La puerta desvergonzada (1965)
 

La puerta desvergonzada da a la espiral de una escalera por la que se desciende a un espacio que está un poco por debajo del nivel por el que la mayoría de los hombres, dirigen sus pasos, sus pensamientos y sus conversaciones. El que allí exista una especie de universo inferior que estaría conformado por reflejos del mundo ordinario en una amalgama de espejos construidos y dispuestos para proporcionar imágenes de una desmesura o de una agudeza casi hirientes, podemos concebirlo sin equivocarnos en absoluto. Se prefiere, con más fundamento, no dar crédito a mecanismos tan sutilmente complicados y tan malignamente rigurosos, entonces nos encontraremos de forma mucho menos sorprendente en uno de esos salones subterráneos que son habituales, según los iniciados, entre los cimientos de los hoteles, restaurantes, bares y clubes donde se mezclan los viajeros y los habitantes de las grandes urbes. Es preciso, antes de penetrar el haber aprendido a adaptar la vista y el oído según las leyes de una determinada óptica y de una determinada acústica del subsuelo; es preciso haberse aclimatado a las atmósferas de una caverna, donde se desarrollan de manera natural algunas especies que a la luz del día parecerían monstruosas. El acceso, como debe ser, no está franco para la muchedumbre; tampoco está estrictamente reservado, pero por precaución y para comodidad de los habituales, está disimulado.

Allí, los humos no son necesariamente de tabaco, ocultan el techo, que ya se pintó con la intención de hacerlo menos visible, para que pudiera parecer muy alto o muy bajo, exageradamente, según las disposiciones espirituales de cada quien. Bajo este falso cielo, o bajo estas falsas nubes, el suelo está enteramente cubierto con una alfombra muy gruesa, cuya blancura sería tan deslumbrante como la nieve si la luz que viene de no se sabe dónde, como cuando emana de la bruma, fuera más intensa. El mobiliario consiste en sofás y sillones mullidos, de una piel gruesa y fría, negra y brillante al menor resplandor, con veladores bajos de ébano encerado, para el apoyo de los vasos hay platos de cristal y utensilios de plata. Es más, el metal que aparece por todas partes es la plata, con un fulgor que tiene algo de profundamente implacable, y que con una delgada capa cubre otros metales más bastos para hacerlos brillar como barras que se alejan como rieles antes de borrarse en la penumbra. Una salita para hombres, según la expresión de Baudelaire, encaja bastante bien con el lugar donde nos hemos visto impulsados a bajar. Sin embargo, allí se encuentra una mujer cuya intrigante presencia atrae la mirada. Sin límites que puedan determinarse con exactitud, por ser los ladrillos de medidas imprecisas con respecto al techo, nuestro subterráneo está situado al mismo tiempo en todas las ciudades del globo y no pertenece a ningún país en particular. Lo frecuentan personas de todas partes. Beben licores fuertes, que no les impiden guardar la compostura.

Ningún programa está previsto, sólo aventuras que son más bien desventuras; historias surgidas de las vacaciones del corazón cobran forma con mayor o menor exactitud, sin que se sepa si son proyectadas, a veces como si estuvieran invertidas, sobre una pantalla extendida en medio de los vapores, o como si estuvieran dichas por actores menos profesionales que son diletantes, sobre un escenario improvisado entre dos lámparas de pie colocadas frente a una cortina de humo, o como si estuvieran contadas por personas a las que se escucha con alguna irritación y a las que nos negamos a creer. Lo particular de esas aventuras es provocar al espectador o al oyente. En sus convicciones, en su pudor, en sus gustos, se siente desafiado. Por lo que respecta al que declama, quien adopta algo de pose, en el decorado lujoso y fúnebre, la voluntad de insolencia y el deseo de molestar es evidente que rozan la bufonada infantil.

“Lo que bajo los nombres de paraíso y de infierno los hombres han presentido quizás corresponde a las dos estaciones principales que se sucederán sin fin en la otra vida”, nos fue enseñado allí una noche por un hombre con aspecto de cura o de profeta, pero llevaba una sotana de un verde tan vivo como el del follaje primaveral de las acacias y su barba y sus cabellos largos eran de un azul realmente celeste sobre la piel blanca. Después oímos a una mujer muy bella declarar que el primer regalo que debería hacerle un amante a su compañera era el obsceno pulgar del pie de la musa de Alfred de Musset, que está sobre el monumento junto a los arcos del Théâtre Français. “Musset’s Muse” decía con una bonita sonrisa maliciosa, como si las palabras inglesas expresaran mejor el ridículo innoble de la vieja hetaira de roca grisácea. Y añadía en un tono tan provocador como imperativo: “Señores, tomen sus martillos… ” He aquí el principio de una historia que podría ser narrada a continuación, pero que no lo es y que no lo será jamás porque la joven se interrumpió para quitarse los zapatos de piel de serpiente negra y para cruzar sus largas piernas a manera de armas, la malla de las medias no tenía otra función que la de convertir la desnudez en una textura sedosa. En París, como en todas las ciudades de la tierra, los martillos podrían encontrar horribles extremidades para romper. Las proposiciones surgidas de una boca hermosa no son despreciables en ninguna parte.

Se cuentan muchas historias por debajo del umbral que hemos cruzado, y las que quedan en suspenso o las que estallan como pompas de jabón no son las últimas en conmover nuestra imaginación ni las primeras en salir de nuestra memoria. ¿Se nos reprochará el haber contado algunos recuerdos de un mal sitio? Puede ser, pero creemos que no hay malos lugares, como tampoco buenos. En el espacio al que se nos ha antojado ir sin otra esperanza que la de un hallazgo insólito, nuestra intención, todo caso, no es la de permanecer por largo tiempo.