulce y ligera... No es nada nuevo, pero es la prolongación de los cuadros del siglo XVIII’”. (Historia del impresionismo, Tomo II, p. 110).

El cruce de caminos entre el reposo de la mirada impresionista, contemplativo y libre de angustias temporales, será para Mandiargues una primera entrada en la poesía visual, en la imagen centelleante que se avizora en un instante privilegiado. Es la revelación de los estanques helados, de las puertas y de las ventanas apenas husmeadas al pasar, pero al mismo tiempo son esas aprehensiones las que delatarán el ojo cosmológico del joven escritor. Poco después vendrán las subversiones de Bretón y su cenáculo. El surrealismo avasallará las conciencias y la inquietud será un estado de ánimo y una posibilidad creadora. El sueño dejará sus secretos para erigirse en una inmensa máquina poética. Mandiargues logrará una alquimia imposible: conectar dos movimientos antitéticos. Él será un hombre que produzca textos desde la tesitura impresionista cuyas revelaciones tienen una atmósfera surrealista. El resultado es un prodigio de equilibrio, ya que lejos de ser un salto al vacío es una fórmula libre de ataduras que se manifiesta desde los recodos de una sensibilidad excepcional.

Un hecho curioso rodea el caso de Mandiargues, un artista para quien el ojo es la puerta de entrada a unos territorios habitados por toda clase de imaginaciones insólitas. Un día el pintor Alberto Gironella, de muy claras referencias surrealistas, conoció a André Pieyre de Mandiargues y le resultó desagradable. Esto podría ser lógico tratándose de personalidades tan opuestas y contradictorias. Pero algo irritaba a Gironella del escritor: “Tiene una mirada oblicua. Nunca ve de frente y sus ojos siempre son desconfiables”. Esta aseveración se comprueba al observar algunas fotografías del escritor y viajero cuya extraña mirada rompe la tranquilidad del espacio. En la mayoría de esas instantáneas o de materiales de estudio queda la huella poderosa de unos ojos penetrantes y hundidos que remiten a gentes como el misterioso Aleister Crowley. Una cándida imagen de Mandiargues da la contraparte del asunto, cuando tenía cinco años sus padres lo hacen posar con un hermoso perro de negro pelaje. El niño desborda dulzura y sus bucles caen sin tregua. Ahí la mirada es simple y llanamente una vía inmediata para comprobar la inocencia pícara, la transparencia de los sentimientos. Años más tarde los ojos de Mandiargues son un perfecto ladrón de instantes. Lo real es un escenario que el poeta deambula sin prisas, viaja por el Mediterráneo, gusta del exotismo de Oriente y se manifiesta ávido de contemplar todo lo contemplable y de gozar todos los placeres. He ahí al hedonista, al sujeto que hace de su vida un disfrute permanente y total. El erotismo en una de sus mejores expresiones modernas y eso se debe a esa extraña mirada, a esas delectaciones con un universo sobrecargado de invitaciones que deben descubrirse. El erotismo está ahí, en una ola que ondula su cuerpo como una mujer cuando gime sus orgasmos, o como una noche que llega desde la lejanía. Son los rumores del alba o los resplandores de un astro, son todas esas cosas que prefigura el poeta para más tarde convertirlas en palabra.

Los textos de Mandiargues hablan de la temporalidad de lo real y de la fugacidad del sueño. Si el presente es efímero el placer también lo es. El recuerdo devuelve la persistencia al placer, pero éste se dilata porque ya ha pasado por el rasero de las reflexiones. La emoción es ese estado anímico que provoca el vacío de los sentidos, un desquiciamiento que hace ajenos a sus partícipes. Por ello Mandiargues escribe con el reposo de quien viaja en un tren que llegará a su destino sin contratiempo alguno; aunque también gusta abismarse en la oscuridad, en las voluptuosidades que son impaciencia, desquiciamiento o azar, como quien fuera en un vehículo a altísima velocidad en medio de una tormenta apenas iluminada por los fulgores de un relámpago. Esos dos caminos son los que hacen de la poesía de Mandiargues una sorpresa permanente, un sortilegio que hechiza en sus poderes sensuales, en sus ironías, en el pulimento de sus imágenes, en todo eso que alumbra los atardeceres impresionistas cuando el sol levanta su casco magnífico para irradiar poderes o en las fantasías surrealistas cuando el día es noche y ambos se confunden en un único momento de fascinaciones.

Esta selección de poemas y textos breves de André Pieyre de Mandiargues es uno de esos placeres que reserva la literatura. En todos ellos hay algo disfrutable, una espina de humor o un chispazo que electriza como la figura de un rizo “púbico en la albura de una sábana, o las meditaciones que son carta abierta o memoria de un itinerario que pasa y permanece por medio de los versos o de las acotaciones; es todo ese universo el que despliega sus bellezas sin temor de ninguna especie, sin falsos pudores porque finalmente la impudicia es una de las mayores hermosuras que depara la existencia.


Andrés de Luna


* André Pieyre de Mandiargues nació en París en 1909. Autor prolífico, dejó varias novelas, poemas, cuentos, obras de teatro y ensayo. Tradujo a Yeats y a Mishima. Obsesionado por el erotismo y la muerte, lo fantástico y lo extraño, Mandiargues fue amigo de André Breton, Miró, Max Ernst y Chagall. Escribió algunas de sus mejores páginas en compañía de ellos. Alcanzó su primer éxito literario en 1963 con La motocicleta y en 1967 recibió el premio Goncourt con su obra La Marge, novela ambientada en Barcelona y en la que arremetía contra el general Franco. Murió el 13 de diciembre de 1991, en su ciudad natal.