Disposición de viaje



Tercera clase
Conversaciones en el bar



Tercera clase

 

                              El tren mixto de Madrid salía de Valencia a las
                              dos de la tarde. No recuerdo nada de las
                              particularidades de este remoto viaje. Lo que
                              recuerdo es arbitrario. He soñado una vez
                              en tal viaje. Lo soñado se sobrepone
                              tenazmente a lo auténtico. En lo soñado hay
                              pormenores absurdos... No me es posible
                              por más esfuerzos que hago separar esta
                              mampara del sueño para ver lo verdadero.
                              Lo irreal tiene más fuerza aquí,
                              más valencia aquí –valencia, por validez, dice
                              Gracián– que lo real. Así sucede muchas veces
                              en la vida. Y gracias a tal sustitución absurda
                              la vida suele tener, acá y allá, a pedazos, su
                              encanto. Hice el viaje en tercera. No sé
                              nada más. Si los que evocan su pasado
                              confesaron con lealtad las fallas en la
                              memoria, lo recordado tendría más valor.


                                    Azorín, Biblioteca Nueva, Madrid, 1941, II.

 

Vamos en tercera, de Madrid a Valencia, por eso de Las Fallas. Y arranca el tren con gran estrépito español, antes de tiempo. Hace hambre al parecer, pues todos se han puesto a hurgar en sus atados y sacan panes y hogazas y facones para cortar peligrosamente el de cada día. Mechan el corazón con longaniza, morcillas, jamón serrano o queso ratonado. Los precavidos traen sardinas y merluzas o tortilla de patatas para el come que te come. No llegamos a la primera estación y ya hemos devorado un metro de pan con su aderezo –porque me han convidado con gentileza–. Que el americano se va a morir, darle algo. Y dale con el americano; y pasarle también la bota de vino juguetón. Se oyen cantos o parecen cantos con el vino. Ahora, a los postres, el americano va despacio con las naranjas, unas de oro valencianas, marcadas con un superfluo sellito de tinta roja que dice Valencia, que con el zumo manchan los dedos a su antojo. Ronda el vino en el canto y cada quien canta su cual canción de su región, que es la mejor y que le da por el culo a todas las otras. Y ahora a darle: Que cante el americano, que cante el americano. Y alguno muy sabido agrega: ¡Pero en inglés! Y el americano, haciendo de tripas lo que son, saca el alma a rodar y da de sí un romance del Conde Dirlos, que no habéis oído, aprendido de niño allá en su tierra, después del mar, con música de Mudarra o de Flecha el Viejo, Cancionerillo llamado jardín de amantes, sin pie y sin fecha. Y Moñino, que lloraba de risa.

 


Conversaciones en el bar

 

Dicen que lo maté, lo oí en La Habana; pero nadie quiso decírmelo a mí solo. Esperaron el teatro lleno y lo gritaron a pedradas, con huevos podridos y tomates. No dicen que lo maté, técnicamente; sino que lo vendí, que lo entregué en mi casa, entre sábanas blancas. Sí, Granada andaba loca en busca de colores. Azul y rojo, rojo y gualda en las banderas, por los arrayanes, las arreboleras, en el carmen de Falla, husmeando fuego ritual y sangre en los rosales. Ruiz Alonso, mascando un clavel negro entre las fauces lo mandó a perseguir y nos buscaron casa por casa, porque la nuestra era toda Granada y allí me lo encontraron, ya pálido, los sayones de tricornio. Mis hermanas le llevan camisas y holandas con alhucema y azahares. Allí los sayones se están rifando sus vestiduras. Allí se oyó que yo era él y que esa misma noche me matarían. Y Ruiz Alonso, chafando su clavel, mandó hacer fuego sobre la L azul de Luis en la pijama.