Ernesto Mejía Sánchez



Selección y nota introductoria de Efraín Bartolomé



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Nota introductoria
 

Ernesto Mejía Sánchez nació en Masaya, Nicaragua, en 1923.* Pertenece, con Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, a la llamada Generación de los 40. Los tres continúan y enriquecen una tradición poética que es imprescindible en la poesía de lengua española y que tras el impar Rubén Darío nutrieron Salomón de la Selva, José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos y Pablo Antonio Cuadra, entre otros.

Mejía Sánchez pasó gran parte de su vida en nuestro país. Aquí, en 1980, ordenó personalmente su material poético. La editorial mexicana Joaquín Mortiz lo publicó el mismo año bajo el título de Recolección a mediodía. El poeta nos entrega doce frutos magníficos: Ensalmos y Conjuros (1947), La carne contigua (1948), El retorno (1950), La impureza (1951), Contemplaciones europeas (1957), Vela de la espada (1951-1960), Poemas familiares (1955-1973), Disposición de viaje (1956-1972), Poemas temporales (1952-1973), Historia natural (1968-1975), Estelas/Homenajes (1974-1979) y Poemas dialectales (1977-1980).

Su primer libro resulta sorprendentemente maduro para haber sido escrito a los veinticuatro años; pero cuesta trabajo creer que un poema tan intenso, tan hondo, tan logrado como “La carne contigua” haya sido escrito a los 25 años. Sorprende, al lado de la pulsación lírica que lo recorre, su maestría formal, su dominio de todas las posibilidades expresivas del castellano.

Cuando escribe poemas amorosos la emoción llega a través de atmósferas, resonancias y ritmos de una eficacia rotunda. Sus poemas familiares conquistan territorios de tal modo vividos y nombrados que realmente vemos más, nos vivimos más plenamente sobre la tierra después de su lectura. Aun sus “Contemplaciones europeas” o sus poemas de viaje, penetran el paisaje para hundirse en el hombre.

En la sección “Estelas/Homenajes”, la amistad, esa forma superior del amor, está de tal modo plasmada; está de tal modo el corazón, el pecho, el abrazo fraterno y la mano abierta, que los poemas resultan no sólo una celebración de sus artistas y escritores admirados o queridos, sino a fin de cuentas, un homenaje al Hombre.

Lo mismo ocurre cuando habla de las plantas en su “Historia natural” o cuando lanza latigazos iracundos, despectivos, orgullosos, en epigramas profundamente inteligentes contra las satrapías.

La obra de Mejía Sánchez toca el amplio espectro de la emoción humana. He aquí, pues, una obra de hondas emociones, producida por un manejo magistral del idioma y por una cultura de erudito de tal modo vivida; de tal modo convertida en carne, en hueso, en sangre, que sólo la advertimos por el asombro o por el escalofrío, por la ternura, por la ira o por la sonrisa cómplice que surge en el lector al concluir un poema. Poesía hondamente conmovida y por ello conmovedora. Emoción decantada por una característica que juzgo esencial en este poeta: una clara, viva inteligencia en el manejo de sus medios. La imagen nunca abunda: está siempre al servicio de la comunión emocional y es por lo tanto justa, concisa, necesaria. Y está engastada en un ritmo apropiado para construir una atmósfera. Tres palabras definen sus poemas más logrados, tres palabras que todo poeta busca cuando aspira a la comunión: un equilibrio clásico.

He aquí un hombre: Ernesto Mejía Sánchez. Nicaragüense o mexicano. Poeta, por encima de todo.



Efraín Bartolomé

* Ernesto Mejía Sánchez murió en 1985, en Mérida, Yucatán. (N. del E.)


Ensalmos y conjuros


1
5

11

 


1

 

Ensayé la palabra, su medida,
el espacio que ocupa. La tomé
de los labios, la puse con cuidado
en tu mano. Que no se escape. ¡Empuña!
Cuenta hasta dos [lo más difícil].
Ábrela ahora: una
estrella en tu mano.

 


5

 

Aprendí una oración para decirla
solamente de noche; pacifica el sueño,
transparenta los párpados:
Adonais, limpia mis ojos, vélame
ahora que me entrego a la muerte
nocturna, a la instantánea muerte.
Suéñame un ángel puro, que me acompañe
siempre, y que sea mujer. 

 


11

 

Para saber si el fruto de su vientre
ha de ser varón o niña, que tu mano
inaugure la sombra de sus ojos, y
que pronuncie un nombre sin
recordar la noche de la sangre.
Si ella dice: rueca, o: golondrina,
será mujer quien alegre tu casa.
Si dice, por ejemplo: amaranto,
será varón quien besará
a la madre. Si queda muda,
no te apenes, él hablará por ella:
que nacerá un poeta.


La carne contigua


I
II
III

 
 

 

                                    Y aconteció después de esto, que teniendo
                                    Absalón hijo de David una hermana
                                    hermosa que se llamaba Thamar,
                                    enamoróse de ella Amnón hijo de David.
                                                                            
                                                                             2, Samuel, 13

 

I

 

Mi hermana, dijo Amnón, está desnuda. Dijo que, por más que esté cubierta con espesa y blanca túnica de lana, de largos pliegues amplios, ella está siempre desnuda.

Esto decía Amnón hace mucho tiempo, antes de su desesperada fuga sin sentido que nos ha dejado muertos, especialmente a Thamar, mi deliciosa hermana gemela, que ahora está llorando, y a mí, que me parezco a ella casi en todo, y a mi madre, que dice que todo esto es un castigo del cielo.

Mi padre, una gran fuerza viva sobre la tierra, eternamente incólume, y lleno de la más sana alegría, también ha sufrido mucho con esto; pero, acaso para darnos valor o fe o una cosa parecida, suele decirnos con cierta ingenuidad, tal vez un poco objetable a sus años, que no ha pasado nada.

Comienzo con estas palabras de Amnón: Mi hermana está desnuda. Me parece que han tenido mucho significado. Se han grabado fuertemente en mi alma.

Amnón pronunció estas palabras en el comedor, hace tres años, aproximadamente. Las dijo como la cosa más natural del mundo. Es cierto que estaba como sin decirlas cuando las dijo. Pero es cierto que las dijo; yo no pude inventarlas.

Amnón era un buen muchacho, apasionado por las yeguas; tenía una soberbia, que le obsequió mi padre cuando cumplió quince años; y nunca faltaban en su lecho, a la orilla, saludables rosas rojas encendidas, que él mismo cortaba.

O yo, o mi hermana, porque nos complacía verlo olerlas con deleite, minutos antes de entregarse al sueño, ya envuelto en su frazada a cuadros.

Thamar tiene unos ojos grandes, casi negros, y cuando duerme con su hijita al lado, parece que afirmara que no hay nada más allá, después del sueño o de la vigilia; ella nunca lo ha dicho; es tan sólo una suposición.

Despierta, tiene seguridad en cada paso, y un gesto especial para cada palabra. Esto no es alabanza, digo la verdad siempre que puedo; y su pelo, es negro; ese sí que es negro, de un negro obstinadamente violento.

Amnón se había acostumbrado a los libros y a los doctores: su sabiduría y su salud hacían de él un tipo hermoso, casi perfecto: creo que con una mayor amplitud en su espíritu, hubiera sido profeta.

Thamar no reconocía límites para sus deseos: si ella quería una flor, debía ser la más hermosa flor. Alguien dijo que le pedía demasiado al mundo, que nunca se iba a conformar con poco, esto es, con lo bueno; que iba a ser feliz.

Esta actitud la empujaba a hacer todo lo mejor que podía. Si ella hilaba, hilaba lo mejor que podía; si sonreía, lo hacía de la mejor manera posible; por eso yo creía que tenía perfecto derecho a esperar que le aconteciera siempre lo mejor, y esto, yo lo juzgaba limpio.

Mi madre, pensaba dedicarla al templo; pero a ella, a Thamar, le gustaban demasiado las uvas maduras, y nunca ha consentido.

He dicho que también le gustan las rosas; mas ahora no se encuentran en este país las de su gusto. Cuando ella lo dice, corre los ojos grandes por toda la casa, y se entristece. Es posible que quiera decir algo más con esas mismas palabras.

Cuando iba al templo, éste se hacía pequeño para su cuerpo. No quiero decir con esto que nuestro templo sea en realidad pequeño, ni que la hermosura de Thamar sea tan abundante que llame locamente la atención, sino que el templo y Thamar no estaban precisamente de acuerdo.

Ella hubiera querido una gran extensión. El reino de este mundo, todo. (El mismo reino que yo decía estaba hecho para su boca.) Me daba la impresión de que ya lo tenía en los labios.

En nuestro templo se goza de mucha libertad, relativamente; pero ella necesitaba de más libertad aún.

Y Amnón estaba siempre discutiendo. Tenía una hermosa voz para eso. Opinábamos con toda confianza delante de mi padre.

Mi madre traía algo de comer, y agregaba algunas palabras. Ella ponía empeño en que fueran siempre razonables las que decía; empero tenían suficiente peso, sólo por el hecho de salir de sus labios.

Amnón, como un profeta joven, encendía su rostro. Algunas veces su espíritu se tornaba hierático. Su voz resonaba en los muros. Se apegaba a la letra con frecuencia. Una vez mi padre dijo que Amnón era muy joven, para que sus palabras no estuvieran en pugna con sus apetitos.

Sin embargo (y por eso), no creo que Amnón fuera a dejarse vencer por algo que él creyera malo. Sus apetitos y sus palabras estaban en pugna, es cierto, pero él, quizá, no lo sabía. Tal vez mi padre no le permitió todos los libros.

Yo pongo mi cabeza: Amnón es una persona decente. Hay que recordar que él dijo: Mi hermana está desnuda, de la manera más natural del mundo, y no quiso insinuar nada malo con eso.

Las palabras de Amnón, después de una de tantas y prolongadas discusiones en el comedor, fueron finales: Thamar, que casi nunca hablaba, se atrevió, con palabras oscuras, a objetar a Amnón, sobre un punto esencial.

No quiero entrar en detalles. Lo que Thamar decía, salía solamente de su corazón. Se lo estaba revelando la carne.

Amnón permanecía callado. No encontraba palabras que oponer al apasionado discurso de Thamar.

Era visible que ella había perdido algo. Algo más valioso que la túnica. Con unas cuantas palabras quebraba la más alta esperanza.

Había abierto los ojos más de lo necesario. Ya estaba viendo lo que no estaba viendo; esto es, veía lo que veía que no veía, más lo que no debía ver. Y eso, ya no estaba del todo bien.

Mi hermana está desnuda (o ciega o deslumbrada, fue lo que quiso decir, o lo que) dijo Amnón para de una vez terminar.

Pero en la noche, sus palabras ya lo estaban quemando; no podía dormir. El Maligno las martilló sobre su corazón y su cabeza: una blanca luna de carne se paseaba en sus ojos.

 


II

 

Mi padre entonces, era comerciante en especias. Algunas escobas estaban llenas de ellas. Recuerdo sus olores magníficos; pero sus nombres, por una desconocida razón, casi los he olvidado.

La casa es algo chica, y el aposento de los hijos fue común a Thamar (y a mi madre). No pudo ser entonces.

La verdad es que Thamar, y las especias fragantes, establecieron una armonía deslumbradora en nuestra casa. Por una parte, mi madre podía proveernos de alimentos más ricos a nuestro paladar; decía Amnón, que es el mayor, que algunos de esos alimentos eran nuevos para nuestros padres también.

Siempre hemos sido sobrios, y nuestra vida era por demás morigerada; mas la abundancia del vino hizo a mi padre decir cosas que, sin ella, estoy seguro no hubiera dicho delante de nosotros. Cosas que dice mi madre no se pueden decir ni sostener.

Nuestra pobreza anterior, nuestra falta de medios por mucho tiempo sufrida, nos hacía experimentar una felicidad particular en cada cosa que nuestra joven curiosidad inauguraba.

Hemos sufrido mucho: nuestro linaje cuenta con historias suficientemente lloradas para hoy recordarlas. Una vez mi padre fue echado del templo. Mi madre fue cautiva. Y Amnón tiene una marca de fuego en la espalda.

Por eso aquellos días, a pesar de que nos entregamos con delicia a ellos, parecían de mentira a nuestros ojos. Sentíamos que alguien nos bendecía, pero una corriente de llanto iba tras de nosotros, nos seguía los pasos.

Fueron días llenos de vida, de verdadera fragancia corporal; llamaría paradisíacos esos días, si no fuera pecado hacer tamaña comparación.

Se diría que éramos felices (¡se diría!), porque nuestra parcela fue aumentada en diez veces su tamaño, y la descendencia de nuestros animales fue prodigiosa en el primer solsticio; y por otras cosas más.

Thamar fue aquellos días la reina de nuestra alegría. Nos reíamos de nada, más de tres veces al día. Recorríamos la heredad tres veces por semana: la servidumbre nos proveía con abundancia para nuestro recorrido. Siempre íbamos los tres: los gemelos y Amnón. ¡No pudo ser entonces!

Thamar adquirió bajo el sol de junio una resistencia admirable, cortaba las manzanas elevadas de un salto, salvaba las acequias. Se tornó su rostro mejor que una ciruela.

Yo creía que, si la tierra fuera redonda, ella hubiera podido sostenerla en sus manos, como una manzana; pero creer esto era pecado, decía mi madre; así lo aseguraban los libros y los doctores respetables.

Sin embargo, mi corazón me decía que esto no era cierto, que Thamar poseía una fuerza maravillosa para hacerla redonda y sostenerla.

No puedo decir sin dolor que Thamar comenzó a preferir los regalos de Amnón ese verano; y las uvas que ella misma, y con cuidado, ponía en nuestros labios, fueron sólo para los de Amnón, desde entonces.

Pero ahí estaba el gemelo, ahí estaba Absalón, el hermano menor, sin saberlo y como que sabía, en guardia por su carne, siempre cerca. ¡No pudo ser entonces!

Nadie vaya a decir que en las piscinas, que en el huerto cerrado, que en el sombreado paseo de los álamos. ¡No pudo ser ahí!

Sin embargo el Maligno construyó un tiempo y un espacio especial para ellos. ¡Un instante y un sitio para confundirlos!

Amnón huyó en su yegua una mañana de abril. La noche anterior mi madre, en su aposento, lloró a lágrima viva con Thamar.

Y ahí estaba el gemelo, ahí estaba también Absalón sin explicarse y como queriendo proteger ahora una nueva carne todavía invisible, en medio de las lágrimas.

Mi padre, eternamente incólume, sospechándolo, y sin poder evitarlo, tomó vino, y dijo que la cosa no valía la pena. (¡Creo que para consolarnos!)

En la madrugada, Amnón, lo tengo presente, hizo un lío con sus cosas, me dio un beso en la frente, amargo sello, y me dijo: Voy a otros países. Toma esta moneda de plata. Traten de no recordar mi nombre.

Nuestra vida no podía seguir lo mismo. La corriente de llanto inundó nuestras plantas. Por eso no digamos: Somos felices. Porque cuando menos se piensa viene el Maligno a probar lo contrario.

Thamar pedía para su palidez uvas verdes y ciruelas y duraznos sin sazonar. En la casa circulaba como sangre un aire sordo: un niño lo iba a romper.

 

 


III

 

Thamar, en la primavera, parió una niña de una sola abuela. Estaba Thamar como toda madre orgullosa de ella. Mi madre la ocultó al vecindario. Mi padre la besaba todos los días, al amanecer. Le llevaba frutas, liebres, mariposas brillantes para regocijarla. La mostraba sin cuidado a las visitas.

Con sus risas parecía que iba a entrar en la casa una nueva alegría. Pero la ausencia de Amnón era muy dura. Acostumbrarse a no acostumbrarse a ella ha sido nuestro ejercicio diario. Ausencia más dura sin su nombre, porque Amnón es el innominado. ¡Amnón cuyo nombre no podemos mentar!

En los primeros días todos, aunque llorando, creíamos que iba a regresar. Su ausencia estaba mitigada por esta falsa esperanza. ¡Pero Amnón no regresa!

A la hora del beso o de la cena, al abrir el libro o al cerrarlo, Amnón está llamando a la puerta. Hacia allí cuando golpean, todos los ojos vivos de la casa se vuelven. ¡Pero Amnón no regresa! Entonces nos miramos: no podemos hablar.

Cuando llega la noche y hay que cerrar la puerta, estamos convencidos de que dejamos a alguien en la calle. ¡A alguien, cuyo nombre no podemos mentar! Veo, vemos las rosas rojas, las encendidas rosas, en su cuarto, marchitas. Su lecho denso y doloroso como un nido vacío. Todo lo que él iluminaba con su cuerpo o con su palabra ha quedado en la sombra.

Pero después, ahora, cuando un llanto de niño o unos primeros pasos confirman la falta de una fuerza primera, anterior a su sangre, la ausencia de Amnón nos hiere como un clavo.

Pero aquí estaba su hermano, Absalón, el gemelo, el que nada sabía, el que en su corazón confiaba demasiado: y Absalón dijo a su madre:

Madre mía, si Amnón, como cualquiera, nos ha abandonado, deja que el que le sigue cubra su falta ahora. Deja que la niña tenga en Absalón su padre y que Thamar no llore más y no esté sola.

Fueron palabras claras, pero mi madre, suficientemente escarmentada, tiñó su rostro en rojo más que encendido y dijo:

¡Maldigo la hora en que mis hijos se encarnaron en mi vientre! ¡Sean borrados los meses que los llevé en mi carne! ¡Leche de los demonios le di con estos pechos! ¿Por qué no los ahogué entre mis piernas en el momento de parirlos?

Apoyó sus gritos en todos los libros. Todavía oigo sus gritos, y estas palabras del Levítico salidas de su boca hace pocos momentos:

La desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o nacida fuera, su desnudez no descubrirás.

Por otra parte, nunca creía que mis palabras, dichas con la mejor intención de mi corazón, produjeran tal efecto en mi madre. Pero lo que ni siquiera había sospechado era que mis palabras insinuaran semejante pecado.

Por eso, hemos llorado todos: Thamar todavía está llorando en su cuarto. ¡Mi deliciosa hermana está afeando su rostro!

Pero mi madre tenía razón, ella, da la casualidad, siempre tiene la razón: ¡y un poco más que eso!

Hasta entonces no comprendía el pecado de Amnón y la imprudencia de mis palabras. El amargo sello de mi hermano, sin darme cuenta, ya me estaba quemando. Mas mi madre, siempre previsora, con unas pocas palabras, me salvó de la muerte.

Ella que me dice: Hijo de mi corazón, no podía engañarme; y me lo ha dicho todo. Me lo ha explicado todo. Por eso, aquí lo escribo: Me arrepiento de ese anhelo maligno.

Hasta ahora conozco en su verdadero significado la fuga de mi hermano. Recordemos a Amnón: el hijo, de quien todo lo bueno podía perfectamente esperarse, como un demonio derramó su saliva.

El hijo bueno, el fuerte, el que decía: El Señor está conmigo siempre y me protege; ¡el mismo Amnón, mi hermano, el mismo Amnón, como un ángel caído!

Recordamos su voz, su voz maciza resonando en los cuartos. Su voz, ahora ausente, visible como un hueco, dolorosa como si a cada uno de nosotros nos la hubieran amputado. Porque, para decir verdad, la voz de Amnón era muy nuestra: cada uno de nosotros la reclamaba en los oídos como una cosa propia. ¡Su voz, donde nació su pecado! Su voz, que no regresa.

Porque Amnón ha puesto tierra, sangre, carne, y lo que es peor, carne contigua entre su planta y la nuestra.

Y Thamar, la mariposa que quemó sus alas en el fuego cercano, la que lo quiso todo, la que tenía el mundo en los labios y hubiera podido levantar la tierra con sus manos, Thamar está llorando en su cuarto. Su niña está jugando, su niña dice solamente: mamá.

Desde el cuarto vecino, con su llanto, Thamar me dice que escriba estas memorias; y Amnón, desde lejos, no sólo me lo dice, sino que me lo ruega.

Por eso he querido, aunque en desorden, hacer el fiel relato de los hechos. El que esto lea, sin duda, ya ha oído todo lo que ha dicho el vecindario y los amigos de la casa (aquellos que venían).

Y todo lo que dicen esos libros maledicentes (Yo fui la esclava de Thamar, lo que me dijo Amnón, etcétera) además de poemas y de tratados: gente que busca fama, gente que ha encontrado gozo en la desgracia ajena.

Se ha llegado a decir que Absalón vengó a Thamar, dando muerte a su hermano.

No por mí me duelen esas palabras. Sino porque he soñado que una noche Amnón vendrá (otra vez limpio y equilibrado como un ángel) a besar a su hijita, a vivir otra vez con nosotros; y no se podría realizar mi sueño si eso que dicen fuera cierto.

En la puerta dirá Amnón: El Señor me ha perdonado y otra vez me protege. Madre mía, dame un beso en la frente. Con su misma antigua voz, hasta ahora delgada y pequeña como un niño; y ya entrando en confianza: Buenas noches, papá, ¿cómo están los viñedos?

Thamar está peinando a la niña. Yo estoy cerca de Thamar. Amnón nos dice: Hermanos míos ¿quién llora, ahora, y por quién, y a qué hora? Y ha tomado a la niña en sus brazos; la besa, le dice: Hijita mía, te está besando tu padre.

Pero Thamar está llorando otra vez, está mi hermana afeando su rostro. Su hijita ya conoce la palabra: papá; se oyen sus risas mezcladas con el llanto. Así es el mundo: una confusa mezcla; nadie sabe la hora de reír, o llorar.

 


La impureza 


La poesía

La cruz

Pavana


La poesía

 

4

Si la azucena es vil en su pureza
y oculta la virtud del asesino,
si el veneno sutil es el camino
para lograr exacta la belleza;

engaño pues mi amor con la nobleza
y confundo lo ruin con lo divino,
hago de la cordura desatino,
de la sola mentira mi certeza.

Nadie sale triunfante en la batalla,
ni angélica promesa en que me escudo
ni humana condición que me amuralla.

Contra toda verdad he de quererte,
equilibrio infernal. Nací desnudo:
sólo contigo venceré a la muerte.

 


La cruz

 

Infame cruz me están labrando
sin saber mi estatura.
Si grande soy la hacen pequeña
para quebrantarme los huesos;
si pequeño, altísima para
descoyuntarme. Yo mismo soy
la cruz, soy mis deseos.




Pavana

 

1

Ya nunca tendré doce ni trece ni catorce
(años los más felices de su pelo)
ni seré virgen ni madre de muñecas–
dicen que dijo al borde de la tumba,
al borde de su lecho. Digo que dicen
porque no la oí. ¿Por qué no la oí?
Ya nunca la oiré. Nunca la oí.
Yo no tuve la culpa de soñarte.

Esto no es epitafio ni elegía. Ella
dice a veces las palabras que yo mismo
le pongo al filo de los labios.
Yo también hablo en ellas. Si recorro
los días, la tierra que pisó, ahí estará
mi huella confundida, levantándose,
creciendo como la suya del lado de la muerte.

2

Pero más que nosotros aquí canta
el viento de azahares que nos ciñó
los huesos, la carne pura. Canta
aquí, se arremolina, el humo del tabaco
que inventamos contra la vigilancia
familiar. El llanto de una noche
no era amor por no dormir junto
a tu pecho, por no velar tu sueño
con alevosos pensamientos. A la orilla
de estos lamentables compases puedo ver
con claridad meridiana, cómo se nublan,
cómo se niegan, decaen, los años más
felices de tu pelo.

3

No conocía el mar; ella tan sólo.
Ella tan sólo creciendo, agigantando
el mar de abril bajo la luna. Limpia,
taciturna, deslucida, mejor,
también cantan aquí
tus novios viudos. Hermana,
hermano de tu hermana por más señas:
el pecho de tu madre, el retrato
donde aparece llorando.
Cómo fantaseamos la vida hasta hacerla
así, como queríamos. En verdad,
nunca te oí, pero casi te odio por odiar
tu muerte. Cómo te dejaste morir.
Quebraste el cielo –edad dorada
(I was a child and she was a child).
No ves que tengo a nadie junto a mí,
sólo perezco; y tú que sostenías el más
limpio cristal –la vida es un cristal,
la quiebras por purísimo gusto. No te
perdono el rostro ni el anillo,
no te perdono el rostro de la muerte.

4

No tengo años primeros. Se desploman
de súbito al abrirse la carta:
Nunca se necesita tu consuelo.
Contigo han conspirado para que
llegue tarde la noticia. Nunca
es tarde si pierdo mis primeros
años con tu muerte.
Ya nunca tendré doce ni trece ni catorce
ni años de bicicleta que cantaban
como el poeta ruso su paisaje. No tengo
infancia. Se ha muerto mi niñez
de un solo golpe. Ya sólo soy ahora;
hoy, me llamo. Yo no tuve la culpa
de soñarte, dicen que dijo. Podría
decir más, pero no quiero que diga
sino lo que le ponga al borde de los labios.

5

Es la última vez que escribo de memoria
porque sin ti ya no la tengo. Esto lo dice
el niño, el que aprendió a leer en las arenas.
No conocía el mar sino el oleaje de nuestro dulce
mar, los ríos interiores, el aire
que nos ceñía, el ángel que nos llevó de la mano.
No me reconozco la voz en este mar de muerte.
Alta, creciendo, siempre creciendo, deslucida
y creciendo como creciente mar –su vida aparece
en lo alto para luego caer como la llama, como
la tempestad hundida en la borrosa inquietud.
Al filo de estos lamentables compases puedo ver
todavía cómo luchan, cómo se defienden los años
más felices de su pelo. Fue ayer, y nunca
habrá mejor ayer, ni nunca, ni mañana. Siquiera
el diminutivo persistiera en este pobre afán
de hacer bella tu muerte. Pero no me reconozco
en este mar. No es mía la virtud. Tan sólo
puedo ver, después de la tempestad, cómo se niegan,
cómo decaen las nubes más felices de tu pelo.
Nadie vaya a decir que no te quise. 

 

Contemplaciones europeas


Las fieras

Tuyo

 


Las fieras

 

(Jardin des plantes)

Estamos echados sobre el césped
y no tienen piedad de nuestra dicha.
Nos espiaron ensañados. En sus ojos
no había curiosidad ni complacencia.
Envidia, sólo envidia con ira.

Nadie quiso cubrirnos ni con una
mirada de pudor. Pero
¿qué saben ellos de esto?

Querían, lo supongo, avergonzar mi amor,
el tuyo, el poco amor del mundo.
Y no pudieron con nosotros.

Jadeantes, al fin de nuestra lucha,
ahí estaban, representando el odio
que con tanto trabajo habíamos
logrado arrancar de nuestro pecho.
(Estamos solos contra ellos
pero ellos están más solos
que nosotros. A ellos no los
une ni el odio, a nosotros
hasta su odio nos reúne.)

Quizá llegaron cuando yo era tu yo
y yo era tuyo. Nunca lo sabremos.
Jadeantes, saboreando, lamiendo
nuestra dicha nos encontraron. Echados
sobre el césped nos acorralaron
como fieras. Y, ahí, a sus ojos furiosos,
aterrorizados, hicimos de nuevo
nuestro fuego ya sin recato
pero imperturbable –y ellos viéndonos,
viéndonos, ignorantes y viéndonos.

 


Tuyo

 

Tuyo, tú –y– yo, cuerpo
gozado, alma gozosa
sin distingo, ¡dios mío!
Dios de quién, si
nunca supe distinguir
quién fue cuerpo
de quién –alma de quién.

 

 

 


Vela de la espada



El extranjero
La cortina del país natal
Libertad de pensamiento
Coup d´État



 

El extranjero

   

Estuve entre los míos y los míos no me conocieron,
procuraron borrarme y oscurecerme, me quisieron
negar el breve amor del mundo, el corazón libre
y abundoso. Familia, yo os odio, como al espejo
que me refleja deforme o engañado. Familia:
vuestra felicidad está hecha de halago y de silencio,
dulzura y cobardía. Mi alma se afiló con vuestro
roce, pero no pudo alumbraros con su luz. Yo me alcé
con mi amor contra toda tiranía, me robé una criatura,
amada e imperfecta como la patria. Desde hoy
en parte alguna soy extranjero. Yo la recibí
opaca y deslucida, pero la frotaré con mi alma
para que brille, para verme al fin como soy:
Sé que soy un mendigo, a los treinta años de mi edad.
Orgulloso cómo un mendigo, pobre pero libre.

                                                                    (1995)

 


La cortina del país natal

 

Mis amigos demócratas,
comunistas, socialcristianos,
elogian o denigran
       La Cortina de Hierro,
       La Cortina de Bambú,
       La Cortina de Dólares,
       La Cortina de Sangre,
       La Cortina de Caña.
Son unos excelentes cortineros.
Pero nadie se refiere
a la Cortina de Mierda
de Mi Nicaragua Natal.

 


Libertad de pensamiento


I

Yo fui durante años, por propia voluntad
y estudios, a los archivos de la Santa Inquisición
de la Nueva España. Me empantané
en herejías y supersticiones,
en oraciones mágicas y bailes deshonestos
en crímenes cortesianos y judaizantes.  
Podría superar fácilmente la bibliografía
especializada. He visto confesiones y delaciones
firmadas con la sangre de los inocentes
he visto marcas de fuego en la abierta
libertad de los libros, el mal amor,
la maldad, la cobardía y el miedo,
el falo ofrecido a la Virgen
y la dogmática embriaguez.
He visto el delirio y la perversión de la fe,
el juramento falso y la crueldad,
el empecinamiento y la fortaleza.
Yo podría contarles muchas historias,
como don Artemio de Valle-Arizpe.
Pero prefiero callar este borrón puerco
de los hombres o sacar una lección de pudor
y respeto para el pensamiento de mis hijos.

II

Y yo que quería escribir lo que me viniera
en gana, como un hombre, y ellos me dijeron
que eso era pura mariconería, que las ideas
debían ser revisadas. Yo les dije que la poesía
se escribía con palabras y que la política,
sin ideas. Y me dijeron (los muy sabidos)
que el tipo ése se pasó la vida abanicándose
con los abanicos de Mme y Mlle Mallarmé, y
que todo eso me iba a pesar, porque instalarían
la dictadura del bien, perfecta e infalible.
Y a mi hermana la monja la dejaron desnuda
en plena calle y a mis niños les dieron un silabario
perfecto, intolerante, sin elogio de la locura.
Yo no tengo nada contra los negros ni contra
la repartición de la tierra; pero no estoy
conforme con la sumisión de las letras negras
de la imprenta ni con el despilfarro de balas
rojas de odio. El capitalismo está sentenciado.
Yo moriré con él, dicen, y muchos más morirán.
¡Pobres de nosotros, y sin haberlo gozado!

 


Coup d´État

 

                             La France, Dieu merci, nʼest pas une république
                            sud-américaine et le besoin ne
                            se fait pas sentir dʼun général de
                            pronunciamento.


                                                              Guermantes, I, 242-243.

 

La cosa está que arde. Las ametralladoras no han parado de carcajear en toda la noche. Por más que una radio clandestina habló hasta la madrugada de la estratégica retirada de los valientes conciliocomunistas, hoy ya sólo sabemos de las víctimas de siempre: mujeres, ancianos y niños. Se dice que el Presidente estuvo a punto de pactar con los forajidos –hombre débil si los hay– y que nuestros bragados defensores de la soberanía tuvieron que tomar pacíficamente Radio Bolívar y desde ahí dar al pueblo la información verdadera. Pueblo: los que van a morir te saludan. Nos sacrificaremos por vos, Pueblo. Dentro de unas horas circulará nuestra proclama, impresa rápidamente en xerox por la Embajada. Ahí se explica nuestra patriótica actitud. Hay que sacrificarlo todo, inclusive el honor, por el bien del Pueblo. El Sr. Presidente ha renunciado en favor del Pueblo, es decir, del Jefe de las Fuerzas Armadas. Éste se vio obligado a llamar por teléfono al Presidente y decirle: –Ya no sos presidente. Ahora voy yo. –Y él le contestó malcriado: –No jodás, y ¿por qué?, ¿quién te puso? –Y nuestro Jefe que es muy sincero y expresivo le replicó: –¿Y a vos quién?, ¿la puta que te parió? –Y le colgó.

 


Poemas familiares



Mujer dormida
El tigre en el jardín
La sopera
Pezuña del arcángel



 

Mujer dormida

   

Verla dormir ¡Dios mío! aun al precio
de no verla en mis sueños –es una
gracia increíble, no esperada. Porque
tampoco pedí verla dormir.
                                De día
ilumina la casa con su risa, sus ojos
dicen: ésta es la vida, ésta mi casa,
ésta mi risa y soy tuya; pero verla
dormir encarnando la noche, oírla
¡con qué seguridad! respirar,
entre monosílabos entrecortados
responder a mis interrogaciones
sobre el futuro, o decir: “Hijo mío”,
no sé si a mí o al que ha de venir,
es una dicha impagable. Así me sorprende
el alba, besando sus ojos humedecidos.

 


El tigre en el jardín

 

Sueño con mi casa de Masaya, con la quinta que malbarató mi padre, donde pasé la infancia. Estamos a la mesa, en el pequeño comedor rodeado de vidrieras. Comemos carne asada sangrante, todavía metida en el fierro. Su fragancia esparce cierta familiaridad animal. Hay visitas de seguro, amigos y parientes, pero no veo sus rostros. En una esquina de la mesa, yo como lentamente. De improviso vuelvo la cabeza hacia el jardín y veo el tigre, a cinco o seis pasos de nosotros, tras la vidriera. Tomo la escopeta del rincón, rompo un vidrio y le disparo enseguida. Yerro el tiro mortal y la bestia cobarde y mal herida huye de tumbo en tumbo bajo los naranjales. Mi padre saca una botella de etiqueta muy pintada, con las medallas de oro de las exposiciones, y leo varias letras que dicen Torino. Salen a relucir unos vasitos floreadí-simos, azules, magenta, ámbar, violeta. Todos beben y alaban mi rapidez y agilidad, no así la imprudencia de disparar sin percatarme si el arma estaba cargada. Unos dicen que cuando la bala iba en el aire, la fiera impertinente movió el cuello y ya no le di en el corazón sino en la paletilla. Yo como lentamente. Debe ser día de San Juan, día de mi madre, solsticio de verano. La mente ardida sigue dando vueltas al tigre. En un descuido lo persigo hasta verlo caer como un tapiz humillado a los pies de mi cama. Todos siguen bebiendo. Ahora felicitan a Myriam, pero la mujer consigna sin reproche que son cosas mías, cosas de mi sola imaginación.

 


La sopera

 

Madre tenía una sopera de aluminio brillante, sin ninguna abolladura, que lucía sólo con las visitas distinguidas, y eso para una naranjada o un bole de naranjas, de ésas que daba nuestra tierra. Mentira que fuéramos terratenientes latifundistas, como dijo uno por allí, sino que teníamos un miniminifundio bien cultivado de qué comer, allá, antes de la Alianza para el Progreso de los Somozas. Bueno, pues la sopera relumbraba en el aparador como un artefacto de Benvenuto. Pero los niños somos (o fuimos) aristotélicos y nos intrigaba, no podíamos concebir, que una sopera no sirviera para la sopa diaria. Por eso, cuando llegó Mama Rosa, una Argüello grande y rosada, señorita del siglo XIX que fumaba puros chilcagre y todo el día estaba rosario en mano con una baraja española llena de reyes, de bastos y de oros, y vimos la sopera humeante en la mesa, también hubo desconcierto, y alguien dijo, y estoy seguro que fui yo: Mama Rosa, es la primera vez que esta sopera sirve para sopa, será porque hay visitas. Mama Rosa sonrió como rosa en su otoño y Madre nos lanzó una mirada conmovedora, que tenía del rencor y el disimulo de la clase media cogida infraganti, descubierta en no sé qué esencial falta de elegancia, en pecado mortal contra la distinción que no permite bajar peldaño, ni morirse de risa.

 


Pezuña del arcángel

                                                                         A Federico Cantú

 

Toda la noche estuve oyendo su tempestad
sobre mi cabeza, golpes secos como de cascos
de águila o tigre o garras de caballo,
azotándose sobre el duro pavimento, creo
hasta sangrarse la carne blanda o el muñón.
Caballo amaestrado sólo para el suplicio,
águila que sólo sabe revolverse en lo duro,
pájaro más que humano o cuadrumano alado,
qué tengo yo, qué me codicias, qué impudor.
Toda la noche estuvo trabajando en su terco
desvío, afuera oí las chispas de acero
de las uñas contra el cemento, esas pétreas
prolongaciones de la furia contra lo sellado,
o suaves quejidos como ternura en acecho,
imitando el dulce y agitado respirar de mi madre
o el sueño intranquilo de Myriam que me protege,
y dije: Paloma o tigre, no me tientes, soy de aquí,
ni el oro ni el poder me apartarán de este lecho,
no me compres, no digas lo que no debo decir,
sé responsable de mi dicha, no la compres.
No cedí. No cedió. Subí a la azotea en la mañana.
Ahí estaban los zarpazos enfurecidos, el plumón
rojo, la piedra desgarrada como mi espalda.

 


Disposición de viaje



Tercera clase
Conversaciones en el bar



Tercera clase

 

                              El tren mixto de Madrid salía de Valencia a las
                              dos de la tarde. No recuerdo nada de las
                              particularidades de este remoto viaje. Lo que
                              recuerdo es arbitrario. He soñado una vez
                              en tal viaje. Lo soñado se sobrepone
                              tenazmente a lo auténtico. En lo soñado hay
                              pormenores absurdos... No me es posible
                              por más esfuerzos que hago separar esta
                              mampara del sueño para ver lo verdadero.
                              Lo irreal tiene más fuerza aquí,
                              más valencia aquí –valencia, por validez, dice
                              Gracián– que lo real. Así sucede muchas veces
                              en la vida. Y gracias a tal sustitución absurda
                              la vida suele tener, acá y allá, a pedazos, su
                              encanto. Hice el viaje en tercera. No sé
                              nada más. Si los que evocan su pasado
                              confesaron con lealtad las fallas en la
                              memoria, lo recordado tendría más valor.


                                    Azorín, Biblioteca Nueva, Madrid, 1941, II.

 

Vamos en tercera, de Madrid a Valencia, por eso de Las Fallas. Y arranca el tren con gran estrépito español, antes de tiempo. Hace hambre al parecer, pues todos se han puesto a hurgar en sus atados y sacan panes y hogazas y facones para cortar peligrosamente el de cada día. Mechan el corazón con longaniza, morcillas, jamón serrano o queso ratonado. Los precavidos traen sardinas y merluzas o tortilla de patatas para el come que te come. No llegamos a la primera estación y ya hemos devorado un metro de pan con su aderezo –porque me han convidado con gentileza–. Que el americano se va a morir, darle algo. Y dale con el americano; y pasarle también la bota de vino juguetón. Se oyen cantos o parecen cantos con el vino. Ahora, a los postres, el americano va despacio con las naranjas, unas de oro valencianas, marcadas con un superfluo sellito de tinta roja que dice Valencia, que con el zumo manchan los dedos a su antojo. Ronda el vino en el canto y cada quien canta su cual canción de su región, que es la mejor y que le da por el culo a todas las otras. Y ahora a darle: Que cante el americano, que cante el americano. Y alguno muy sabido agrega: ¡Pero en inglés! Y el americano, haciendo de tripas lo que son, saca el alma a rodar y da de sí un romance del Conde Dirlos, que no habéis oído, aprendido de niño allá en su tierra, después del mar, con música de Mudarra o de Flecha el Viejo, Cancionerillo llamado jardín de amantes, sin pie y sin fecha. Y Moñino, que lloraba de risa.

 


Conversaciones en el bar

 

Dicen que lo maté, lo oí en La Habana; pero nadie quiso decírmelo a mí solo. Esperaron el teatro lleno y lo gritaron a pedradas, con huevos podridos y tomates. No dicen que lo maté, técnicamente; sino que lo vendí, que lo entregué en mi casa, entre sábanas blancas. Sí, Granada andaba loca en busca de colores. Azul y rojo, rojo y gualda en las banderas, por los arrayanes, las arreboleras, en el carmen de Falla, husmeando fuego ritual y sangre en los rosales. Ruiz Alonso, mascando un clavel negro entre las fauces lo mandó a perseguir y nos buscaron casa por casa, porque la nuestra era toda Granada y allí me lo encontraron, ya pálido, los sayones de tricornio. Mis hermanas le llevan camisas y holandas con alhucema y azahares. Allí los sayones se están rifando sus vestiduras. Allí se oyó que yo era él y que esa misma noche me matarían. Y Ruiz Alonso, chafando su clavel, mandó hacer fuego sobre la L azul de Luis en la pijama.

 


Poemas temporales



Arte menor


Hilos telegráficos–
aéreo pentagrama
del canto de los pájaros.

 


Historia natural



I. Pandurata índica
III. Los fresnos
4. Apuntes en la embajada
Nicaragua celeste
Del cielo y la tierra
Solo a la tierra

 

I. Pandura índica

 

En la vieja avenida Jalisco, no la antigua, hoy Pedro Antonio de los Santos, el arborizante puede ver todavía dos magníficos ejemplares solemnes de hojas oblongas, verde oscuro, casi azules al anochecer. Por la construcción que decoran simétricamente se puede calcular su edad; datan de cuando la Villa de Tacubaya no estaba aún ligada a la ciudad creciente por la avenida que ahora lleva su nombre; cuando las familias decentes, huyendo del Tívoli y del Arbeu, buscaban vida recoleta, y, según se dice, mejores aires, de importancia o del Bosque. Cincuenta, sesenta años tienen estos gemelos gigantes, únicos en el Valle de México. Aseguran que la finca pertenece a un licenciado, que perdió la magia electoral hace unos sexenios. Yo lo felicito; a lo mejor se hubiera construido ahí un palacio estilo remordimiento y los gemelos habrían caído perfumando el hacha consabida. Balbuena sabía de estas cosas y varias veces me lo dijo.

 


III. Los fresnos

 

Los fresnos son mi delicia; son los padres y los hijos del Valle. Por mi mano plantados tengo cinco, que ya dan sombra en el claro verano. Sus hojas, menudas, dulces y fuertes, cantan con la brisa en primavera. Tras un otoño de minutos, vuelven sus alas verdes, de un verde enternecido que hace llorar. En cinco, cuatro, tres años, han crecido más que mis hijos, pero todavía son tiernos como ellos. Bajo el mayor yace La Peque, la gatita angora de Juanuca, que le da vida graciosa y animal. Se nutre el fresno de La Peque y La Peque salta en sus ramas, en sus hojas, en mis ojos, cuando azota la luna.

 


4. Apuntes en la embajada

 
                                Occasionally a female would be seen carrying
                                a young one on its back, to which it clung
                                with legs and tail, the mother making its
                               
way along the branches, and leaping from
                               
tree to tree, apparently but little encumbered
                               
with its baby. A large black and white eagle is
                               
said to prey upon them, but I never
                               
witnessed this, although I was constantly
                               
falling in with troops of the monkeys.

                               
Thomas Belt, The Naturalist in Nicaragua,
                               
VII, Londres, 1878, pp. 91-92.

 

Veo a los nicaragüeños malhablados, hijos de mona y guardia, negros, renegridos, morenos, morochos o morunos y murrucos, hablando francés, francés cercopithèque –porque antes creíamos los del Centro que éramos más o menos blancos, cara blanca, cebus albifrons, pues no visitamos las afueras– y ahora, afuera, de lejos, te vemos, tierra, como sos. Tierra negra, morena cuando más, como la carne que quiero y no quiero. Madre carne, madre patria, bandera mentida en blanco y azul (por moler a Rubén Darío), yo te veré si es que te veo como serás. No me borres, porque yo canté el Himno y marché a la zaga algún día. Anduve de rama en rama del árbol genealógico, hice un claro en el bosque, fui un niño como fueron mis padres, un niño y ya no lo soy. Un niño, un monito, en un reino junto al mar, como dijo Edgar A. le Grand Poet.

 


Nicaragua celeste

 

                                          Unripe bananas and porterhouse steak
                                          colored sunsets of Nicaragua.

                                                       M.L., Hear us O Lord…, II, 47.



IV

 

                                          And I saw a new heaven and a new
                                          earth: for the first heaven and the first
                                          earth were passed away; and there
                                          was no more sea. And I John saw the
                                          holy city, new Jerusalem, coming
                                          down from God out of heaven,
                                          prepared as a bride adorned for her
                                          husband.

                                                       King James Version, 21, 1-2.

                                                               A Pablo Antonio Cuadra

   

Ni la bandera azul y blanca flotando temblante en el aire caliente que se vuelve celeste, ni la corbatita azulenca ya desteñida por los desfiles del Quince de Septiembre, ni siquiera el Azul envejecido de don Rubén Darío, ni los ojos soñados bajo el mar, sobre el cielo, en que me abismé con terror y orgullo ilegítimo, ni tú, mediterráneo salobre, garzo y ojizarco, que el griego y el latino caeruleus y el náhuatl chalchuihuitl confundieron con el verde esmeralda que brota del centro de los Cielos, ni. Sino tú, la única, la perfecta, la intocada, ya sin color de tan alta, de tan alta invisible. La que está antes del nudo del ombligo y detrás de la podredumbre de los que no se incineran; más allá de volcanes, y lagos y ríos de apocalípticos nombres donde obligan al Niño a besar el culo del Infierno. Pero siempre pasa lo mismo bajo la energía solar: abominación de la abominación, a la orden del día y de la noche. Desde los trogloditas del tercer milenio a la destrucción por Tito y la reconstrucción por Adriano, del incendio de Walker al nacimiento y crucifixión de Sandino. Adoradores de falos y serpientes y becerros, de armas y dinero, sacerdos castrólicos y monjíferas sulfúricas, siempre los hubo. Brillan incrustados en la Bestia: son sus ojos y tentáculos en pleno poder natural. Ella se muerde y se retuerce enfurecida porque no puede nada contra Ti, Nicaragua Celeste. Lo digo porque fui arrebatado por una nube fúlgida, en la Calle de Humboldt-Nicaragua, y vi lo que no vi, lo que no se ve, lo nunca visto: esta nueva ciudad, astro o planeta, fuera de las galaxias, flotando en el sinfín de lo que no es, poblada y poblándose, por Rubén el primogénito, por José y sus hermanos, hijos de Jacob, por Salomón, rey-poeta como Nezahualcóyotl, y Pablo militar y fascífico, hoy converso de su pueblo. Y yo estoy a la puerta, y amo.

 

                                (Cuernavaca, diciembre de 1972).

 


Del cielo y la tierra

 

IV. Soy solar

 

Al grito azul del cielo recién nacido, entre el verde follaje todavía oscuro de vida nocturna y animal, responde el desolado fulgor de quien fue rey lunático, de azarosos, azogados, tardos pasos. El ancho disco discurre en su alegría milenaria, después de recorrer cimas nevadas, arenas derretidas, ocasos de llamas furiosas, insolente escarlata del ocaso. Seguir, seguirlo, a ojos vistas, y que duerma un rayo poderoso en la mano magnánima, para entibiar siquiera el débil corazón escarchado de luna fugitiva y penosa. Dónde estarás doce horas más tarde, vistiendo en luz qué tierras, mares, selvas o ríos, con la reverberación de tu poder genital. Soy solar, dios nocturno, cuando el párpado agotado y goloso del día entra con pie seguro en las aguas lentas y tupidas del sueño, no duermo, sueño no más que duermo, por descansar el don luminoso y ardido que me hace menos yo, cuando ya deslumbrado me asombro. Soy solar, de mucho sol al descubierto viene la carne untada al hueso virgen. Soy solar, de mucho mundo al sol, veranos, playas, islas, procede el cuerpo que te entrego esta noche. Soy solar, por más que busque en brazos morenos más ternura que el fuego atesorado, soy solar. Aires nocturnos quieren embalsamar la furia del que duerme; no hay descanso, soy solar. No hay remedio, a mediodía, a media noche soy solar.

 


Solo a la tierra

 

V. Noche cerrada

Estuve entre las cumbres –no en la Cumbre–,
Picos de Europa, Andes venezolanos junto a la nevada
estatua de Bolívar, Popo de hierro, Ixta dormida
en hielo y repentinamente bajé hasta precipitarme
en la boca misma de la mina sin fondo, la propia
boca del Infierno, sin Virgilio ni Dante, solo,
sólo con mi alma y yo, ya desjarretado por los perros.
Fosos, lagos volcánicos y azufrados de mi tierra,
trampas del cuerpo, cocodrilos, mordiscos, colazos,
dentelladas, pero más bajo que la tierra llana
o el nivel del mar, sino sombra fétida y traidora,
Laguna Negra, húmeda Capilla de Altamira, Cuevas
del Drake, Grutas de Cacahuamilpa y la trompa oscura
de la historia, pies aterrorizados y ardidos, huellas
de Acahualinca y pedruzcos hirviendo que cruzan
el vacío estelar, el terror cósmico –todo y más–
más bajo, más hondo, lo elevado de lo profundo,
del Empire State a la Catedral de Sal, son nada
para esta noche de águila ciega, del súper sapo
hundido en el magma de la gran fisura marina:
Todo esto, menos esta noche sin nada donde
el paso de las aguas comunicantes del sueño
no deja planta alguna en la tierna arenilla,
borrada de inmediato por el ancho labio tibio.
Sin sol, sucio lecho blando, mazmorra cúbica
ni caliente ni fría sino la sombra que vomita
la tinta del calamar central, sangre violácea
de la pata de mula para el ojo purulento, ahíto
de su dueño. Noche cerrada en piedra cerrada,
porque es de noche. Porque es de noche tendrá
que amanecer; quiera quien quiera que quiera, o no,
tendrá que amanecer. No puede ser tanta cerrazón.

 


 

Estelas/homenajes



Epitafio
Tríptico de Pablo
Sobre un ejemplar de contemplaciones...

 

Epitafio

 

Joaquín Pasos se murió.
¡Dios lo haya perdonado!
Nosotros no.

                                                             (21.1. 1947)

 


Tríptico de Pablo

 

1. Sueño en Isla Negra. 4-VI-1971

Me han traído de noche. En casa no está Pablo. Está en París, en la vieja villa de París, como en 1927, cuando joven. Pero su casa en la arena no está deshabitada: aquí está el mascarón de proa con sus vetas marinas, sus caracolas y sus libros. Aquí está una que alguna vez le envié con un poeta peruano, que ya es muerto; una caracola horadada por la suave arenisca de Laguna de Términos, Mar Caribe de Campeche, Isla del Carmen, cobrada entre avispas y mariposas con José Carlos Becerra, siempre vivo. Aquí está, como un móvil de Calder, giratoria e inmóvil. Yo no envío nunca libros a los poetas, ni los míos, aunque sean mis amigos, sino whisky, caracolas o puñales. Les mando su pasión o lo que aman con ciega ternura: un relámpago de su fe o su alegría. Qué lástima, no está Pablo en su casa; pero aquí veo sus Góngoras, su Quevedo, Manrique y Garcilaso, el Lautréamont y Maiakovski, que nos deja, como dice en el testamento de su Canto. Qué lástima que Pablo no esté en casa; yo sé que me esperó o me recordó, aquí en sus Mares del Sur; así lo dice al menos en letras de su mano. La última vez que estuvo en México, al lado de Roces, Tlalpan, D.F., con el Comisario Mantecón y el amigo Andrés, yo volaba a Cornell, aquel Cornell de Salomón de la Selva. Cuatro años después, lo encuentro en Puerto Azul, mar de Caracas: llegó despacio, en un buque de carga. Me tocó estar a su lado; Pedro y yo le dimos papel y lápiz; la protesta y la música de toda nuestra América allí sonó en un grandioso acor­de, gracias a su palabra. Como en un sueño dentro de un sueño, le robé unos minutos en el sótano de una biblioteca. Firmó unos libros. Por uno de ellos hoy es libre José Revueltas. Esto lo saben pocos, quizá Lizalde, quizá Fedro. Pablo acaso lo olvide. Quizá Pepe lo ignore. Acaso Pablo nunca sepa que hoy estuve en su casa, a tientas, sin saberlo, a deshoras, tal vez sin quererlo ni merecerlo.

2. Presencia en París. 12-X-1972

La Motte-Piquet y la Place du Chili. El hombre espera al recién llegado. En mayo no pudo ser; le dejé, sin embargo, unos libros con Roberto y Jorge: raros impresos que él quería, como aquel Caballo Verde, desbocado en el Madrid del 36; libros de amigos, libros amigos que han cruzado varias veces el mar. El hombre está pálido y de negro; dice que una enfermera vampiresa le ha chupado un litro de sangre; se ve que quiere bromear. Llegan 40 baletistas y cantores chilenos, que actuarán por la noche en el Palais Chaillot; tiene que saludarlos de mano y dirigirles la palabra. Luego se repone al calor de los recuerdos, los amigos, los libros; pregunta, inquiere, aconseja, proyecta. Quiere que junte la obra de un gran poeta olvidado; hará él la presentación para editarse como los magnos tomos suyos de Losada. Poco a poco se van encendiendo. Nos lleva a su estudio, a ver sus libros incandescentes: las primeras Iluminaciones de Rimbaud; los Cantos de Maldoror del montevideano; Darío en pleno; libros raros, rarísimos: Los Raros, de Darío, en una edición inverosímil. Un encuadernador francés le ha grabado en el lomo, junto al pez de oro. 1906. Esa edición no existe: la segunda es de 1905, la primera de 1896. Se trata de un riquísimo error. Pablo tiene el único ejemplar de la primera que he tenido en mis manos. Con alegre humildad generosa, me pide que le escriba unas líneas notariales sobre el hallazgo en la página última. Ya están. Ahora debe ir abajo la firma del notario. Lo complazco. Qué gozo franco y risa en el ancho peso alto. Qué alegría neblí. Volvemos a los libros, rojos, viejos, queridos. Voy diciendo los versos finales de su Canto; no imagina que sepa tanto Neruda el recién llegado. Se lo explico en anécdotas: “La antigua juventud gongorinera / tornádose ha nerudataria.” Me hace casi un elogio: “Pero tú no nerudeas”. Nuevas risas. Llega de pronto un español que estuvo en la cárcel de Ocaña con Miguel Hernández. Cuenta su cuento. Nos despedimos tristes. Toma mis manos en las suyas y repite la promesa.

3. Pesadilla en Isla Negra. 20-IX-1973

En las manos del día, fin de mundo. Frankestein y sus hijos, disfrazados de auténticas hienas y chacales, después de dentellar, patear y destruir a todo Chile, destruyeron la casa iluminada de Santiago, la que Neruda había edificado en San Cristóbal. No salieron del zoológico vecino, sino de los cuarteles, de sus puercos despachos, con las fétidas órdenes en los dientes rabiosos, para que no quedara nada de su memoria, de sus reliquias de hombre gustador de la vida. Ahí lo velaron en su muerte vivísima. Pero para que no quedara nada de su nada fueron a perseguir su único tesoro, que era también de Chile, aquella casa junto al mar de Isla Negra, como que el hombre era la predicción de su negrura. Volcaron anaqueles, quebraron los recuerdos y los mascarones, machacaron la colección de caracolas, rompieron los retratos y los cuadros, las cartas y los besos. Y para que no quedara rastro humano, incendiaron los libros boca abajo, inundaron de pocilga la biblioteca toda, a Chile entero en esa biblioteca. Enemigos del libro los analfabestias. Más bestias que las bestias, porque éstas no osan tocar el lomo de su cuero cuando guardan la letra, el fierro impreso. La bestia suelta no entra en casa deshabitada. La bestia salvaje no se traga dibujos de Federico ni de Picasso ni de Soldi ni de Rossi. La bestia bestia no come libros de Shakespeare ni de Éluard ni de Montaigne ni menos de Neruda. Para sólo morderlos y roerlos tiene que ser apocalíptica bestia, la pocamadre bestia. Bestia bestial pestilencial, lo poco. Y que no me vengan con el cuento que todo o algo se podrá reponer: aquí se perdió todo, inclusive el honor, el honor del género humano entero toditito, a pleno sol, en las manos del día, fin de mundo, de mundo inmundo. Y si hay otro mejor, que así no sea, que lo digan.

 


Sobre un ejemplar de contemplaciones...

 

Libro mío, ya saliste a envejecer
sujeto al pudor y la amistad, oculto
entre violetas, eras tan intangible
como luna; hoy eres mueble o cosa,
ignorancia o lujo del ocioso, rencor
del sabio, alacrán de perfume
en la camisa del maldito, incendio
de mi casa, secreto que he vendido,
delación de mi alma, amor o escándalo.
Y otra vez intangible, inmarchito
en las sienes de fiebre del amado
lector que te adquirió venalmente.
Mujer que el amor echó de ganar
amigos de toda condición, sin querer
darás al inocente un poco de temor.
Al dañino, la sabida intención.