Estelas/homenajes



Epitafio
Tríptico de Pablo
Sobre un ejemplar de contemplaciones...

 

Epitafio

 

Joaquín Pasos se murió.
¡Dios lo haya perdonado!
Nosotros no.

                                                             (21.1. 1947)

 


Tríptico de Pablo

 

1. Sueño en Isla Negra. 4-VI-1971

Me han traído de noche. En casa no está Pablo. Está en París, en la vieja villa de París, como en 1927, cuando joven. Pero su casa en la arena no está deshabitada: aquí está el mascarón de proa con sus vetas marinas, sus caracolas y sus libros. Aquí está una que alguna vez le envié con un poeta peruano, que ya es muerto; una caracola horadada por la suave arenisca de Laguna de Términos, Mar Caribe de Campeche, Isla del Carmen, cobrada entre avispas y mariposas con José Carlos Becerra, siempre vivo. Aquí está, como un móvil de Calder, giratoria e inmóvil. Yo no envío nunca libros a los poetas, ni los míos, aunque sean mis amigos, sino whisky, caracolas o puñales. Les mando su pasión o lo que aman con ciega ternura: un relámpago de su fe o su alegría. Qué lástima, no está Pablo en su casa; pero aquí veo sus Góngoras, su Quevedo, Manrique y Garcilaso, el Lautréamont y Maiakovski, que nos deja, como dice en el testamento de su Canto. Qué lástima que Pablo no esté en casa; yo sé que me esperó o me recordó, aquí en sus Mares del Sur; así lo dice al menos en letras de su mano. La última vez que estuvo en México, al lado de Roces, Tlalpan, D.F., con el Comisario Mantecón y el amigo Andrés, yo volaba a Cornell, aquel Cornell de Salomón de la Selva. Cuatro años después, lo encuentro en Puerto Azul, mar de Caracas: llegó despacio, en un buque de carga. Me tocó estar a su lado; Pedro y yo le dimos papel y lápiz; la protesta y la música de toda nuestra América allí sonó en un grandioso acor­de, gracias a su palabra. Como en un sueño dentro de un sueño, le robé unos minutos en el sótano de una biblioteca. Firmó unos libros. Por uno de ellos hoy es libre José Revueltas. Esto lo saben pocos, quizá Lizalde, quizá Fedro. Pablo acaso lo olvide. Quizá Pepe lo ignore. Acaso Pablo nunca sepa que hoy estuve en su casa, a tientas, sin saberlo, a deshoras, tal vez sin quererlo ni merecerlo.

2. Presencia en París. 12-X-1972

La Motte-Piquet y la Place du Chili. El hombre espera al recién llegado. En mayo no pudo ser; le dejé, sin embargo, unos libros con Roberto y Jorge: raros impresos que él quería, como aquel Caballo Verde, desbocado en el Madrid del 36; libros de amigos, libros amigos que han cruzado varias veces el mar. El hombre está pálido y de negro; dice que una enfermera vampiresa le ha chupado un litro de sangre; se ve que quiere bromear. Llegan 40 baletistas y cantores chilenos, que actuarán por la noche en el Palais Chaillot; tiene que saludarlos de mano y dirigirles la palabra. Luego se repone al calor de los recuerdos, los amigos, los libros; pregunta, inquiere, aconseja, proyecta. Quiere que junte la obra de un gran poeta olvidado; hará él la presentación para editarse como los magnos tomos suyos de Losada. Poco a poco se van encendiendo. Nos lleva a su estudio, a ver sus libros incandescentes: las primeras Iluminaciones de Rimbaud; los Cantos de Maldoror del montevideano; Darío en pleno; libros raros, rarísimos: Los Raros, de Darío, en una edición inverosímil. Un encuadernador francés le ha grabado en el lomo, junto al pez de oro. 1906. Esa edición no existe: la segunda es de 1905, la primera de 1896. Se trata de un riquísimo error. Pablo tiene el único ejemplar de la primera que he tenido en mis manos. Con alegre humildad generosa, me pide que le escriba unas líneas notariales sobre el hallazgo en la página última. Ya están. Ahora debe ir abajo la firma del notario. Lo complazco. Qué gozo franco y risa en el ancho peso alto. Qué alegría neblí. Volvemos a los libros, rojos, viejos, queridos. Voy diciendo los versos finales de su Canto; no imagina que sepa tanto Neruda el recién llegado. Se lo explico en anécdotas: “La antigua juventud gongorinera / tornádose ha nerudataria.” Me hace casi un elogio: “Pero tú no nerudeas”. Nuevas risas. Llega de pronto un español que estuvo en la cárcel de Ocaña con Miguel Hernández. Cuenta su cuento. Nos despedimos tristes. Toma mis manos en las suyas y repite la promesa.

3. Pesadilla en Isla Negra. 20-IX-1973

En las manos del día, fin de mundo. Frankestein y sus hijos, disfrazados de auténticas hienas y chacales, después de dentellar, patear y destruir a todo Chile, destruyeron la casa iluminada de Santiago, la que Neruda había edificado en San Cristóbal. No salieron del zoológico vecino, sino de los cuarteles, de sus puercos despachos, con las fétidas órdenes en los dientes rabiosos, para que no quedara nada de su memoria, de sus reliquias de hombre gustador de la vida. Ahí lo velaron en su muerte vivísima. Pero para que no quedara nada de su nada fueron a perseguir su único tesoro, que era también de Chile, aquella casa junto al mar de Isla Negra, como que el hombre era la predicción de su negrura. Volcaron anaqueles, quebraron los recuerdos y los mascarones, machacaron la colección de caracolas, rompieron los retratos y los cuadros, las cartas y los besos. Y para que no quedara rastro humano, incendiaron los libros boca abajo, inundaron de pocilga la biblioteca toda, a Chile entero en esa biblioteca. Enemigos del libro los analfabestias. Más bestias que las bestias, porque éstas no osan tocar el lomo de su cuero cuando guardan la letra, el fierro impreso. La bestia suelta no entra en casa deshabitada. La bestia salvaje no se traga dibujos de Federico ni de Picasso ni de Soldi ni de Rossi. La bestia bestia no come libros de Shakespeare ni de Éluard ni de Montaigne ni menos de Neruda. Para sólo morderlos y roerlos tiene que ser apocalíptica bestia, la pocamadre bestia. Bestia bestial pestilencial, lo poco. Y que no me vengan con el cuento que todo o algo se podrá reponer: aquí se perdió todo, inclusive el honor, el honor del género humano entero toditito, a pleno sol, en las manos del día, fin de mundo, de mundo inmundo. Y si hay otro mejor, que así no sea, que lo digan.

 


Sobre un ejemplar de contemplaciones...

 

Libro mío, ya saliste a envejecer
sujeto al pudor y la amistad, oculto
entre violetas, eras tan intangible
como luna; hoy eres mueble o cosa,
ignorancia o lujo del ocioso, rencor
del sabio, alacrán de perfume
en la camisa del maldito, incendio
de mi casa, secreto que he vendido,
delación de mi alma, amor o escándalo.
Y otra vez intangible, inmarchito
en las sienes de fiebre del amado
lector que te adquirió venalmente.
Mujer que el amor echó de ganar
amigos de toda condición, sin querer
darás al inocente un poco de temor.
Al dañino, la sabida intención.