Réquiem del obsceno (1963)



Tan sólo bastaría que la noche
pisara los acérrimos jacintos,
las bestias del perfume
vaticinaran por tu boca
cómo la soledad es un espejo
de la podredumbre verbal.
Tan sólo bastarían tus palabras
para guardar el trono del obsceno.

        Vuelvo a morir después
        de tanto tiempo de andar vivo.
        ¡Resucítame, valerosa!
        Pasa tus dedos por mi frente y di:
         “¡Eyacula!”

Entonces empezó la tierra a sacudirse.
Mas nosotros seguimos caminando
el camino de la reconstrucción.
La minuciosa obra terminada,
aún la tierra se movía.
Entonces, encubiertas las vergüenzas,
huimos a no recuerdo dónde.

        Como el gato negro es la soledad
        que yo acaricio en las rodillas;
        se parece a ti, que también
        en mis rodillas, desperezas
        la pequeña lujuria.

Indescifrables eslabones
de diamantes arman los muros,
engarces de granito
entraban su porfiada resistencia
pero no más que la animosidad
con que tú, lujuriosa,
reclamas mis jugos secretos
traspuesta la pared de la fatiga.

        Si tú realmente me quisieras
        y no tan sólo pena produjeran
        a tus ojos mis llagas,
        nunca más volverías a vestirte.

Ya no valdrá jamás ¡Dios mío!,
buscar la música en las piedras
expósitas: los ríos
roen el tiempo deslavándolo.
Sus palabras son cínicas y sordas.
Pero nunca más que la contrición
interminable del obsceno.

        ¿Has visto al marzo doblegar al hierro,
        rojo de orgullo aún, sobre los yunques?
        ¿Has visto cómo a golpes lo reduce
        a límites de forma,
        embriagado de líneas mientras hace
        la dócil rigidez
        su juego de ornamentaciones?
        Mis serafines y ángeles, dulcísima,
        sólo aspiran a ser el hierro
        que tu fragua enrojezca.

¿Que aprisionas a Diógenes
entre las piernas —dices?
Yo no lo creo; tú no buscas uno
sino una legión de hombres
que aviven la voracidad
de tu linterna.

        Es que no soy lo que soy,
        lo que aparento.
        Sólo un olor me identifica.
        Yo soy apenas la ficción
        nocturna de tu sexo que me piensa.

En ti miran al cómplice
de sus nocturnas fechorías:
el ladrón cifra en ti sus asechanzas,
también sugieres la emboscada al áptero
soplón y al asesino.
¿Algún día el amor que te profeso
podrá cambiar tus aficiones
de Santa Juana de las cloacas?

        Buenos días, señor.
        Amante trébol, apacible toro,
        buenos días. Decías
        “buenos días”, mas ya no te escuchaba.
        Andaba en el rebaño de las cosas
        alzándole las faldas a la muerte.