Un año, otro año

 

El que durmió largo tiempo
despertó en la fría tarde,

foráneo y solo
en el sur donde nace la lluvia.

Juan Cunha



I

En el confuso caserío
la luna escarcha los tejados.
El río echa espumas
de caballo enfurecido.
Se extingue una nube rojiza
que es el último resplandor de la fragua.

Nadie mira hacia las ventanas
después que el día huye
entre las humaredas de los álamos.
Ha huido este día que es siempre el mismo
como la historia contada por el anciano que perdió la
[memoria.

Termina el trabajo. Y todos: miedosos avaros
que alguna vez disparan contra las sombras del patio,
carpinteros ebrios, con las ropas aún llenas de virutas,
ferroviarios enhollinados, pescadores furtivos,
esperan en silencio
la hora del sueño pronunciada por relojes invisibles.

Nadie mira hacia las ventanas.
Nadie abre una puerta.
Los perros saludan a sus amos difuntos
que entran a los salones
a contemplar el retrato
que un domingo se sacaron en la plaza.
El pueblo duerme en la palma de la noche.
El pueblo se refugia en la noche
como una liebre asustada en una fosa.

II

Bebo un vaso de vino
con los amigos de todos los días.
Gruñe desganada la estufa.
El dueño del Hotel cuenta las moscas.

Los desteñidos calendarios
dicen que no se debe hablar.
"No se debe hablar", "no se debe hablar"
repiten las moscas, la estufa, la mesa
donde nos agrupamos como náufragos.
Pero bebemos mal vino
y hablamos de cosas sin asunto.

III

El viento silba entre los alambres del telégrafo.
Malas señales: aullidos frente a una puerta que nadie abre
Y tras la máscara del sueño
me espera el día que ahora creo abandonar.