IV (fragmento de Crónica del forastero)



El viento y el miedo golpean los muros.
Se ha ido el relámpago del caballo del alba.
Uvas marchitas sueñan con el vino
donde podrían resucitar.

La muerte,
esa manzana llevada por la bruja,
y ahora golpea los muros
sin dejarnos dormir.
La muerte será una hoguera
junto a la cual nos agruparemos.

Quizás alguna vez he muerto. Y era otro
el que alejándose de la cocina huérfana
donde los duendes echaban de menos
a aquélla de la que ocultaban ollas y sartenes,
deletreaba el nombre de la Agencia de enfrente
mientras oía el chirrido de la soldadura del ataúd.

Llegaba hasta la calle el runruneo de los rezos.
Los tíos salían a tomar una cerveza antes de seguir el
[cortejo.
Es largo el camino al cementerio.
Los visitantes miraron por última vez la cara de la muerta.
("Un niño se murió y lo sembraron" oí decir a una niña
[de cuatro años).

Yo sabía que alguna vez se lloraría por mí mismo.
Todos seguimos alguna vez nuestro cortejo
y hemos resucitado tantas veces
en el moscardón que ronda las casas.
Todos hemos estado
en el puñado de tierra
que lanzamos por primera vez a ese ataúd.