Santiago Kovadloff
La sombra oscilante



Selección y nota introductoria del autor



VERSIÓN PDF       

 


 

Nota introductoria


Siempre concebí la poesía como un acto restitutivo. Gracias a él, la realidad puede ser sustraída al sentimiento del hábito, a la atmósfera paralizante de la costumbre y lo previsible que opaca y desnaturaliza, invariablemente, los significados y los signos.

La poesía nos devuelve la posibilidad del asombro, el día del redescubrimiento. Se trata, pues, de un acto fundacional, recuperatorio, gracias al cual el hombre quebranta la estéril familiaridad que mantiene con su imagen y reconquista la relación conjetural consigo mismo.

Antes que fruto de esta transfiguración, el poema es su cumplimiento propiamente dicho. Él es la parábola que va del hábito al asombro, de lo obvio a lo sorprendente, de lo cristalizado a lo dinámico.

Por eso, escribir no es, primordialmente, empeño en llegar a decir lo que sabemos, sino empeño en llegar a saber qué queremos decir. Y acaso escribamos para liberarnos de lo que ya sabemos y así poder enunciar la conmovida predisposición de nuestros corazones para volver a aprender.

Al configurar este ámbito de transiciones, el poema conforma, al mismo tiempo, un espacio de encuentro fraternal entre quienes se constituyen en interlocutores: el autor y el lector. El poema quizá no sea otra cosa que un repertorio privilegiado de palabras donde quedarse a vivir y gracias a las cuales dos hombres, extraños uno al otro, descubren, conmovidos, su semejanza.


Santiago Kovadloff

 

 



Zonas e indagaciones (1978)
 
 

TRASPOSICIONES


Imaginemos tu nombre en una boca desconocida:
la de Amalia Nunes Gama que, en Lisboa,
oye hablar de ti.

Imaginemos que tus amigos o amigos de tus amigos
ponen a su alcance ciertos rasgos tuyos:
tu sentido del humor,
tu afición a las caminatas,
tus preferencias políticas y musicales.

Algo entonces serás en ella,
algo,
en la mujer de Lisboa,
en Lisboa.

No un perfil propiamente,
pero un signo,
una modalidad,
indicios de un temperamento
que por algunos instantes,
                                       mientras ella escuche
                                       y especule con lo que
                                                               [escuche,
sonriendo,
indagando,
comparando tus hábitos a los de Afonso Coelho,
de quien nada sabes,
te darán cierta consistencia,
cierta realidad en su mente.

Ya lejos de la mesa donde fuiste evocado,
la mujer se internará en Lisboa:
                Travessa das águas livres, primero,
                circunstanciales calles de Alfama, después.

Amalia Nunes se irá y te irá dejando,
apartándote,
devolviéndote a lo impensable,
perdiéndote.

(Olvidas,
te olvidan,
          eso es todo.)




TOUR, TURISTAs


Míralos en Fátima:
                               pájaros
revoloteando en la ciudad de las apariciones,
hurgando el sagrario con los ojos,
                               ligeros,
                              sin unción,
                              curiosos.
Míralos:
           que no darían
por tocar el mármol apacible,
esas lápidas y tumbas de elegidos:
                                                    dos niños deshechos
y ungidos por lo sobrenatural,
canonizados por el asombro
                                                   y el entendimiento.

Más que el milagro
los seduce la alegoría del milagro;
mucho más la imaginería evocadora del misterio
que el misterio.

Y todo para decir
                          yo estuve,
aquí yo estuve,
toqué, estuve,
yo toqué y estuve.

Míralos:
              envueltos en sus colores queridos,
              cubiertos de collares,
              altivos con sus piedras y pieles,
apoderándose de pequeños objetos que simbolizan
                                                                  [sitios,
que simbolizarán ciertos momentos en ciertos sitios,
comprando, retratando, pagando,
yendo y viniendo,
frescos y sonrientes,
             llamándose unos a otros con sus voces festivas,
reencontrándose, dispersándose entre atormentados
que avanzan de rodillas implorando, pidiendo,
                                       [prometiendo, anhelantes.

¡Míralos! ¡Míralos!
              Puedes, podemos prever sus comentarios,
sus grititos de goce,
sus exclamaciones de un próximo invierno, lejos de aquí,
en Praga, en Wisconsin,
líricos fatuos, ridículos, de los paisajes de Fátima,
ciudad de las apariciones que en sus vidas
precedió a un almuerzo o sucedió a una siesta.

Palpan, ya en Leiría,
              los inútiles pinos
que sobrevivieron a un siglo de navegaciones;
peruanos, checos, con esfuerzo, entre oscilantes sombras,
se adueñan de palabras inglesas que explican, que ubican.
Al pie de estos árboles infinitos y tardíos,
alegres newyorkinos soplan la armónica, patalean y
                                                                  [aúllan.

Míralos,
            mirémonos.




PALOMA

La definen
su apego a la mugre,
a huecos y ángulos
sombríos,
los hijos que acumula,
nutridos con el fruto
de cloacas e insinuaciones
que desde el cielo estrecho
que habita
cree reconocer en la piedra,
el polvo
o una mano:
                    pan, paja,
                    desechos de la carne.

Sólo la lucidez de un cínico
o una imaginación pérfida
pudieron vislumbrar
en este pájaro inmundo
de las ciudades,
los atributos simbólicos
de la paz.




LAZOS


Discrepancias de fondo, intolerancias,
                                  como las que suele
despertar la ideología
                                  o el carácter de una hermana,
emergen,
                                  frecuentemente emergen,
en mesas familiares
dispuestas, sin embargo,
                                  por la melancolía, un hábito
tenaz o la memoria,
para la festividad y el abrazo,
                                  y donde finalmente
todos
                                  tratan de ahogar
                                  en silencio
                                  o monólogos con niños,
la distancia entre comensales
                                  a quienes sólo el miedo
o un delicado cinismo
                                  une.




LOS SERES PERIFÉRICOS


No los habituales,
tus prójimos frecuentes,
                                  madre,
                                          mujer,
                                               vecinos,
                                                           hijo,
sino los otros,
los de un instante apenas,
fortuitos, esporádicos mozos de café,
                                                    cajeros, seres
                                                    de una vez al mes
                                                    de un día al mes,
brotando dócilmente del olvido,
sin emoción, puntuales,
sosteniéndose un minuto,
                                     dos,
ante tus ojos,
canjeándote cheques por recibos,
quesos por monedas,
plazos, fechas,
bastándose con monosílabos, partiendo, perdiendo
tu figura, anulándola;

diligentes protagonistas del ciclo, de lo cíclico,
prácticos,
yéndose, dejándote,
ellos a ti,
tú a ellos,
para seguir,
                siguiendo,
                                prosiguiendo.
 
 


Canto abierto (1979)
 

DORA DETRÁS
HERMANO HUGO



DORA DETRÁS


Tías, mis tías, mis muchas tías.
Mis tías sencillas, mis tías caseras, mis tías sonrientes.
Mis tías blancas, de piel tan blanca, mis tías gritonas.
Mi Cata. Mi Fenche. Mi Clara. ¡Mi Dora! ¡Mi tía Dora!
Mi Dora envuelta en gas, ahogada en gas, mi tía asfixiada.

Dora desnuda en el baño bajo llave.
En la ducha bajo llave, dos vueltas de llave.
A solas con su cuerpo en el baño bajo llave.
Tía pequeña,
tía gorda,
tía fea.
Mi tía Dora a solas con su cuerpo.
A solas con su muerte azul, verdeazulada,
que la fue envolviendo,
que la fue abrazando,
que la fue cubriendo,
que la fue tomando,
que la fue meciendo,
que la fue doblando,
que la fue tumbando en el agua sonora, en la ducha sorda,
aplastando bajo llave, dos vueltas de llave,
abriendo sus dedos,
helando sus ojos,
penetrando como un sueño que crece en oleadas,
que extirpa la voz, que muele las imágenes,
que va parando el corazón,
parándolo de a poco,
deteniéndolo,
acallando el corazón,
matándolo en el agua,
de a poco,
bajo llave,
en la ducha, entre gotas,
poco a poco,
ahogándolo,
oprimiendo,
hasta matarla.

Tía que hoy reencuentro como una incógnita más de mi vida.
Como una cosa más que no sé.
Como una cosa más que no tengo.
Como tanta cosa natural súbitamente extraña.
Súbitamente mía y perdida en la distancia.
¿Qué nos unió?
¿Qué fuiste para mí que hoy te reencuentro?

Brotabas de repente: bajita, taconuda, blanca.
En aquella tarde eterna que recuerdo para verte.
Venías con tu abrigo verde.
Puntual, tierna, sin sexo. Traías chupetines, una voz opaca.
¿Qué hacías en el baño bajo llave?

Pienso en tus duchas. Quiero pensarlas sin pena.
Quiero mirarte desnuda y delirante bajo el agua.
¿Eras más en la ducha?
¿Eras más bajo llave?
¿Eras más hembra?
¿Eras más alta?
¿Eras más linda?
¿Eras más puta, eras más fuego, te rodeaban los hombres
                                                                       [en el agua?
¿Te cercaban, te abrazaban,
te besaban los hombres en la ducha?
¿Eras alta, Dora, eras intensa?
¿Estallaba tu soledad en el agua de la ducha,
se partía bajo llave, reventaba? ¿Florecía tu sexo,
eras feliz en el baño, bajo llave?
¿Eras feliz, Dora, fuiste feliz
mientras el gas verdeazulado te buscaba?

¿Cómo acercarme, cómo volver, cómo romper esta niebla?
Niebla de años, de miedo, niebla que levanta
tu espantosa quietud de mujer muerta.
Vida que esta noche pende de mi recuerdo.
Horas tuyas que envuelvo con mi voz para buscarte.
Días tuyos, sonidos, lugares, que exploro como un ciego,
como alguien que llegó y no estabas
y no se resigna y huele
y manotea
y va y viene
y rasga el aire
y trata de alcanzar lo inalcanzable
y sueña y se pronuncia.

Tarde adentro, tía, tarde adentro.
En el fondo sinuoso de tus tardes de empleada.
Entre columnas de cifras y cifras alzadas por tu letra
                                                               [minuciosa.
Después de las columnas, Dora; detrás de las columnas.
Debajo de tanto número diáfano.
Entre un número y otro.
Entre uno y otro trazo.
Al final de las cifras, indelebles, paralelos,
¿qué sueños?
¿qué imágenes, Dora?
¿qué rostros, qué formas, qué encuentros?

¿Hubo el amor? ¿Hubo encuentros?
¿Hubo el amor una vez, alguna vez?
¿Algo así como el amor, un nombre,
un hombre que dijera Dora iluminado?

¿La ilusión, el roce, la sensación al menos del amor, no
                                                                            [hubo?
¿Cuando salías, cuando acababan tus tardes de empleada, cuando quedaban atrás las columnas, el silencio, las
                                                       [palabras secas,
cuando el viento de la calle te arrojaba sus sonidos,
sus duras evidencias,
su mucha gente, la gente,
su apuro y su distancia,
no hubo, no hubo?

¿Y adónde ibas?
¿Y atrás de qué? ¿De un colectivo?
¿De cosas frías, de paredes, de vacíos, de una casa muda?
¿De los pasos de siempre, del pan, del queso?
¿Del diario al que te asomabas para ver el mundo desfilando
                                                                                   [lejos?
Mi Dora entre cifras, debajo de cifras,
cargando sus números, abriéndose paso entre selvas de
                                                                             [sietes,
de treces, de nueves, de puntos y comas,
borrando,
sumando,
huyendo entre números,
abriéndole paso entre cifras al sueño,
despojos de sueño,
pedazos de sueño.

Te veo, mi eficaz.
Mi grito sofocado.
Pulcritud sin tacha.
Perfección de sola.
Pulcritud en todo.
En el gesto, en el trato, en las cuentas.
¡Mi Dora abierta al remolino de las cifras!
¡A los números que giran y bailan y te van envolviendo
y atrapan y aferran tus manos, las cifras, la ronda ondulante
de números negros!
¡El remolino crece!
¡El círculo se agranda, te cerca, se estrecha!
¡Son miles de cifras que chupan tu carne!
¡Gusanos que lamen, hileras que trepan, te cubren y bailan
Y tu padre Cecilio y su violín, de espaldas.
Aquel hombre duro.
Aquel hombre mudo.
Dora y las columnas, danzando, que te abarcan y envuelven
                                                                                  [y giran
y cubren y aplastan y arrastran y ciegan
y devoran tus oídos
y te rompen la boca
y deshacen tu cara
y se tragan tu voz
y envenenan tus sueños.
Lo soñado que fue tanto y después poco.
Que fue claro y después nada.

Flor que se fue pudriendo.
Pared que se puso vieja.
Color que fue carcomido.
Mujer que se fue callando.
Que se fue cerrando sin ruido, sonriendo.
Ausente que saludaba.
Que pasó por aquí y no pudo.
Niña que nunca supo.
Muchacha de alguna vez que no se imaginaba.
Que cayó y dijo tal vez y fue adelante y cayó
y se levantó y cayó y dijo tal vez y ya era tarde.




HERMANO HUGO


Hombre que vino por donde vine.
Otro que estaba allí donde yo estaba.
Bajo el mismo techo.
En la misma pieza.
Frente al mismo plato y lejos.

¿Quién golpeaba detrás de cada golpe?
En la calle, en la ciudad, en la casa,
¿quién golpeaba detrás de cada golpe?

Hoy soy todo lo que nunca compartimos,
Lo que nunca celebramos ni quisimos juntos.
Toda la vida vivida que nunca vivimos juntos.

¿Dónde está el cazador?
¿Dónde está el tallador de madera?
¿Dónde está el que una noche ardió en el pasto junto a
                                                           [una muchacha
y se perdió con ella en la alegría?

Es oscuro, fugaz. Cruza el pavimento.
No sabe, entiende poco. Cava un sueño.
Va al trabajo, baja al subte. Cava un sueño.
Vuelve a casa, cierra, absorbe la ciudad, se calla. Cava un
                                                                             [sueño.
Cava un sueño, cruje. En él las cosas crujen.
El pasado cruje.
La mañana cruje.
El miedo,
la tarde blanca.

¿Quiénes somos los que esta noche estamos juntos?
                                                                    [—dice.
¿Quiénes somos los que esta noche estamos juntos?
                                                   [—cava en el amor,
dice en la cama, en esta casa, en sueños,
pelando peras en el living a las tres de la mañana.

Y cava, dice: ¿Quién abrió la incertidumbre,
sitio al desvelo,
casa al dolor,
espacio a la distancia donde venir a ser menos?
Un mudo,
un solo,
uno que cruje.
Lugar donde reflota lo que fue, lo que no está,
y como sonido asoma, como olor, como llamado,
como patada que viene de atrás, de abajo,
zarpazo que en lo oscuro de uno nace, en lo sótano de uno,
y hacia afuera raspa hasta fundirse a lo que cruje,
a todo lo que en uno cava remordiendo.

Vuelve lo que fue.
Vuelve lo que no está.
Vuelve lo que fuiste para mí y lo que no fuiste vuelve y
                                                                        [jadea.
¿Quién golpeaba detrás de cada golpe?
¿Quién golpeaba cuando corríamos hacia los árboles?
y el pasto nos cubría y las piedras estallaban buscando
                                                            [nuestros ojos?
Uno no sabe, dice. Entiende poco, es hombre,
cruje tropezando.
Y después dice: ¿Dónde está ese gesto que tuviste nunca;
que diste nunca,
que te faltó como azules, como gotas,
como mano que se niega o risa
como un buen silencio uniendo?
¿Dónde lejano,
apartado que ahora evoca,
que ahora retuerce papel y evoca?

La palabra acuerdo ¿acerca?
¿Acerca el verbo hilvanar?
Mártir, manando, evidencia ¿acercan?
¿Nombra el que nombra, alcanza? —me pregunta.
El que dice cuadra donde correr, figuritas que juntar,
masilla, rifle de palo, el que temblando
nombra y recupera ¿alcanza?
¿O abre vacíos?
¿O abre grandes espacios de sombra cerrada?
¿Oscuridades abre?
¿Abre bocas como el aire cuando falta?
¿Como mudo que pronuncia, como bebedor de sueños?
¿Cómo las abre, apenado? Decime cómo.

El que vive de palabras,
el que recibe palabras,
¿el que festeja palabras como hechizado o ángel?
¿Vive de qué?
¿qué recibe?
¿Nada alcanza, no salva, va apagándose, apenas,
en eso de decir,
viendo volar clarito lo que no existe?

¿Como pájaro imposible es todo?
¿Lo mejor es como un pájaro imposible?
¿Y da qué quien da palabras, habla de qué, qué hilvana?
¿Puentes tiende?
¿Y sobre qué, si es que los tiende, callador?
¿Sobre el cantado y dicho amor, sobre el tan viejo?
¿Sobre el más duro dolor? ¿Sobre el lamento?
¿Sobre orillas de jamás?

¿La distancia es todo lo que hicimos juntos?
¿La distancia que golpea y que nos cansa?
¿La luz que hubo es distancia?
¿La poca, la menguada, el viento que hubo,
la lluvia de cada vez.
el jardín, el mar, los perros que hubo?
¿Fisura no hay, ni grieta? ¿Ni respiro por donde no,
ni salvedad ni pausa?

Un punto debe haber, hermano.
Un punto, senda o sitio debe haber donde acallar el silencio.
Un día que nos limpie, una mañana.
Un hilo o confesión o caminata que reúna, un suelo debe
                                                                             [haber
donde apagar lo feroz,
donde venirse desnudo para vergüenza del miedo.
Ser el expuesto de una vez, el disparado.
Tronar como tambor.
Reventar como grito.
Como ruge el que se libra de un demonio;
el que expulsa un demonio de su cuerpo,
aullando, retorciéndose, sudando.

Un punto debe haber, un hilo.
Un hilo, senda o punto debe haber donde ahogar el ojo
                                                                             [seco,
la palabra pobre que nos chupa,
y trepar el olvido y romper la mordaza
e irnos cuesta arriba tajeando y deshaciendo,
abriendo y liberando,
para que vuelvan en vértigo, jadeando, girando,
lo amado, lo perdido,
lo que tanto pudo ser y no fue nada.
 
 


Ciertos hechos (1985)
 

DESHOJAR LA MARGARITA
HONGOS
ES DECIR
SE SUGIERE
PAVORES
VISITAS
EN LA CRESTA
NO HAY POEMA POSIBLE
HALLADO EN UN BOLSILLO DEL MUERTO
OBSERVACIONES DESDE EL VENTANAL DE ENFRENTE
DOCENCIA
HOMBRE EN LA SINAGOGA
FLOR DE VERANO, FIN DEL PAÍS
ENSEÑANZAS DEL SIGLO



DESHOJAR LA MARGARITA


El mal se acabará.
El mal no se acabará.
El mal nos acabará.

(Cuestiones de gramática
que perturban
el fin de semana).




HONGOS


No hay sitio, no hay tiempo, no hay
carta de Caracas.
Hay calor, es atroz.
Algo sucede, es evidente,
sueños idos podrían ser, algún
lamento.
Alguien traza un final, algo se agota;
es imperioso estar en algún sitio,
y no hay sitio
ni tiempo
ni carta de Caracas.




ES DECIR


Sí, las grietas, ya sé;
las grietas, las pocas
conclusiones.

No, no es tarde;
es un cierto dolor aquí,
sí, aquí,
donde estaba
la cabeza.




SE SUGIERE

No vuelvas todavía. Es mejor esperar.
Hablarías hasta el alba, la casa es chica
y el amor sólo pide unas pocas oraciones.

Mientras tengas qué decir o mucho
que aprender o algo
que enseñar
no vuelvas todavía.

Te quiero rota, amor.
Lo que se dice fulgurante y rota.
Como cabe a una buena mujer por fin perdida
que se ha visto girar y girar en el espejo.




PAVORES


Cecí, mi corazón no es gran cosa:
pulcritudes,
lo diurno,
el aseado lugar.

Arranquemos tu piel devastadora
a mi día de trabajo.
No quiero el mal de tantos,
las feroces alegrías,
vidas que no viviré.

No conviene que un hombre
se agote en el amor.
Devuélveme el corazón, Cecí.
Mi corazón no es gran cosa.




VISITAS


Nuestros muertos vuelven de repente.
Su retorno inesperado nos llena de culpa.
¿Por qué nos olvidaron? —parecen preguntar
mientras sus ojos imploran la piedad del recuerdo.

Nos acosan los muertos vueltos de repente.
Sostenemos sin aliento su mirada
pidiendo en secreto
que alguien abra la puerta,
traiga un café,
sepulte otra vez a los muertos.




EN LA CRESTA


Basta de gemir, rompan la ventana;
sepulten de una vez lo imponderable.

Al pobre de mí lo quiero
todo de blanco,
quiero luz
en toda la jaula.




NO HAY POEMA POSIBLE


No voy a hablar de tus ojos.
No voy a ceder una sola palabra
al imbécil de las analogías.

Tus ojos incomparables
se ríen de las analogías,
parten en dos mi vida inteligente,
convocan al desorden.




HALLADO EN UN BOLSILLO DEL MUERTO


Ventajas del insomnio:
ver la luna fulminando
las fealdades de mi barrio;
escuchar de tus labios dormidos
el nombre del amante sospechado.

Pesares del insomnio:
llegar deshecho al pantano del día,
ser disuelto por la luz que no ilumina,
barrido por el hábito y devuelto
sin tregua al insomnio.




OBSERVACIONES DESDE EL VENTANAL DE ENFRENTE


Algo resplandece entre las hojas del parque.
Algo quiebra allí, con su brillo inusual,
la monotonía de la tarde.

Qué hermoso es el parque
sepultando entre sus hojas
la costumbre de vivir;
y qué súbito el aliento
que nos llega de las cosas
arrancadas al cansancio.

El prodigio durará mientras no cruce hacia
    el parque.

Acercarse a los milagros suele ser fatal.




DOCENCIA

Una desconocida se enamoró de mí.
Dicen que fue anoche, oyéndome hablar sobre
    Atenas.

Sin embargo, mientras hablaba
y mis palabras iluminaban su corazón
con el fulgor de antiguas virtudes griegas,
yo pensaba en las delicias de la pesca de
    la trucha
y en la sombra oscilante del sauce en setiembre,
cuando se ha bebido mucho y sólo se desea
un buen sitio para dormir.

Llevo en esto muchos años.
¿Cómo esperar comprensión de una mujer
    enamorada?




HOMBRE EN LA SINAGOGA


Solía venir aquí en busca de consuelo
cuando amaba a una mujer que no me quiso.

Y cuando desoí a quienes me oyeron
y herí a quienes me amaron,
vine aquí en busca de perdón.

Un día estalló el último espejo
y mi vida fue un peso sin forma
y aquí volví en busca de Dios.
Dios calló como siempre
y entonces descubrí la sinagoga:
sus sólidas paredes,
el gratísimo silencio.
la fresca paz de este recinto en el verano.
y ya no me fui más.
Afuera la inclemencia empuja a la fe
y la fe al vacío.
Aquí dentro la ausencia de Dios importa poco.




FLOR DE VERANO, FIN DEL PAÍS


Inquietante lección de los jazmines:
cuanto más agonizan más perfuman.

Doblados sobre el tallo,
yendo del blanco luz al blanco macilento,
caen y se pudren
mientras perfuman sin tregua
el cuarto en que aún resisto.

Las calles ordenadas por el miedo están sembradas
    de jazmines,
los errores, los encierros, la deriva ciudadana,
poblados de jazmines.

En el país nadie sabe terminar como esas flores.
Imposible hacer que la vergüenza exhale
    suavidades
o que brote más que sombra del engaño.

Los jazmines acusan,
su aroma muerde las migajas del honor.

O cambiamos el país o abolimos el verano.




ENSEÑANZAS DEL SIGLO


El día fue perfecto:
amor,
buena luz,
sabias lecturas.

Esto no puede terminar así.
Desnudo en la cama espero
el derrumbe del techo,
un llamado fatal.