André Pieyre de Mandiargues



Selección traducción y
nota de
Andrés de Luna




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Nota introductoria


La palabra colabora en la fundación del discurso erótico porque de ella es la memoria. ¿Qué podría existir al margen de la experiencia y del recuerdo? Los hechos parecerían novedosos pero faltaría el enriquecimiento y las bifurcaciones de lo vivido, de lo recordado. Al menos la lubricidad disminuiría sus poderes imaginarios, pues una caricia, un beso o las diferentes prácticas sexuales desencadenan una y mil presencias, algunas reales y otras elaboradas gracias al archivo de las evocaciones. En “El hijo de rata”, uno de los relatos de André Pieyre de Mandiargues,* aparece una línea que llama la atención por sus augurios: “Las satisfacciones del paladar iban sin duda a inclinar la velada hacia el regocijo obligado de los recuerdos”.

André Pieyre de Mandiargues es uno de los escritores que mejor han entendido la comunicabilidad erótica de las palabras. La temática de sus narraciones y poemas es por lo general una entrada a la sensualidad, una mirada que se impregna de texturas, de cuernos, de olores ocultos, de movimientos ondulantes que pueden llevar a la excitación de los sentidos en un juego hedonista que parece inagotable en su fluir y refluir. Esta marea es infatigable porque se renueva de continuo en el descubrimiento de la fantasía, del sueño y de la realidad a las que puede accederse a la manera del conquistador o del aventurero que inventa un nuevo mundo o una isla paradisiaca con tal de amplificar sus satisfacciones. En ese sentido Mandiargues provoca el parto de la palabra erotizada.

La palabra erótica tiene raíces muy profundas en las mitologías, pues la mayoría de las conciencias religiosas y rituales remiten de inmediato al coito fecundante o a la unión de los cuerpos en un eterno tránsito e intercambio. Pero, los giros circulares o concéntricos de lo erótico exigen renovaciones. Pues sin esta condición necesaria se está al amparo del hastío y de la posible pérdida del movimiento. Lo estático es lo yerto, es el polo opuesto de la vida, lo hierático entraña la frialdad y el dolor de la imposibilidad del acoplamiento.

En la poesía de Mandiargues, menos conocida que sus prosas, late el espíritu del surrealismo. Para el escritor nacido en París en 1909 las transgresiones, el humor, la sexualidad son indispensables para conformar un mundo pleno de peculiaridades. Sobre todo si se toma en cuenta que su abuelo materno es el pintor impresionista Paul Bérard. John Rewald refiere un hecho relativo a la familia del escritor: “Renoir seguía llevando una vida inestable, viajando mucho y visitando con frecuencia a nuevos amigos, los Bérard, en Wargemont. Desde La Roche-Guyon, donde pasó el verano de 1885 (y a donde Cézanne fue a verle antes de reunirse con Zola en Médan), Renoir anunció a Durand Ruel que por fin había encontrado un nuevo estilo que le satisfacía: ‘He vuelto, para ya no dejarla más, a la antigua pintura dulce y ligera... No es nada nuevo, pero es la prolongación de los cuadros del siglo XVIII’”. (Historia del impresionismo, Tomo II, p. 110).

El cruce de caminos entre el reposo de la mirada impresionista, contemplativo y libre de angustias temporales, será para Mandiargues una primera entrada en la poesía visual, en la imagen centelleante que se avizora en un instante privilegiado. Es la revelación de los estanques helados, de las puertas y de las ventanas apenas husmeadas al pasar, pero al mismo tiempo son esas aprehensiones las que delatarán el ojo cosmológico del joven escritor. Poco después vendrán las subversiones de Bretón y su cenáculo. El surrealismo avasallará las conciencias y la inquietud será un estado de ánimo y una posibilidad creadora. El sueño dejará sus secretos para erigirse en una inmensa máquina poética. Mandiargues logrará una alquimia imposible: conectar dos movimientos antitéticos. Él será un hombre que produzca textos desde la tesitura impresionista cuyas revelaciones tienen una atmósfera surrealista. El resultado es un prodigio de equilibrio, ya que lejos de ser un salto al vacío es una fórmula libre de ataduras que se manifiesta desde los recodos de una sensibilidad excepcional.

Un hecho curioso rodea el caso de Mandiargues, un artista para quien el ojo es la puerta de entrada a unos territorios habitados por toda clase de imaginaciones insólitas. Un día el pintor Alberto Gironella, de muy claras referencias surrealistas, conoció a André Pieyre de Mandiargues y le resultó desagradable. Esto podría ser lógico tratándose de personalidades tan opuestas y contradictorias. Pero algo irritaba a Gironella del escritor: “Tiene una mirada oblicua. Nunca ve de frente y sus ojos siempre son desconfiables”. Esta aseveración se comprueba al observar algunas fotografías del escritor y viajero cuya extraña mirada rompe la tranquilidad del espacio. En la mayoría de esas instantáneas o de materiales de estudio queda la huella poderosa de unos ojos penetrantes y hundidos que remiten a gentes como el misterioso Aleister Crowley. Una cándida imagen de Mandiargues da la contraparte del asunto, cuando tenía cinco años sus padres lo hacen posar con un hermoso perro de negro pelaje. El niño desborda dulzura y sus bucles caen sin tregua. Ahí la mirada es simple y llanamente una vía inmediata para comprobar la inocencia pícara, la transparencia de los sentimientos. Años más tarde los ojos de Mandiargues son un perfecto ladrón de instantes. Lo real es un escenario que el poeta deambula sin prisas, viaja por el Mediterráneo, gusta del exotismo de Oriente y se manifiesta ávido de contemplar todo lo contemplable y de gozar todos los placeres. He ahí al hedonista, al sujeto que hace de su vida un disfrute permanente y total. El erotismo en una de sus mejores expresiones modernas y eso se debe a esa extraña mirada, a esas delectaciones con un universo sobrecargado de invitaciones que deben descubrirse. El erotismo está ahí, en una ola que ondula su cuerpo como una mujer cuando gime sus orgasmos, o como una noche que llega desde la lejanía. Son los rumores del alba o los resplandores de un astro, son todas esas cosas que prefigura el poeta para más tarde convertirlas en palabra.

Los textos de Mandiargues hablan de la temporalidad de lo real y de la fugacidad del sueño. Si el presente es efímero el placer también lo es. El recuerdo devuelve la persistencia al placer, pero éste se dilata porque ya ha pasado por el rasero de las reflexiones. La emoción es ese estado anímico que provoca el vacío de los sentidos, un desquiciamiento que hace ajenos a sus partícipes. Por ello Mandiargues escribe con el reposo de quien viaja en un tren que llegará a su destino sin contratiempo alguno; aunque también gusta abismarse en la oscuridad, en las voluptuosidades que son impaciencia, desquiciamiento o azar, como quien fuera en un vehículo a altísima velocidad en medio de una tormenta apenas iluminada por los fulgores de un relámpago. Esos dos caminos son los que hacen de la poesía de Mandiargues una sorpresa permanente, un sortilegio que hechiza en sus poderes sensuales, en sus ironías, en el pulimento de sus imágenes, en todo eso que alumbra los atardeceres impresionistas cuando el sol levanta su casco magnífico para irradiar poderes o en las fantasías surrealistas cuando el día es noche y ambos se confunden en un único momento de fascinaciones.

Esta selección de poemas y textos breves de André Pieyre de Mandiargues es uno de esos placeres que reserva la literatura. En todos ellos hay algo disfrutable, una espina de humor o un chispazo que electriza como la figura de un rizo “púbico en la albura de una sábana, o las meditaciones que son carta abierta o memoria de un itinerario que pasa y permanece por medio de los versos o de las acotaciones; es todo ese universo el que despliega sus bellezas sin temor de ninguna especie, sin falsos pudores porque finalmente la impudicia es una de las mayores hermosuras que depara la existencia.


Andrés de Luna


* André Pieyre de Mandiargues nació en París en 1909. Autor prolífico, dejó varias novelas, poemas, cuentos, obras de teatro y ensayo. Tradujo a Yeats y a Mishima. Obsesionado por el erotismo y la muerte, lo fantástico y lo extraño, Mandiargues fue amigo de André Breton, Miró, Max Ernst y Chagall. Escribió algunas de sus mejores páginas en compañía de ellos. Alcanzó su primer éxito literario en 1963 con La motocicleta y en 1967 recibió el premio Goncourt con su obra La Marge, novela ambientada en Barcelona y en la que arremetía contra el general Franco. Murió el 13 de diciembre de 1991, en su ciudad natal.

Libros de Andrés Pieyre de Mandiargues
traducidos al español


La muchacha debajo del león (Editorial Sur).
La motocicleta (Seix-Barral, 1968).
El margen (Joaquín Mortiz, 1970).
La marea y otros relatos (Editorial Hiperión, 1977).
El inglés descrito en un castillo cerrado (Editorial Tusquets
    1979).
Puerta desvergonzada (Ayuso, 1979).
La noche de Tehuantepec (Guchachi‘Reza, 1985).
 
 


Las incongruencias monumentales (1948)
 

XIII
LA ROCA NEGRA LLEVA UN BORCEGUÍ ROSA




XIII

Un viajero que fue a la India afirma
Que los rajás se lavan secretamente los pies
En un mueble en forma de reina Victoria


XXXVIII

Unas plumas sobre la boca del pueblo
Una verruga para los labios de las putas
Una garra que se encarna en los dientes del unicornio
Un gran dedo sobre la lengua del Papa
El más pequeño rizo como un pájaro pardillo
Roza el pelo que lo degüella.


XLII

Un enorme culo medio azul medio verde
Entre la camisa blanca
Y el vivo pantalón rojo
Reunió dos hermanas latinas.




LA ROCA NEGRA LLEVA UN BORCEGUÍ ROSA

La roca negra lleva un borceguí rosa
Zócalo del faro cuya pantorrilla se comba
Destella oro y ámbar en finas mallas
Por debajo de la liga que ciñe la plataforma

Donde asienta el fuego protector de los navíos
Fue así como por orden expresa del soberano
El real arquitecto de las costas
Modeló el más audaz de sus faros
Sobre la misma pierna de la favorita.

 

 


Astyanax (1956)
 

LA BELLEZA ESCANDALOSA
NOCHE



LA BELLEZA ESCANDALOSA


“La reina, señores...” anunció un tipo, sombríamente grotesco. Empujada por la calle a patadas, Su Graciosa Majestad rodó con un ruido de tonel sobre el pavimento azul. Por lo demás, era sólo una forma hueca, vestida con piel de trucha, que contenía un ratoncito chillón.

Bajo un cielo todo de gas, el muro del palacio se desgarró como una viejísima cortina, y quedaron deshechos los paños, la ropa interior, la ceniza. Los rostros postizos y las desnudeces postizas dejadas por los comensales provocan una galante turbación, bajo una piel de perro y un cabello de mujer. En la avenida están rugiendo los leones; la lluvia es cálida, a pesar del invierno.

Sea lo que fuere. En cuanto a ustedes, transeúntes y flores públicas, débiles mentales, fieles, protegidos por la apostura y por la canción, ustedes han seguido con precisión las órdenes impartidas que hablan de husmear y discernir la belleza escandalosa.



NOCHE

¿Noche, y la mar se retira de los guijarros, pero por qué van a quebrarse súbitamente en la cuerda de un violín monocorde donde se exaltan los deseos del cónsul de Argentina, pues es menester que él allí tenga una buena oportunidad de correr peligros cada instante, por uno u otro de nosotros? Un fuego, que ninguna mano ha encendido, navega sobre el agua tranquila. Los más viejos padres blancos meten un dedo en sus bocas. Ya se desliza, bajo la cual nosotros sabemos que no contiene la más mínima prenda del pequeño ropaje de Julie.
 
 


Léxico sucinto del erotismo (1959)*
 

PIEL. Envoltura natural del cuerpo, es el soporte de las caricias, invita al deslizamiento de la mirada y de la mano. Sus cualidades son la tersura, la juventud y el olor. El hombre honesto se conforma con dichas cualidades y no desuella.


MARCELLE. La más conmovedora, si no la principal, heroína de La historia del ojo, novela publicada en 1928 bajo el pseudónimo de Lord Auch. Parece que Marcelle ha caído desnuda del cielo para ser manchada, lavada por la tempestad y manchada de nuevo sin un instante de tregua. La sangre, la orina y el lodo son sus eternos compañeros. Es la encarnación del orgasmo. Su suicidio es un último espasmo, y era inevitable que su cadáver fuera mancillado de nueva cuenta.


O. Protagonista de la Historia de O, novela de Pauline Réage. La aventura de O, contada en un lenguaje sorprendentemente casto, dadas sus peripecias escandalosas, es en realidad la destrucción de un cuerpo femenino a través de la humillación, la prostitución, las torturas libremente aceptadas y la esclavitud consentida. Al llevar esta aventura hasta la muerte, que el dueño de O no le negará, no resulta exagerado considerar este bello libro como un relato místico.


PELO. Especie de cabello corto y más áspero que crece principalmente en las zonas del cuerpo a las que se dirige el deseo. Por el contraste de lo áspero con lo liso (o al revés en las rubias bronceadas) valora mucho la calidad de la piel. No obstante, es posible eliminarlo —precisamente— por el placer de la piel.
 

*Éstas son algunas anotaciones que Mandiargues quiso firmar con sus iniciales. El resto del volumen corresponde a Bretón, Paz, Joyce, Mansour y otros.

 


Tarjetas postales y dedicatorias (1960)
 

                                         *

a B.

En el Morosini evoco
Las rosas rojas de los cánones
Que dieron al Partenón
Su bello desorden romántico.

(Golfo de México, 16-7-1958)
                                         *

a B.

Era un hombre muy rico el que teme morir
Él conduce lentamente un pesado automóvil
Cerca de él su esposa desearía poder sonreír
Pero ella está enferma del corazón
Y la Bolsa ha bajado a causa de Egipto.

(Ruta del Simplón, 20-9-1956)

                                         *

a B.

Terrible “amor”
En aquella cueva de Veracruz
¿Deseaste que yo arraigara
          a la amable muerte?

(Veracruz, 13-7-1958)

                                         *

a Y. B.

El hombre pobre tiene temor de la nieve
El rico ríe severamente
Pero la mujer que ama
Piensa en tisús blancos de silencio
Donde balancea su bello cuerpo desnudo.

Las sábanas están bordadas debido a la escarcha
Los lechos navegan a la deriva
Sobre una inmensidad negra
Vasta también como la memoria.

(Venecia, 23-12-1958)

                                         *

LA VIDA

Muy grande para estar desnudo, trece años y meses, un muchacho moreno sangra, se retuerce en la arena. En el paraje donde está un pescado muerto con el vientre abierto. El grito desgarra la calma de seis horas y mi sueño versa sobre el gesto de Bona apenas esbozado, sedente en la imagen de una boca petrificada que lentamente sobresale del agua por un boquete, por un guijarro se recompone, no es más que mi recuerdo. Y si el vientre del pescado suministra intestinos, hígado y corazón, lo cual aliviará al mal loco que despliega solamente su pequeño abanico. La viva inflige en el hombre, el niño sufrirá poco, cree él, porque no maldecirá a la bestia.

(Santa Lucia de Siniscola 10-8-1953)


                                         *
 
a J.M.

El canto de los negros está listado como un tigre
La muerte tiene una máscara de niño idiota
Y me sonríe en una boca sonrosada.

(Nueva Orleans, 21-7-1958)

                                         *

a B.

Cuando Bona morena y ciertamente blanca
Cuando levanta la cortina
De sus párpados de hierba nueva
Astyanax tiene calor
Como un cisne sobre su anca.
 
 


La edad de Tiza (1961)
 

MEDIODÍA
LA HABITUAL
DE UN ESCORPIÓN DE PIEDRAS DE LUNA QUE SE APARECIÓ
A UNA LEONA REFUGIADA EN EL JARDÍN DE INVIERNO
DURANTE LAS INUNDACIONES DE LA CAPITAL

LA ILUSORIA BELLEZA



MEDIODÍA


A la orilla del mar Tirreno
Al pie de una torre en ruinas
Bajo la roja luz del mediodía
Tres amigos están sentados
Ellos conversan de cosas vagas
De cosas simples que suavemente se agitan entre amigos.

Viajan arrodillados en ese buque
Todo blanco en el fuego de mediodía
El cual huye a toda vela hacia mar adentro
Y hacia el resplandor del Oriente color de rosa

El navío desaparece en el otro lado del mundo
Al amanecer el cielo se colma de pureza
Y los amigos fundan el silencio
Unidos en una reposada nostalgia

¿Pues qué es esto que llega y no vendrá más
Cuál es el secreto de un instante perdido
Cuál es la sombra súbitamente extraviada
Como un gavilán silvestre
En la dorada luz de mediodía
Sobre un mar calmo y sobre una hermosa jornada?



LA HABITUAL

Ella está desnuda negra y blanca
Ella recarga su boca en la ventana
Sobre la encrucijada de un pequeño jardín

Se embellece cuando llueve
Cuando llora o cuando ríe
Ella siempre está ensimismada
Y los paseantes no la miran más a pesar de su gran belleza.

Ella es altiva y habitual
Como todas las puertas cerradas
De todas las casas de este país luterano.



DE UN ESCORPIÓN DE PIEDRAS DE LUNA QUE SE APARECIÓ
A UNA LEONA REFUGIADA EN EL JARDÍN DE INVIERNO
DURANTE LAS INUNDACIONES DE LA CAPITAL


Ningún collar de témpanos tendidos
Ha recibido a las jóvenes vivientes
Ninguna máscara de helado iris
Ningún cristal donde se agita la belleza
Cuando un hermoso gesto no es más
Ningún espejo curvo donde el lobo ríe
Si algún fresco niño allí cae
Antes de huir bajo los sarcasmos
La burla de su pudor
Ninguna puñalada enjugada en la seda
Ninguna hilada de perlas descarnadas
Ningún dardo ningún lirio ningún lazo blanco
No sé estar así inviolado
También desnudo tan temible
Que la plata coaguló entre las gemas
Burbujas azuladas de su miedo
Este escorpión de piedras de luna
Se lanzó al puro pecho de la mujer.



LA ILUSORIA BELLEZA

En esta noche de luna y nieve
Tú estás más a la sombra que de costumbre
De este modo el estanque detrás de los abedules
Disco de aguas muertas enmudecidas en plomo
Más negro más pesado bajo el cielo pálido.

Tú no ves más que otro espejo
Donde estás solitario y desnudo
Aguerrido ante tu imagen

Tan verdaderamente fría que los pájaros
Vienen a morir en tu ventana
Y tú los ves morir
Sin consentir abrirles tus labios
Que los atraerán fuera del bosque.

Tan cálidos como un nido
Tus labios pegados a las baldosas
Por un artificio de besos
Muy rápidamente desvanecido.
 
 


El punto donde estoy (1964)
 

EL CAFÉ ESPAÑOL
LA SAVIA
EL CAZADOR
PEÑÓN DE IFACH



EL CAFÉ ESPAÑOL

El otro blanco tres muros son azules
Bajo el techo azul más claro
Una canción desparramada
De las frutas demasiado verdes para nuestros dientes
Y el vino en mi garrafa
Es como una boca pintada
Que tiembla y no sabe decir nada,

Ya no me dices nada, no más,

Levántate yo me levanto
Donde tú vayas yo iré.



LA SAVIA

Un recuerdo del verano
Florece en la ventana fría,

A veces el pan de los sollozos
En un tronco salino
Donde reventó la ola ayer
Como un cultivo de aceitunas
Bajo la fértil esclavitud,

Las prisiones los talleres
Las losas de la ciudad
Son trampolines en pleno cielo
Donde el escupitajo espiritual
Ensanchó salvajemente
Al desafío de las servidumbres.



EL CAZADOR

Lo peor es la nieve
Dice Pierre otra vez
Y él veía a los ciervos
Correr en el ojo de su perro,

Él veía al ciervo
Morir otra vez
En el seno de una blancura manchada,

La bestia desnuda como una muchacha
El hombre rojo
Los cuerpos humeantes en el aire frío.



PEÑÓN DE IFACH

Ojo de un asno infinito
El sol meridiano
Aterrador el tiempo
Muero,

La sombra herida por una arista
Trabaja la arena
Hasta la matriz universal,

Las palabras en parte
Están tiradas en un lugar curvo
Que desciende
Que no cesará de descender,

Un bosque emerge
Blanco como un carnero muerto
Imagen del rey del mundo,

El cielo auxilia
Ardiendo en el azul
El pensamiento está en el umbral de la inmundicia.
 
 


La puerta desvergonzada (1965)
 

La puerta desvergonzada da a la espiral de una escalera por la que se desciende a un espacio que está un poco por debajo del nivel por el que la mayoría de los hombres, dirigen sus pasos, sus pensamientos y sus conversaciones. El que allí exista una especie de universo inferior que estaría conformado por reflejos del mundo ordinario en una amalgama de espejos construidos y dispuestos para proporcionar imágenes de una desmesura o de una agudeza casi hirientes, podemos concebirlo sin equivocarnos en absoluto. Se prefiere, con más fundamento, no dar crédito a mecanismos tan sutilmente complicados y tan malignamente rigurosos, entonces nos encontraremos de forma mucho menos sorprendente en uno de esos salones subterráneos que son habituales, según los iniciados, entre los cimientos de los hoteles, restaurantes, bares y clubes donde se mezclan los viajeros y los habitantes de las grandes urbes. Es preciso, antes de penetrar el haber aprendido a adaptar la vista y el oído según las leyes de una determinada óptica y de una determinada acústica del subsuelo; es preciso haberse aclimatado a las atmósferas de una caverna, donde se desarrollan de manera natural algunas especies que a la luz del día parecerían monstruosas. El acceso, como debe ser, no está franco para la muchedumbre; tampoco está estrictamente reservado, pero por precaución y para comodidad de los habituales, está disimulado.

Allí, los humos no son necesariamente de tabaco, ocultan el techo, que ya se pintó con la intención de hacerlo menos visible, para que pudiera parecer muy alto o muy bajo, exageradamente, según las disposiciones espirituales de cada quien. Bajo este falso cielo, o bajo estas falsas nubes, el suelo está enteramente cubierto con una alfombra muy gruesa, cuya blancura sería tan deslumbrante como la nieve si la luz que viene de no se sabe dónde, como cuando emana de la bruma, fuera más intensa. El mobiliario consiste en sofás y sillones mullidos, de una piel gruesa y fría, negra y brillante al menor resplandor, con veladores bajos de ébano encerado, para el apoyo de los vasos hay platos de cristal y utensilios de plata. Es más, el metal que aparece por todas partes es la plata, con un fulgor que tiene algo de profundamente implacable, y que con una delgada capa cubre otros metales más bastos para hacerlos brillar como barras que se alejan como rieles antes de borrarse en la penumbra. Una salita para hombres, según la expresión de Baudelaire, encaja bastante bien con el lugar donde nos hemos visto impulsados a bajar. Sin embargo, allí se encuentra una mujer cuya intrigante presencia atrae la mirada. Sin límites que puedan determinarse con exactitud, por ser los ladrillos de medidas imprecisas con respecto al techo, nuestro subterráneo está situado al mismo tiempo en todas las ciudades del globo y no pertenece a ningún país en particular. Lo frecuentan personas de todas partes. Beben licores fuertes, que no les impiden guardar la compostura.

Ningún programa está previsto, sólo aventuras que son más bien desventuras; historias surgidas de las vacaciones del corazón cobran forma con mayor o menor exactitud, sin que se sepa si son proyectadas, a veces como si estuvieran invertidas, sobre una pantalla extendida en medio de los vapores, o como si estuvieran dichas por actores menos profesionales que son diletantes, sobre un escenario improvisado entre dos lámparas de pie colocadas frente a una cortina de humo, o como si estuvieran contadas por personas a las que se escucha con alguna irritación y a las que nos negamos a creer. Lo particular de esas aventuras es provocar al espectador o al oyente. En sus convicciones, en su pudor, en sus gustos, se siente desafiado. Por lo que respecta al que declama, quien adopta algo de pose, en el decorado lujoso y fúnebre, la voluntad de insolencia y el deseo de molestar es evidente que rozan la bufonada infantil.

“Lo que bajo los nombres de paraíso y de infierno los hombres han presentido quizás corresponde a las dos estaciones principales que se sucederán sin fin en la otra vida”, nos fue enseñado allí una noche por un hombre con aspecto de cura o de profeta, pero llevaba una sotana de un verde tan vivo como el del follaje primaveral de las acacias y su barba y sus cabellos largos eran de un azul realmente celeste sobre la piel blanca. Después oímos a una mujer muy bella declarar que el primer regalo que debería hacerle un amante a su compañera era el obsceno pulgar del pie de la musa de Alfred de Musset, que está sobre el monumento junto a los arcos del Théâtre Français. “Musset’s Muse” decía con una bonita sonrisa maliciosa, como si las palabras inglesas expresaran mejor el ridículo innoble de la vieja hetaira de roca grisácea. Y añadía en un tono tan provocador como imperativo: “Señores, tomen sus martillos… ” He aquí el principio de una historia que podría ser narrada a continuación, pero que no lo es y que no lo será jamás porque la joven se interrumpió para quitarse los zapatos de piel de serpiente negra y para cruzar sus largas piernas a manera de armas, la malla de las medias no tenía otra función que la de convertir la desnudez en una textura sedosa. En París, como en todas las ciudades de la tierra, los martillos podrían encontrar horribles extremidades para romper. Las proposiciones surgidas de una boca hermosa no son despreciables en ninguna parte.

Se cuentan muchas historias por debajo del umbral que hemos cruzado, y las que quedan en suspenso o las que estallan como pompas de jabón no son las últimas en conmover nuestra imaginación ni las primeras en salir de nuestra memoria. ¿Se nos reprochará el haber contado algunos recuerdos de un mal sitio? Puede ser, pero creemos que no hay malos lugares, como tampoco buenos. En el espacio al que se nos ha antojado ir sin otra esperanza que la de un hallazgo insólito, nuestra intención, todo caso, no es la de permanecer por largo tiempo.
 
 


Arroyo de solicitudes (1968)
 
FEBO FRÍO
PARA SALUDAR
EL NACIMIENTO DE
SIBYLLE




FEBO FRÍO

Lord idiota de la muerte
Sol helado con blanco
Luna que se emboba con los perros
Dios luna
Fara de obsidiana
Febo invertido
Delos en los mármoles

Me opongo como un espejo
En las astillas heladas de tu risa
En el brillo de mi risa incendiaria.



PARA SALUDAR
EL NACIMIENTO DE
SIBYLLE

Concede la vida dice ella graciosamente

Abierta como una enorme almeja
En el momento del oleaje
La perla de mi vientre
Bosteza a todas las corrientes
Y en tan sangrante paso
La debilucha sale de las aguas,

Surge al extraño aire
Para conocer de la tierra y del fuego,

El sol está en el león.

La luna hará dieciséis días.
 

(24 de julio de 1967)