Nota introductoria
 
 

Hablar de un árbol es hablar de sus raíces. Jaime Labastida pertenece al que se conoce en la historia de la literatura mexicana como el grupo de “La espiga amotinada”, reunión de voces que emergió en 1960 en el panorama de esta historia con el volumen colectivo que lleva ese nombre.

Como uno dentro de otros rasgos que configuran lo que podríamos considerar la “propuesta” del grupo –nunca planteada programáticamente– está su afán por ligarse de un modo explícito al contexto de aquellos años (signado en el plano nacional por la huelga ferrocarrilera del 59 y en el internacional por la revolución cubana), e imponerse la tarea de desacralizar el ejercicio poético, restituyendo sus vínculos con las necesidades populares sin mengua del amoroso cuidado orfebre del lenguaje.

La poesía de Labastida es una poesía singularmente compleja: une a una evidente densidad intelectual un desusado sentido del ritmo y de la imagen. Sonora y significativa, esta poesía aparece entretejida por un intenso acento lírico: es muy informada, muy culta, y, al propio tiempo, de una gran emotividad. Labastida cultiva, además, un manejo riguroso del verso, una destreza técnica heredera, acaso, de Díaz Mirón (“Un cuervo azul sobre el azul desliza/ su vuelo duro contra el bosque ausente./ Pastan caballos en el bosque magro./ El ala luz de la paloma leve/ silba un látigo dulce/ y aroma el aire el vuelo”).

A partir de sus más recientes libros de poemas, La-bastida usa, en ocasiones, una estructuración del poema que podríamos decir que sigue la técnica del collage, pero de una manera novedosa: elaborando un montaje entre textos ajenos y propios (los ajenos son los dichos por los “personajes” de los poemas, aun cuando su textualidad es a menudo modificada por el poeta); dicho montaje se dinamiza por oposiciones: oposiciones de conglomerados verbales. Por supuesto que no utiliza este tipo de conformación en todos los poemas: algunos evocan la estructura de una composición musical, otros se cumplen libremente. La unidad de lo diverso que persigue esta poesía, la concreción artística a la que aspira, exige lectores atentos.

Jaime Labastida nació en Los Mochis, Sinaloa, en 1939. Sus libros de poesía son El descenso, en La espiga amotinada (1960), La feroz alegría, en Ocupación de la palabra (otro volumen colectivo, de 1965), A la intemperie (1970), Obsesiones con un tema obligado (1975), De las cuatro estaciones (1981), y Plenitud del tiempo (1986), en donde se reúnen los dos libros anteriores y otros poemas.* Para la presente muestra se ha elegido un criterio temático: poemas sobre la muerte, en torno suyo o por su culpa. En el prólogo a su antología El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana, Labastida señala:

 

Ningún poeta lírico se enfrenta a la muerte como si fuera una entidad abstracta y difusa, sino como a la encarnación, súbitamente dolorosa, que el rostro descarnado de la muerte asume en un semejante (y si es una persona amada, más semejante aún) o en la posibilidad de que nuestro mismo rostro llegue a ser una de las muecas de la muerte.

 

En los poemas de esta muestra la muerte asume distintos rostros y distintas dimensiones más allá de los rostros: está presente en el cosmos y en la cotidianeidad, en la dialéctica de la vida misma. Hay en estos poemas una visión lúcida, dolorosa y profunda de la muerte. Pocas veces en la poesía este tema aparece, como aquí, tan rodeado de elementos múltiples y diversos: química, física, cibernética, política, sensualidad, son, en estas piezas, dimensiones que resignifican el ámbito temático elegido y lo enriquecen. Si es cierto, como se dice, que después de leer un buen poema amoroso, se ama de una manera distinta, después de la lectura de esta selección se puede aprender a morir con una dignidad más alta; con la conciencia, además, de que la existencia misma de estos poemas constituye un territorio más que la vida ha conquistado en contra de la muerte.

 

Eduardo Casar


*Otros libros de poesía de Jaime Labastida posteriores a la primera edición de este Material de Lectura (1989) son Dominio de la tarde (1991), Animal de silencios (1996), Elogios de la luz y la sombra (1999) y La sal me sabría a polvo (2009). (N. del E.)