Nota introductoria

 

La tradición poética peruana de nuestro siglo tiene dos figuras tutelares: César Vallejo y Martín Adán. Por contraste, por continuación o por enriquecimiento de los legados de Vallejo y Adán, gran parte de la poesía que se escribe en el Perú está sólidamente enraizada y posee un robusto sentido polémico. Las raíces de la poesía peruana se airean frecuentemente a la brisa de las discusiones; éstas aparecen de modo explícito o se ventilan de la mejor manera: en las páginas de los textos, en los versos mismos. No sólo la poesía sino la literatura peruana en general se han pensado a sí mismas constantemente, como lo prueban los libros de José Carlos Mariátegui y de José María Arguedas. Los novelistas y prosistas peruanos forman parte orgánica de esta evolución; la sola mención de Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro lo muestra con amplitud.

Vallejo y Martín Adán, entonces. Lo cierto es que el Perú es un país de una riqueza poética sorprendente en América Latina. La generación en la que Antonio Cisneros (Lima, 1942) destaca en un lugar central continúa ese caudal, ese movimiento; entre los nombres citables de ese cúmulo generacional están los de los poetas Rodolfo Hinostroza, Mario Montalbetti, Mirko Lauer y –un poco más joven– Vladimir Herrera. La centralidad de la poesía de Cisneros en esa generación consiste en una muy amplia libertad expresiva, lo que no es poco decir en el país de Vallejo. Hinostroza sería, al lado de Cisneros, el otro poeta innovador o vanguardista de esa generación; sus dos respectivos primeros libros formales lo confirman, en la medida misma en que se integran en una tradición de ruptura, con la cual al mismo tiempo –y con el mismo impulso– crean otras condiciones y subvierten contextos: Contra natura, de Hinostroza, y Comentarios reales, de Cisneros, modifican con enorme energía la "legibilidad" de la poesía peruana moderna.

Antonio Cisneros ha vivido muchos años fuera del Perú. Para su formación fueron especialmente importantes los años pasados en la ciudad de Londres, donde preparó –seleccionó, prologó, anotó y tradujo con un sello muy personal– una copiosa antología de poetas ingleses modernos que dio a conocer en Barcelona la editorial de Carlos Barral. Cosmopolitismo: un poeta peruano traduce poetas ingleses y los da a conocer en una editorial española. Francia, Alemania, Estados Unidos y Hungría han sido también lugares de residencia para Cisneros. Su experiencia de viajero latinoamericano no es menos grande: Cuba, Nicaragua y México son países a los que ha viajado con regularidad. En Cuba, además, obtuvo el premio de Casa de las Américas en 1968, por su libro Canto ceremonial contra un oso hormiguero; en Nicaragua le otorgaron el premio Rubén Darío en 1980 por la Crónica del Niño Jesús de Chilca; en México, en fin, el Fondo de Cultura Económica recogerá muy pronto su obra poética reunida en un solo volumen.*

La innovación no equivale necesariamente a la vanguardia: ésta indica una posición beligerante; aquélla forma parte natural en el desarrollo de un proceso histórico y cultural. (Vallejo, innovador, luego recuperado por sucesivas vanguardias latinoamericanas, era ferozmente antivanguardista en 1927, es decir, en la época dorada de las vanguardias del siglo veinte.) La vanguardia es la zona explosiva de la tradición de la ruptura; la innovación es la región críticamente activa de ésta –más serena pero no menos severa que la vanguardia–. Ni que decir tiene: no hay innovadores o vanguardistas en estado puro; menos caso todavía tiene investigar cuáles son "mejores" que otros. Hinostroza ha sido un poeta más vanguardista que Cisneros; su Contra natura (1970) fue un libro que terminó de naturalizar –como ironía de su propio título– el pastiche o collage poundiano en las letras latinoamericanas, después de los largos poemas narrativos y/o documentales de Ernesto Cardenal en esa tesitura; años después de ese libro de vanguardia, Rodolfo Hinostroza escribió un libro sencillísimo, conmovedor y lleno de inteligencia: el confesional e inclasificable (en términos de género) Aprendizaje de la limpieza, digno de figurar al lado de los libros de Rilke (Cartas a un joven poeta) y de Paz (El arco y la lira) en las bibliotecas de los poetas. Cisneros es innovador, en cambio; tiene un temperamento más clásico y a la vez no menos cosmopolita que el de Hinostroza. En ese temperamento clásico se anima, también, un talante conversacional y confesional. En este último doble sentido (conversación/confesión), han quedado indeleblemente impresas, en la poesía cisneriana, las huellas de abundantes lecturas en lengua inglesa –y no sólo poéticas, sino de todos los géneros–. El yo cisneriano es, con todo, en la latitud confesional de su obra poética, un personaje muy poco novelesco o autobiográfico: es un poderoso pronombre personal, es decir, una partícula generadora de poesía, una particularidad de su poesía, una fuerza poética. Cisneros crea un ciclorama verbal, como todos los buenos poetas, y contra esa superficie proyecta las figuras –dramáticas, trashumantes, irrisorias, fabulosas, cotidianas– de sus imaginaciones. Una de esas figuras lleva delante de sí, como una palmatoria, anunciando su peculiaridad, el pronombre yo.



Quien quiera tener una idea de la importancia o difusión que tiene la obra de Cisneros, que consulte la edición de Emecé de la novela de Sidney Sheldon El capricho de los dioses (que puede adquirirse, junto con los otros títulos de este autor, en los expendios de best-sellers), página 66. Ahí, en esa novela, y dentro de ella en el departamento de un personaje, se descubren cuatro libros: de Jorge Amado, de Ornar Cabezas, de Gabriel García Márquez... y De noche los gatos, de Antonio Cisneros. (Llama la atención la falla del traductor, que no sabe que At Night the Cats es una antología de Cisneros que apareció en los Estados Unidos con ese mismísimo título, en edición bilingüe; y que, en todo caso, debía haberle puesto el título correcto, retomando el original en castellano, que vendría a ser Por la noche los gatos.)



En el contexto latinoamericano, la obra poética de Antonio Cisneros se cuenta entre las más originales y enérgicas, entre las que con más consistencia han hecho eso que cuesta no poco trabajo: construir un mundo propio, luego de viajar cuidadosamente por muchos mundos ajenos o, por lo menos, lejanos. En los términos de la tradición de la ruptura, la poesía cisneriana tiende un puente con la poesía peruana –y latinoamericana– del siglo que viene; asimismo, destruye sus vínculos con la poderosa –y recentísima, en términos históricos– gravitación de la escritura poética de César Vallejo, uno de los founding fathers, al tiempo que la renueva y enriquece. No es fácil habérselas con figuras como la del cholo lunar muerto en París un viernes (no jueves) del 38.

Gracias a que en el Perú hay poetas como Antonio Cisneros, podemos leer hoy con más libertad a César Vallejo y a Martín Adán, creadores contra los que aquél se ha rebelado con toda la violencia leal –serenidad severa– que merecen semejantes poetas.

 

David Huerta

 

* La primera edición de este Material de Lectura data de 1989. En efecto, ese mismo año, el Fondo de Cultura Económica publicó la poesía reunida de Cisneros en Por la noche los gatos. Poesía 1961-1986, en la colección Tierra firme. (N. del E.)