Las pascuas del tiempo


Plenilunio

 

En la célica alcoba reinaba
un silencio de rosas dormidas,
de tímidas ansias, de ruegos callados,
de nidos sin aves, de iglesias en ruinas;
mas de pronto se siente que salta,
que salta agitado, que llama o palpita,
el vital corazón de una virgen:
campana de fuego que al goce convida.

En su lecho de escarchas de seda,
cual cisne entre espumas, la virgen dormía:
¡eran alas de su ángel custodio
los leves encajes de la alba cortina!
En su boca entreabierta mostraba
una hermosa y extraña sonrisa
que la noche anterior en sus labios,
pensando en un rezo, quedóse dormida.

Miréla y de pronto quédeme extasiado,
admirando sus formas benditas,
y sus senos: ¡las cúpulas blancas
del templo de carne de Santa Afrodita!
—¡Besadla, Poeta —me dijo mi Musa—,
panal es su boca, bebed ambrosía
y sea la lengua de ardientes rubíes
la hostia de fuego de su eucaristía!

Su frente tan blanca, tan pálida y tersa,
semejaba la página nívea
en que Psiquis pintaba sus sueños
con sangre nevada de rosas lascivas…
Yo miraba en sus curvas ojeras
las sendas que atraen, las sendas prohibidas,
las manchas sensuales, los arcos de gloria
¡que adoran la eterna ciudad de la Vida!

Mi Musa me dijo: Pedidle a Cupido
su flecha de fuego, su flecha divina:
¡en el cuerpo sensual de la virgen
hay dos aves muy blancas, dormidas!
Oh Poeta, la virgen os llama;
que sea su cuerpo la lúbrica lira:
los ritmos más dulces los tiene su boca.
¡Su aliento es un verso de blanda armonía!

¡Oh luna de amores! Fogoso y brillante
radiaba en la noche de sedas bruñidas,
en el bosque de sombra, aromado,
que el negro cabello tendido esparcía,
semejando la Venus de fuego,
esa reina de crencha encendida,
que es fúlgido faro en el mar de las noches,
¡y blanca azucena en la frente del día!

Acerquéme temblando: la virgen
ostentaba la misma sonrisa
que es novia del beso y hermana del llanto,
que es pena y reproche, palabra y caricia;
ostentaba las mismas ojeras:
las sendas que atraen, las sendas prohibidas,
las manchas sensuales, los arcos de gloria,
que adornan la eterna ciudad de la Vida.

¡Gran Dios! Ya eran ríos de vino mis venas,
serpientes mis brazos, serpientes mordidas.
¡Mi fatal corazón se agitaba
cual fiera convulsa sintiéndose herida!
¡Y, oh solemne momento, oh milagro;
apenas la virgen despierta y me mira,
la fiera y las sierpes quedaron exánimes…
y sólo un arcángel sus alas batía!