Nota introductoria


Siempre concebí la poesía como un acto restitutivo. Gracias a él, la realidad puede ser sustraída al sentimiento del hábito, a la atmósfera paralizante de la costumbre y lo previsible que opaca y desnaturaliza, invariablemente, los significados y los signos.

La poesía nos devuelve la posibilidad del asombro, el día del redescubrimiento. Se trata, pues, de un acto fundacional, recuperatorio, gracias al cual el hombre quebranta la estéril familiaridad que mantiene con su imagen y reconquista la relación conjetural consigo mismo.

Antes que fruto de esta transfiguración, el poema es su cumplimiento propiamente dicho. Él es la parábola que va del hábito al asombro, de lo obvio a lo sorprendente, de lo cristalizado a lo dinámico.

Por eso, escribir no es, primordialmente, empeño en llegar a decir lo que sabemos, sino empeño en llegar a saber qué queremos decir. Y acaso escribamos para liberarnos de lo que ya sabemos y así poder enunciar la conmovida predisposición de nuestros corazones para volver a aprender.

Al configurar este ámbito de transiciones, el poema conforma, al mismo tiempo, un espacio de encuentro fraternal entre quienes se constituyen en interlocutores: el autor y el lector. El poema quizá no sea otra cosa que un repertorio privilegiado de palabras donde quedarse a vivir y gracias a las cuales dos hombres, extraños uno al otro, descubren, conmovidos, su semejanza.


Santiago Kovadloff