Lêdo Ivo


Selección, traducción y nota de Héctor Carreto





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Nota introductoria
 

Inmerso en la tradición panteísta, Lêdo Ivo, brasileño y cosmopolita, hijo del rigor clásico y del espíritu romántico, es el autor de los poemas extensos, versiculares, donde todo acontece: las huellas sobre la arena y el hombre sin rostro en la calle sin nombre, el barco de Ulises y la rosa de plástico, el “sol oscuro sobre la cama” yla noche que ilumina la fachada de los hospicios”. Pero es también el creador de poemas breves y de extensión media, compactos, contundentes, muchas veces cargados del humor y de la paradoja.

Cultivador además del soneto, del romance y del poema en prosa, es tarea difícil resumirlo en una imagen. Se diría que su visión es la del deslumbramiento frente al mundo en un-solo-instante. Es como la luz brillante del sol, que desnuda de un golpe todas las cosas; poesía, precisa y transparente, donde transcurre la historia en un parpadeo. En su territorio conviven, simultáneamente, el sueño, la infancia junto al mar, la indignación frente a la Muerte, la soledad colectiva de las ciudades contemporáneas, la existencia de Dios, a veces oculto, a veces fantasma persecutor y en ocasiones presente al evidenciarse En cualquier lugar. / Hasta en el agua leve / de la planta nuclear.

Pero es en el encuentro amoroso que el poeta reordena el caos y vence, incluso, a la Muerte y al Demonio. Eros es el sol en un sistema planetario. Ésta es una de las razones por las cuales no es un poeta pesimista: la fusión con el sexo opuesto lo enriquece: al coito no deviene una saudade sino la “sabiduría de la carne”, como lo diría D.H. Lawrence.

De Lêdo Ivo, también cuentista, autor de numerosos ensayos, notas periodísticas, traductor de poesía francesa, sorprende comprobar que su vasta obra poética, contenida en doce libros, siempre se ha caracterizado por ser, desde Las imaginaciones (1944) hasta La noche misteriosa (1982), concisa, inteligente e imaginativa.

Lêdo Ivo nació en Maceió, estado de Alegoas, Brasil, en 1924. Creció y se formó en Recife, y desde 1943 se estableció en Río de Janeiro. Fue miembro fundador de la llamada “Generación del 45”. La presente edición fue autorizada y revisada por el autor.

 

Héctor Carreto


A un magnate 

Haga el amor de día.
Guarde la noche para
dormir y soñar.
Haga la rosa espesa
estremecerse en el bochorno
y que el pozo secreto
se cubra de rocío.
Fabrique millones
sin salir de su cuarto:
los millones de la vida
que los bancos no guardan.
No se desperdicie
esclavo del trabajo.
Recuerde: sudor
de vida dura
cava sepultura.
Rompa con su socio
y juéguese en la cesta
las letras de cambio.
Cultive su ocio
y bese, en la sombra,
el pistilo ardiente
de la rosa en sigilo.
Si quiere evitar
el cáncer y el infarto,
siga mi consejo:
no se mate en el
negocio u oficina.
Alquile una mujer.
Un pregón de la Bolsa
no vale el susurro
de una enamorada.
Si quiere lucro seguro
invierta en el amor.
Pero, mi buen amigo,
no cometa excesos.    
En materia de sexo
se requiere parsimonia.    
La economía lo es todo.
Con la bienamada           
haga el amor correcto      
(papá-y-mamá, 
mamá-y-papá)  
como antiguamente
en los tiempos de los valses
y de los candelabros
cuando no había
secuestros de jets
ni de políticos.
¡Ah, dichosos tiempos
sin Freud y sin Marx!
¿Las computadoras?
Sólo pregonan mentiras
¿Productividad?
No crea en merolicos.
No pierda su tiempos
El aire acondicionado
produce resfriado…
No caiga en la trampa
de la tecnología.
Huya de esta lepra
llamada dinero
que causa prejuicios
y aborrecimiento.
Sea práctico:
haga el amor de día.


El amigo

Aunque sea tu amigo
no nos encontraremos nunca.
Jamás verás mi sombra
cuando camine a tu lado
ni oirás mis palabras
si un día te llamo a gritos.
Sólo en el momento en que mueras
iré a tu encuentro
y para siempre permaneceré
en tu silencio y soledad
de hombre muerto y abandonado.


El sol de los amantes

El oficio de quien ama es ver
un sol oscuro sobre la cama,
y engendrar en el frío el fuego
de un verano que calla su nombre.

Es ver, constelación de pétalos,
cuando la nieve cae sobre la tierra,
algodón del cielo, aire del silencio
que nace entre dos espaldas.

Es morir, lúcido y secreto,
cerca de tierras absolutas,
de ese amor que mueve las estrellas
y encierra a los amantes en un cuarto.

 


Finisterra
 

Voy entre la multitud y mi nombre es Nadie.

En una ciudad que apesta a pescado podrido
a gasolina y a demagogia
oprimido por la tarde voy rozando las escamas
de paredes que hurtan mi dolor.
Bajo este cielo vinagre, absorbido por turbinas
un vómito de cifras me entorpece.
Llevo en la marea mi amor de hombre
y nadie sabe que amo, salvo los perros
que olfatean mis pasos por las alamedas.
En el escenario del miedo mi fervor responde
a una estridencia de piedras desmoronadas
y en los túneles escucho gotear
mi amor de agua, y mi amor de flor
brota en los quioscos pálidos y atraviesa
los pedregales y abalorios del día adornado
con rafia amarilla y blanca.
¡Oh día, altar de los hombres, corral de mármol!
Las reses se aproximan entorpecidas al matadero.
La sombra de mi amor incendia las calzadas.
Los días son rufianes ocultos en balcones
donde nadie paga los intereses de mi alma.
Y este amor que me traga en cuanto absorbo
el zumo oculto en la gruta insensata
abre un abismo entre los surcos y las rocas
de la tierra que me nutre en sus pechos de polvo.
Las empalizadas de la incertidumbre se levantan y aíslan
torres donde se alternan centinelas que espían
en la oscuridad la llegada de pelotones invisibles.
En el camino, entre el viaducto y el motel,
cuando vengo, es que voy… Partida y llegada
son quimeras del horizonte y graznar de gaviotas
que irritan a los burócratas en la aduana.
Al caminar por Río de Janeiro, vivo todos los asombros,
red que en la oscuridad encuentra un banco de sardinas.
hombre que detrás del sol se enfrenta
con los terrenos cenicientos de la amargura.
La hora traza un arco de luz para que yo pase
entre los millonarios, los padres, los basureros, los
[payasos y las prostitutas, que son mis semejantes.
Aquí los bancos son más bellos que las catedrales.
Y cabizbajos confesamos a los gerentes nuestros pecados:
codiciamos a la mujer del prójimo y su mansión y su
[esclavo y su yate y su buey y su asno y sus desventuras
y el sol de su piscina.
Comulgamos en las ventanillas, y cuando la Bolsa cae
tiemblan nuestras almas monetarias.
Entre el terror, el telestar,
y la hormiga que sube por la escalinata de la Secretaría
                                                                  [de Hacienda,
se forman señales luminosas. ¡Oh nuevo glosario del
                                                                      [mundo!
Adiós oh viejas palabras que nada significan
y que vogan en las letrinas por momentos.
Como los deshuesaderos de automóviles, los museos
                                                    [guardan la chatarra.
El arte de hoy está en los muros,
en letreros que anuncian aparatos eléctricos.
¡Oh diálogo de constelaciones, oh sintaxis planetaria!
Como las palabras dementes que aprendí en la escuela,
gastadas como suelas de zapatos,
ya no sé cantar al mundo ni decir amor mío.
Mi silencio muerde un pan cocido
en los hornos de la mentira.
Oh día sin labios,
oh día cubierto de escamas como pez
que nada en mi jaula,
dime qué cielo guardó el grito de Elpenor.
¿Dónde está la sepultura de Nabucodonosor?
Canta para mí, oh Musa, acerca del varón industrioso
                                                               [Nick Carter…
¿Dónde encontraré todas esas viejas tumbas
con sus lápidas cuarteadas y epitafios
escritos en la lengua antigua de los muertos?
Las trompetas resuenan en la explanada de Elsinor.
Los leones de granito rugen en la mañana.
Y pisando las palabras amarillas de un otoño amarillo
                                            [como el cuerpo de Cristo
voy entre una multitud de boca lacrada.
Soy un hombre aislado de los otros hombres
que caminan como si ya estuviesen muertos.
En los estacionamientos, la luz de la tarde quema
la hierba que me separa de mis hermanos
en este mundo roído por el terror.
Ellos gritan donde yo no puedo escucharlos.
Y la aurora carcome mis puños iracundos,
y las ratas roen los pulsos de mi alma.
Abandonado en el horizonte, bebo la blancura de la
                                                                        [noche
que ilumina la fachada de los hospicios.
¡Oh noche bella como un navío!
Soy el grano
en el silo.
Soy el viento
que viene de los suburbios de orina y querosén
y que ciega lentamente los ojos de las estatuas.
Los gigantes del mundo me preguntan: “¿Cuál es tu
                                                                   [nombre?”
Respondo: “Me llamo Nadie.”
Los gigantes merodean los yates anclados en las islas.
La cólera de la vida tiembla en las calzadas.
El día se disuelve, impostura
deshecha en el aire reverente. Y tú que eras gemido y
                                                                            [carne
me acompañas, diluida en mi saliva.
Y como los viejos aviones duermen en los hangares
así duermo en ti y el silencio es un triunfo
sin aplausos ninguna valva se contrae
y los peces se amontonan en cestas fétidas
de supermercado, desvanecidos
en el espasmo puro de las fornicaciones.
Mi vida se descáscala como aquellos viejos balcones
abiertos en Nueva York al esplendor y la mentira.
Soy aquel que no cabe en el alarido
que sube desde la glorieta de la Bolsa de Valores
hasta un cielo sin sílabas.
En el día bursátil, el sudor de los hombres se transforma
    en números,
pero lejos de ti sólo escucho las roncas palabras
que salen de tu garganta visible para el amor.
Oh mujer, esponja del hombre,
ocupas todo el paisaje como un pájaro.
Oh sol desnudo, oh mi yegua de carga,
paseo por tu cuerpo como un niño en un palacio
y soy la luz de los espejos que iluminan tu espalda.
Vago por planicies y colinas al ponerse el sol
espantando a los pájaros que ondulan en tus párpados
y ahuyento al arcoíris.
Y junto a los cercados escarlatas de la tarde
que encierran el cansancio de los hombres
sigo un rastro de tierra agrietada
donde el odio pasa a galope, espantando a la muerte.
Oh noche de los semáforos y espantapájaros y de las
                                     [arañas ocultas en los molinos,
oh noche de los murciélagos que en mi infancia sostenían
    los estandartes del sueño,
las hélices de tus navíos cargados de estrellas cruzan
    los anfiteatros del mar.
Pero, ¿dónde está la finisterra que me prometiste, más
    [allá de las islas idiotas y de los mitos carcomidos por
                                                                       [la marea?
Como el esplendor del teatro cuando las luces se
                                                              [encienden
mi vida entera se estremece a la caída de la noche
y oigo en la oscuridad el canto de todo lo que parte.

 


La capa


En el país de la infancia voy a encontrar
todos los objetos que perdí:
mi capa azul, el libro de grabados,
el retrato de mi hermano muerto
y tu boca fría, tu boca fría.

En el país de la infancia, mi capa azul
cubre objetos y alucinaciones.
Es una capa azul, de un azul profundo
que alguien, alguna vez, podrá encontrar.
Azul como el que no existe más.

Y ante todos ustedes, puros y obstinados,
vírgenes en el invierno y repulsivos en el verano,
hago mi petición de un azul profundo:
cúbranme con esta capa el día en que me muera.

Y cuando agonice yo tenga la certeza
de que una capa azul, de un azul profundo,
envolverá mi cuerpo de la cabeza a los pies.


La ventana sin barrotes


Lo que los aviadores ven
a tres mil metros de altura
lo que los mineros ven
derrumbando árboles de cristal
lo que los buzos ven
dentro del mar, pisando tierra como quien pisa una flor,
lo que el ciego ve cuando está caminando
lo que los niños creen ver cuando están dormidos
lo que los sonámbulos ven, ante una pila goteando,
lo que se ve cuando el amor es un abrazo
lo que se ve y no se ve
es lo que estoy viendo ahora
como si en tu mano hubiese una moneda
de corona escondida
y en el cielo los lados ocultos de los planetas
se revelasen.

Veo el mundo con los ojos heridos por las estrellas
y con los pulsos quemados por las estaciones.
En el cuarto donde duermo oigo el rumor de antípodas
                                                                    [conciliados
y de trópicos que resbalan, perpendicularmente, sobre
                                                               [mis párpados
cuando hace sol apenas en mi sueño.
Duermo en el centro del universo y mi inocencia es
                                                                    [enorme.
Como el joven amante esclavizado a la hidráulica de un
                                                           [cuerpo desnudo
asisto al movimiento de las estrellas y a la carrera de las
                                                                             [nubes
y mi espíritu festeja este mundo infinito, que jamás se
                                              [inició y jamás terminará,
este mundo en que el universo contemplado en la noche
                                                                          [es polvo
como un día que llorase sobre los hombros de los siglos.
Lo que los vivos ven y no olvidan
lo que todo hombre recuerda, la vida entera.
es lo que estoy viendo en este instante.


A una lavadora


La lavadora
apaga el esperma escurrido en tu sueño;
inmóvil, como el ojo de vidrio de las muñecas,
sorbe espinas y pirámides
que encontraste en tu camino,
limpia la mancha de alcohol y lágrima
que guardabas como una cicatriz
en la manga de tu levita.
Una rociada lluvia de jabón en polvo
cae en las entrañas del albo pájaro palpitante.
Una vez más estoy inmaculado
como en la mañana de mi primera comunión.
El blanco más blanco del mundo
me unge con santidad
e inocencia.
Puedo pecar de nuevo, mentir, arrojarme
en la noche que brilla entre el Cristo taciturno
y el cariñoso clítoris.
Puedo ganar el pan con el sudor de mi frente.
En el altar redondo y blanco un dios susurrante
me limpia y me proteje
todo el santo día.


Las colegialas


En este verano sin nubes las muchachas pasean:
son las dulces colegialas
que andan en bicicleta y contemplan los cielos atómicos.
Los navíos anclados en el jardín del colegio
quieren partir hacia las salinas, inútilmente, mientras
    las chicas sueñan en vagancias, picnics virgilianos,
    coloquios, chismes en las lánguidas tardes sobre un
    tema doméstico, bailes, juegos, flirteos y deporte
    por la mañana.

Soñando, ellas nacerán; soñando, morirán;
mientras, junto a sus cuerpos frágiles como sauces y
               [ardientes como la respiración de la noche,
la tarde nace y enmudece de espanto.


La nebulosa


Que sea como en las islas:
eternamente domingo,
o como los pies de las mujeres,
siempre ardientes, siempre fríos;
o los viajes en los sueños,
donde no sabemos si partimos
ni sabemos si llegamos
y a la mitad de la historia
casi siempre despertamos.

Que sea como en los entierros
y lo dudoso del llanto;
como una canción en verso
o un barco al anclar;
como los ciegos en las esquinas
o la noche sobre el océano.
Que sea inarticulable
como la poesía pura
en el instante mismo en el que amamos.

Que sea el murmullo candente
de las novias iniciadas
o la plácida siesta
de los gatos sobre las bardas,
que sea como el clamor
del guerrero traicionado
o la tristeza del padre
cuando el hijo lo abandona
por la gran ciudad.

Que sea la armonía que se desliza
por los pedales del piano,
la ceguera de las estatuas
en el último día del año,
y que tenga el cálculo frío
de los sonámbulos cuando caminan
que sea así, como las rosas,
y después que se pierda en el cielo
como las grandes nebulosas.


Mar femenino


Te amo porque te pareces al mar
y junto a tu cuerpo los días se repiten como cicatrices
                                                              [entreabiertas.
Te amo porque eres más bella cuando estás inmóvil
en los instantes sin orillas ni leyendas
cuando tus rodillas recuerdan arenas duras
y tu sangre es un sol que corre por tus venas.

Así como estás recuerdas al mar subiendo, al mar
    femenino de los acantilados y de las cuevas submarinas,
    al mar de mi infancia, elevado en mi sueño, al mar
    sentado como un trono sobre la tierra.
Con tus pies colocados como proas de navíos, evocas el
    mar despojado de todas las islas, el mar de los amantes
    que se aman como fieras marinas en medio de las
    aguas elevadas, el mar de profundas densidades como
    bitácoras.
Admites el amor unido al agua y a la piedra
y eres bella como el sueño, la ola o el viento del mar.


Los ángeles de la iglesia del Rosario


Los ángeles son feos.
Sus brazos rollizos
se extienden hacia
un vacío que simula
ser el Paraíso.
Son ángeles de madera:
¿sus pies hinchados
sufren elefantiasis?
¿Sus alas rotas
son de pajaritos
muertos a pedradas?
El fondo de la cúpula
es la mayor altura
que el ojo humano
en busca de Dios
puede alcanzar.

Las rosadas mejillas
de los ángeles obesos
dilatan su sonrisa
de beatitud.
Y en el oscuro sagrario
una luz bermeja
esconde el corazón
de un Dios invisible
que sostiene a los ángeles
y deforma a los hombres.


Retrato de una aldea

Es apenas una aldea de pescadores, junto al mar.
Ante el sol se iluminan los naranjos.
En verano las naranjas caen maduras en la arena de la
      [playa, mezclándose con los guijarros y las conchas
mientras los niños se aventuran en el mar
y las mujeres van en busca de agua con vasijas de barro
                                                                     [en la cabeza.
Hombres, escenario y animales se integran al aire de la
                                                                         [mañana.

Antes de que descubriera la redondez de la tierra
esa aldea existía, con su iglesia y su cementerio,
los artesanos de cara al océano, la cal de sus casas, su
                                                   [aire que huele a flores
y las caballerizas bajo la nieve.
En la noche los esposos se aman sobriamente, sensibles
                                                                           [al deber
de procrear nuevas figuras para el paisaje.

Del mar los hombres traen el sustento, cavando las olas
   [con las redes que al anochecer se extienden en la playa
en el momento preciso en que, junto a sólidas puertas,
                                   [mujeres jóvenes dejan de hilar.
Los niños se acercan a ver los frutos del mar
y contemplan las estrellas marinas y la agonía de los
                                                                         [peces
que en los platos se unen al aceite, al vino
y a las pláticas familiares.

Es una aldea, con sus cabras en colinas de piedra.
Durante la noche, bajo las constelaciones, no se
                      [distinguen ni el mar ni los olivos.
Un quinqué, junto a una ventana, ilumina una sala.
Alrededor de una mesa, un matrimonio de viejos dormita,
                                          [un hombre canta y bebe vino
y una joven ofrece a su niño la dádiva de un seno desnudo,
un seno bello y antiguo como Europa. 


Los cementerios


—¿Qué cementerio es éste?
—Es un cementerio de automóviles.
Aquí yace mi Chevrolet y se pudre mi Buick.
El viento roe el esplendor de América.

—¿Qué cementerio es éste?
—Es un cementerio como cualquier otro.
Bajo la hierba y los grillos, reposa mi padre,
y sueños y viejos recuerdos de dólares.

—¿Qué cementerio es éste?
—Es un cementerio de los muertos de las guerras.
Los soldados espían la risa de los niños
pero no tienen bocas y dientes para alegrarse.

—¿Qué cementerio es éste?
—¿Cómo se explica que estemos vivos?
Cinco mil mueren a diario en América.
Sin embargo, aquí estamos los turistas, haciendo siempre
                                                      [las mismas preguntas.


Las damas de la píldora


Somos las damas de la píldora.
Lo mismo quince que trece, somos
—según la temporada—
siempre las diez más elegantes.
Nuestros rostros que despiertan
grandes celos en las granadas
divulgan una coquetería
de cristianas virtudes
que nos hace patronas
de todos los festivales,
desde el de la industria de automóviles
hasta el de los negritos de Biafra.
En nuestros cuerpos eternos
vibran nalgas de sal.
Nuestros senos de basalto
muestran en sus puntas rosas
toda la doctrina de Malthus.
Siempre cubiertas de joyas
paseamos noche y día
pero nuestro mejor tesoro
lo guardamos en dulce joyero.
En este mundo amenazado
por la explosión demográfica
tenemos vulvas de aluminio.
Son campanas de oro y cristal
nuestros clítoris melódicos
que, en sus nichos de nailon,
siguen la cotización del dólar
cuando inmensamente bellas
desfilamos en la ciudad
en el Gran Premio Hípico
y en las misas de la Catedral.
Nuestras uñas de mármol
saben domar hombres y fieras.
Nada sacia nuestra gula
de belleza sempiterna.
Sea de frente, sea de espaldas,
estamos siempre posando
para los abismos boquiabiertos
que devoran las quimeras
pues somos como las monedas:
valemos águila o sol.
¿Somos ardientes? ¿Somos frías?
¿Somos redondas? ¿Cuadradas?
A los maridos y amantes
sólo imponemos una regla:
respetar el maquillaje.
Nuestros senos divinos
y los vientres indeformables
de madonas de biquini
exigen que evitemos
amamantar a los niños.


El regreso del caballero


El hombre muerto volverá, montando a caballo,
y respirará el olor de la patria perdida
infiltrado en la nieve que esconde la mañana.
Este portón no separa a los vivos de los que se fueron.
Aun cerrado, estará siempre abierto
para el retorno. Más allá de la muerte, una señal marca
el lugar del litigio. Quien se va siempre vuelve.
Y la savia de la vida avanza entre los muertos.


A los corredores de Filadelfia


Es el día terrible y atareado
de los corredores de seguros
que, aun en la niebla, protegen sus carros
en los estacionamientos.

Toda América está en el seguro
contra la muerte, el fuego y los accidentes.
Las catástrofes son pagadas
con un cheque, una sonrisa y un efusivo apretón de manos.

Protegido por la Plymouth Mutual Life Insurance
                                                              [Company
veo la luna de catarro que se sostiene
entre refinerías, antenas de TV y una hinchada torre
                                                                       [rococó.
Pioneros y puritanos beben Coca-cola.


Cantiga para la amiga fútil


Vengo a celebrar tu pronunciación inglesa, digna de
                                                                     [Oxford,
tus múltiples paseos,
tu complejo de Electra.
Vengo a invitarte a partir conmigo
en la nave Euterpe,
hacia el país sin nombre y sin día.
Andaremos como velocípedos por las nubes,
haremos hijos por vía aérea
y navegaremos en el lago estremecedor del misterio.
Vengo a invitarte, oh perpetua señora,
a la contemplación en el espejo de la Sala del Fin del
                                                                       [Mundo.
Tus senos, otrora lunares; tu secreto encanto, tu cuerpo
   [más eterno de lo que realmente es, tu excelso proceso
                                                                              de amar.

Vengo a invitarte al amor
en el jardín-terraza de la nave Euterpe.
Con tu cuerpo de fragata o tu pasión,
ven.

Yo soy menor que todo eso.


Sólo para caballeros


En una cama de barrotes
la aurora limpia un pañuelo manchado.
El día nace ya sucio. El humo
de las colillas baja de los ceniceros
como el incienso de los altares.
Un olor a frituras aturde a los hombres
que entre espejos y latas de conservas
caminan rumbo a la muerte.
Se alquilan cuartos para caballeros.
Y mi inmundo hermano sin nombre
oye escurrir el agua
de la descarga quebrada de una letrina.


La meta


Juguemos fuera de nuestros cuerpos,
que se vuelven licenciosos.
Quedémonos sólo con nuestras almas,
entes abstractos y radiantes.

Guardemos apenas lo eterno,
lo demás es efímera escoria.
Aspiremos a lo absoluto.
El resto no vale la pena.

Los cuerpos que aman y desaman
y se enroscan, flexiblemente,
en el blanco universo de las camas,

son los embrujos sucesivos
de nuestras almas exigentes
que sólo aceptan el Paraíso.


A Fernando Lopes


La tinta de los sueños cubre las fachadas de las casas de San Miguel de los Campos. El humo de una chimenea se transforma en un estandarte. Las copas de los árboles son nubes. Los circos reivindican su lugar entre los tablados de las plazas. Las torres de las iglesias guardan la arquitectura de un silencio estremecedor de cánticos. En esta atmósfera sellada por lo fantástico, San Jorge emerge con su lanza y Santa Bárbara con su lluvia. Aquí, en esta ciudad de San Miguel de los Campos, lo soñado y lo vivido caen como pétalos de una misma flor. La realidad es una escalera mágica: en cada uno de sus escalones de piedra la vida canta unida a la claridad. Los días son iluminados por las estrellas. La noche lunar de las casas amarillas bebe en la luz de un sol mutilado. El mar invisible deposita la sal de su viento en las banderas alucinadas. Y más allá de las puertas y ventanas cerradas de un baldío inmóvil en su pulcra desolación, los hombres excluidos del paisaje presienten la blancura de un día que será duro y límpido como hacha de sílex.


Los dos paisajes

Al paisaje azul,
mujer, te incorporaste.
Tu cuerpo era más desnudo
que los cristales más puros.
¡Numeroso animal,
suma de armonías!
Mis manos se hacían
redondas y tocaban
esferas incompletas.
Mi amor era tanto
que brotaban lágrimas.
Y era tanta la alegría
de estar contigo en Génova
que yo ya no sabía
cuál era el mejor viaje:
si a solas contigo
o junto al paisaje;
si en un cuarto de hotel
o descendiendo en ciudades.


Transeúnte al anochecer


Lo que queda de mí cuando anochece
es una gota de sudor donde contemplo
la vida entera gastada en un día.
Astro o señal de tránsito, mi sueño
esperó a que yo pasara y se extinguió.
Trabajé, pero a cambio sólo me dieron
un pan de poliéster. Envejezco
entre señales roídas por el viento
y por palabras sin sonido ni significado,
simples vahos en boca de la existencia,
hélice de navío en dique seco.
Cae la noche y reclamo: no gané
ningún dios, dinero o amor nuevo.
¿Sudor? ¿Rocío? Me disuelvo en las tinieblas.


Por última vez

En la iglesia de nuevo se abre el ataúd
y los acompañantes vuelven a contemplar
el rostro del difunto.
Oh, Muerte, ¿dónde está tu victoria?
Todo sepulcro es una cuna en el suelo del universo.
Como la araña que hace estremecer la hierba
fuiste apenas un instante. Nadie te encontrará
cuando vuelvas a renacer entre las estrellas.