XIV (fragmento de Crónica del forastero)



Somos los ociosos que en la tarde
se reúnen en la plaza.
Entraremos a ver las llovidas películas que llegan de
[provincia.
Canta Jeanette MacDonald y responde Nelson Eddy.
Reímos con Laurel y Hardy. Y de pronto
"El Muelle de las Brumas" y "Grandes Ilusiones".
En los barrios bajos, negras ollas sin fuego.
Se habla del Centenario del Manifiesto Comunista.
Hay campos de concentración y un Fantasma recorre el
[mundo.
Un zapatero nos presta libros y diarios perseguidos.
Sabemos –más allá de las puertas que se empujan
[o cierran cada día–
más allá del parloteo alrededor de la sopa de cada día
cuando en la mañana vemos la hierba encanecida
y quebramos la escarcha de la jofaina,
que se debe esperar, esperar.
(Teníamos años y años por delante
y esperanzas y esperanzas como las calles interminables
y las estrellas sobre nuestras cabezas).
No soñamos con ser médicos ni abogados, ni empleados
[de banco.
Para otros está el pasear como tenientes
con las buenas muchachas del pueblo
(sin embargo, cuánto daríamos para que apareciera una
[mujer
en el frío lecho de estudiante).
Leemos a hurtadillas bajo el pupitre, o bajo las sucias
ampolletas de las pensiones a Dostoievsky, Jesse, Knut
[Hamsun…
Somos los que viven
al otro lado del río o de la vía férrea.

Tarde en la Feria de Entretenciones. Un frío viento
nos hace envolvernos en las bufandas. Miro
a la muchacha del Tiro al Blanco
que coquetea con los conscriptos. La rueda gigante
nos invita a huir del cielo y de la tierra.

La lluvia dispersa a todo el mundo, sin dejarnos ganar
ni una botella al juego de las argollas.
Un millón de blancas palomas de maíz
va a iluminar los sueños de los niños del barrio.

Adiós muchachos. A medianoche
esa canción en la victrola a cuerda del prostíbulo.
El dinero alcanza sólo para una cerveza
(remolino de turbina amarga dentro de la piel fría del
[vaso).

Estrellas tiernas
nacen entre los cerezos. Los caballos mojados
de los carabineros
dan topetones a los cercos. Una prostituta
habla de su novio y de su casa junto a un lago.
Otra discute su precio con un pastor evangélico. Adiós
[muchachos.

Esperábamos algo, sin duda,
algo entre las puertas que abríamos y cerrábamos,
cuando tras romper la escarcha de las jofainas
el día nos saludaba con un muro a punto de caer,
noticias de nuevas guerras;
algo al no creer en la rutina de los mayores
y escribir en los cercos por la paz, el pan, la libertad.
Crecían bajo nosotros raíces de nuevos mundos.

Ahora,
uno me escribe: Vivo en un pueblo donde me llaman
el loco y los niños me tiran piedras
cuando paso por las calles. Otros son oscuros oficinistas
y yacen en una pieza de pensión con toda su familia.
Otros explotan la Revolución que no quieren
y viajan a su costa por el mundo.
Otros sueñan con ser gerentes.
Otros duermen en vagones de carga y necesitan
tratamientos antialcohólicos y psiquiatras. Adiós
[muchachos…

Y yo
juego con los recuerdos
a la gallina ciega.

Abramos las manos:
las larvas son
mariposas blancas
volando sobre las tumbas
sobre las cuales jugamos brisca.

Veo un amigo tratando
de atrapar una trucha en el estero.
Hemos hecho la cimarra para buscar digüeñes.
Y dejamos que el cielo
libremente haga maduros nuestros rostros.
Nos reunimos en la afueras del Convento
que estuvo cerrado por el crimen de un cura.
Una muchacha se asoma entre los visillos de la ventana
[de enfrente.
Una muchacha debiera sonreímos.

¿Quién soy yo? ¿Quién pensabas tú que yo sería?
–Déjate de jugar a los recuerdos.
Aquí estás después de años y años.
De tantos días con olor a ropa mojada
y tedio infinito en las salas del Liceo.
De viajes de un pueblo a otro. De prostitutas que hablaban
de novios y casas a orillas de un lago. De horas
acodados en las vidrieras de los almacenes.
Y si yo hubiera sido un buen alumno, no recordaría
el olor a ilang-ilang –fantasma adolescente–,
las lágrimas por nada en estaciones vacías,
el cuerpo de mujer deseado en el cuarto de pensión,
el vino y la lectura compartida con los artesanos.

Vuelo blanco
de una mariposa que muere
entre habas nuevas.