Nota introductoria

No es fácil definir en pocas palabras, ni temática ni estilísticamente, la poesía de Ángel González:* una poesía que procede de estímulos muy diferentes y desarrolla obsesiones de muy distinto signo, expuestas en formas y tonos también muy diversos. El propio Ángel González reconoce la influencia de poetas difícilmente conciliables: Juan Ramón Jiménez, Gabriel Celaya y César Vallejo. Al primero le debe el gusto por la obra bien hecha, "amorosa, artesanalmente trabajada", y cierto impulso lírico e idealizador de estirpe romántico-modernista del que él trata de distanciarse con frecuencia por medio de la ironía y la parodia. De Gabriel Celaya, y muy especialmente de su heterónimo Juan de Leceta, aprendió una lección de signo opuesto: la validez, o la necesidad en el momento en que empezó a escribir, de lo cotidiano, tanto en el plano de la expresión como en el de los contenidos: la lengua coloquial, hablada por todos, utilizada como material de escritura, y la realidad circundante más próxima como tema o motivo del poema. El ejemplo de César Vallejo le ayudó en sus intentos de distorsionar o deconstruir tan prosaicos y heterogéneos materiales para hacerlos reaparecer en imprevistas proporciones y asociaciones, que, además de producir sorpresa y deslumbramiento, o tal vez por ello, traducen de modo muy inmediato las actitudes emotivas del poeta.

Pero esas premisas literarias no bastan para justificar lo que es la poesía de Ángel González, que cree que "poesía y vida no son entidades incomunicables", y que piensa que sus vivencias están siempre en la raíz y el origen de su escritura.

Por ese lado, por el lado de la vida y de las circunstancias históricas que la definieron (la guerra civil de modo muy especial, y el largo y difícil periodo de la posguerra y la dictadura franquista) le viene a Ángel González su veta de poeta social y comprometido. La entrega a una escritura que, dicho otra vez con sus palabras, obedece al intento de "clarificar el caos, de desvelar o denunciar las imperfecciones de la Historia, de testimoniar el horror en el que me sentía inmerso", más que una decisión dictada por la conciencia de un deber moral, fue consecuencia de "Los inevitables condicionamientos de mi biografía, tan desproporcionadamente nutrida de elementos que pertenecen a la Historia con mayúscula, a la Historia de todos" (Ángel González, Introducción
a Poemas, Editorial Cátedra).

Esa parte de su obra justifica que José Olivio Jiménez haya ejemplificado en Ángel González el paso de la poesía social, surgida tras los primeros años de la posguerra, a la poesía crítica, expresión que ha llegado a definir la peculiar aproximación a la temática civil de muchos de los integrantes de la llamada Generación del Medio Siglo (Gil de Biedma, Valente, J.A. Goytisolo, entre otros). Se trata de una poesía en la que lo épico deja espacio a lo reflexivo, y en la que la palabra poética delata la presencia de un personaje concreto, define una voz plenamente individualizada que expone las contradicciones y la interacción que se producen entre el "yo" y "lo otro", entre el deseo y una decepcionante realidad.

Nunca abstracta ni elaborada a partir de ideas generales, lo que puede haber, y hay, de componentes críticos o éticos en la mejor poesía de Ángel González no es algo añadido ni obvio, sino una cualidad desprendida naturalmente del poema, cuyas palabras implican, sin enunciarla de modo directo, la evaluación moral de una experiencia.

Y esta observación es válida no sólo para su poesía civil, sino también para la erótica-amorosa, o para la que plantea una de sus obsesiones más reiteradas: la comprobación de los devastadores efectos del paso del tiempo, que en el fondo supone una meditación sobre la muerte. El amor a la vida, la piedad por lo que ha sido y el tiempo desvanece, explican el tono que caracteriza a muchos de esos textos: "entre la nostalgia y la elegía", dijo de ellos Ángel González, "estos poemas dictados por el miedo".

En el tratamiento de temas tan variados, la voz de
Ángel González pasa de la decepción a la esperanza, de la afirmación al escepticismo sin encontrar definitivo asiento en ninguna de esas actitudes. La ironía, uno de los recursos definidores de su estilo, le permite conciliar ésas y otras contradicciones, introduciendo el principio de la negación en sus enunciados afirmativos, y viceversa: la esperanza es una araña negra a cuya mordedura entrega su corazón; el tiempo más irrelevante, al convertirse en "ayer", se transforma en "el día incomparable que ya nadie, nunca, volverá a ver jamás sobre la tierra". Cuando las contradicciones son irreconciliables o demasiado violentas, la ironía suele resolverse en sarcasmo o en chiste, a los que no escapa la materia misma de su trabajo, la palabra, el lenguaje, que para un poeta exigente puede resultar tan decepcionante y hostil como para el hombre la cruda realidad. De esa última decepción, y también, en un momento dado, de la "conciencia de la inutilidad de todas las palabras", brota la veta de antipoesía que ha llegado a configurar un constante contrapunto con los poemas más intensos o de tono más grave.

Para completar, aunque de modo muy insuficiente, la semblanza del poeta Ángel González, habría que hablar también de su ambición de claridad. La búsqueda de la palabra precisa para expresar con justeza o nitidez el alcance de sus intuiciones es en él otra obsesión. La escritura clara y precisa facilita la tarea al lector en la medida en que le ofrece, o más bien le impone, una manera de ver o de entender el poema. En cambio, en la otra vertiente del texto, en la que corresponde al escritor, el riguroso control de la lectura supone la máxima dificultad, sobre todo cuando el poeta conoce y quiere evitar los riesgos que tal empeño supone: la simplificación empobrecedora, la obviedad de los significados. Nada de eso se advierte en la poesía de Ángel González. Porque la lectura por él impuesta, que llega a ser inevitable, no explica todo el poema; tampoco es la única, no impide otras, incluso las propicia siempre que no destruyan el núcleo significativo que a él le interesa comunicar. El poema dice lo que el poeta quiso decir, pero también bastante más. Y esa amplia zona de signifi
cados posibles que las palabras desprenden por añadidura, efecto unas veces intencionado y otras imprevisto, es lo que enriquece al texto y le da ambigüedad. La claridad de Ángel González es, por lo tanto, engañosa, aunque el margen de ambigüedad, a veces muy grande, no sea en él consecuencia del hermetismo o de la imprecisión, sino resultado de la polivalencia de la palabra creada o recreada; ambigüedad por exceso, no por defecto de los significados.

La reflexión dentro del poema sobre el hecho de la creación poética es otro de los temas recurrentes en la obra de Ángel González. La antología de sus versos se abre con cuatro breves textos publicados en 1976 bajo el título de "Metapoesía"
(en Muestra de algunos procedimientos narrativos…), que vienen a prolongar y a confirmar en la voz del propio poeta algo de lo que se dice en esta "Nota introductoria".
 


Susana Rivera


* Oviedo, 6 de septiembre de 1925; Madrid, 12 de enero de 2008. (N. del E.)