Nota introductoria
 

Ernesto Mejía Sánchez nació en Masaya, Nicaragua, en 1923.* Pertenece, con Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, a la llamada Generación de los 40. Los tres continúan y enriquecen una tradición poética que es imprescindible en la poesía de lengua española y que tras el impar Rubén Darío nutrieron Salomón de la Selva, José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos y Pablo Antonio Cuadra, entre otros.

Mejía Sánchez pasó gran parte de su vida en nuestro país. Aquí, en 1980, ordenó personalmente su material poético. La editorial mexicana Joaquín Mortiz lo publicó el mismo año bajo el título de Recolección a mediodía. El poeta nos entrega doce frutos magníficos: Ensalmos y Conjuros (1947), La carne contigua (1948), El retorno (1950), La impureza (1951), Contemplaciones europeas (1957), Vela de la espada (1951-1960), Poemas familiares (1955-1973), Disposición de viaje (1956-1972), Poemas temporales (1952-1973), Historia natural (1968-1975), Estelas/Homenajes (1974-1979) y Poemas dialectales (1977-1980).

Su primer libro resulta sorprendentemente maduro para haber sido escrito a los veinticuatro años; pero cuesta trabajo creer que un poema tan intenso, tan hondo, tan logrado como “La carne contigua” haya sido escrito a los 25 años. Sorprende, al lado de la pulsación lírica que lo recorre, su maestría formal, su dominio de todas las posibilidades expresivas del castellano.

Cuando escribe poemas amorosos la emoción llega a través de atmósferas, resonancias y ritmos de una eficacia rotunda. Sus poemas familiares conquistan territorios de tal modo vividos y nombrados que realmente vemos más, nos vivimos más plenamente sobre la tierra después de su lectura. Aun sus “Contemplaciones europeas” o sus poemas de viaje, penetran el paisaje para hundirse en el hombre.

En la sección “Estelas/Homenajes”, la amistad, esa forma superior del amor, está de tal modo plasmada; está de tal modo el corazón, el pecho, el abrazo fraterno y la mano abierta, que los poemas resultan no sólo una celebración de sus artistas y escritores admirados o queridos, sino a fin de cuentas, un homenaje al Hombre.

Lo mismo ocurre cuando habla de las plantas en su “Historia natural” o cuando lanza latigazos iracundos, despectivos, orgullosos, en epigramas profundamente inteligentes contra las satrapías.

La obra de Mejía Sánchez toca el amplio espectro de la emoción humana. He aquí, pues, una obra de hondas emociones, producida por un manejo magistral del idioma y por una cultura de erudito de tal modo vivida; de tal modo convertida en carne, en hueso, en sangre, que sólo la advertimos por el asombro o por el escalofrío, por la ternura, por la ira o por la sonrisa cómplice que surge en el lector al concluir un poema. Poesía hondamente conmovida y por ello conmovedora. Emoción decantada por una característica que juzgo esencial en este poeta: una clara, viva inteligencia en el manejo de sus medios. La imagen nunca abunda: está siempre al servicio de la comunión emocional y es por lo tanto justa, concisa, necesaria. Y está engastada en un ritmo apropiado para construir una atmósfera. Tres palabras definen sus poemas más logrados, tres palabras que todo poeta busca cuando aspira a la comunión: un equilibrio clásico.

He aquí un hombre: Ernesto Mejía Sánchez. Nicaragüense o mexicano. Poeta, por encima de todo.



Efraín Bartolomé

* Ernesto Mejía Sánchez murió en 1985, en Mérida, Yucatán. (N. del E.)