Finalmente
 
 




Laura


Porque te palpo, mido, bebo, imploro,
poseo, infamo, calmo, quemo, dignifico...

Porque te colmo y no; te abraso y no;
te escucho y no; y no. Porque te quiero.

Y ni siquiera sé de cuanto tengo,
me tienes cuánto.

Y me olvido de mí, y en el espeso, vasto,
podrido bosque de los días me besas —sabia—
ignorando que anulas la obscena costra de los años
con el áspid que emerge del cielo de tu boca.

Quiéreme así —me digo a veces— aunque me partas
luego,
Laura, la madre, el rostro, el aire y el camino;
quiéreme así, aunque luego me rompas,
a gritos, dudas, pedradas, crucifijos...


Elisa


1

Cómo volver a percibir la escueta,
próxima caricia de tu vuelo
junto a la carcomida, densa,
lapidaria masa de mi cuerpo.
Cómo casar el ocaso y la aurora.

Cómo circunscribirte a mí
si estás abierta a la pasión,
a la esperanza, al fuego...

Recojo velas. Me sumerjo
en el vano resquicio de mí mismo.
La escueta nave masticada de orín,
sucia de tiempo, desarbolada.
debe encallar silente
y hacerse —¿importa cómo?—
al gris amargo del olvido.

2
(Mito)

Bajo los turbios goterones vamos
deshilando la tilma del recuerdo
Acaso sin quererlo el sueño pese más
en el mínimo claustro de tus días
que en la constancia amarga de los míos
Vives ajena y apretada al mito
y mi voz inasible se desgaja
y alienta vanamente entre las sombras
Tan sólo sé de ti y en ti me engarzo
cuando rescato de tu cuerpo el grito.

3
(Metamorfosis)

¿Cómo ayudar la desolada selva de los días
y protegerlos con una capa tosca invulnerable?
Quizá la clave sea desbaratar las horas
sin que su cisma —inhóspito, confuso, lacerante—
consiga altivo, señero dibujarse en el rostro;
dejar que vague —jugosa— la pulpa de la vida
cuánto más lejos de la negra avidez de los labios.

(Quizá la clave sea esfumarse por último
en la voluta, el canto, la esquila de tu aliento

4
(Líneas)

Hasta el mar y la tierra estoy de tan jodido
Donde fijo los ojos la voz se vuelve espanto
Entremezclo ilusiones que de pronto se esquirlan
Me duermo entre cristales machacando tu nombre
Nada sabes de mí porque de mí no es nada
Me mastico los huesos y me anudo las venas
Dices temerme cuando te escondes de ti misma
Deshago los caminos y te encuentro en mis hombros
Es inútil vivir cuando se ha muerto tanto
Yo soy el pedernal y me excavo tan hondo
Cómo querer si a gritos te quebrantan y a duelos.

Dame la voz

Dame la voz para escalarme a solas
y pueda hollar el fuego de tus ojos,
la canícula espesa de tu llanto.
Duérmete luego. Deja, en el sopor,
la caricia extremada de tu tacto
en el amargo hilo de mis venas.
Deshazte altiva a insultos en la noche
que yo sabré sufrir —tenaz— la estela
inhóspita, cruel de tus guijarros.
Duérmete ya. Desata en la espesura
la soberbia caricia de tu paso.
Dame la voz. Reúne las palabras
y arrójalas después desnudamente
al campo donde mueren las palomas.


Exilio
 

Nos colocaron en fila como semilla en surco fértil.
Nos midieron los pasos y —supongo— las intenciones.
"Solamente se puede —dijeron— llegar hasta aquí."
Agregaron: "Es conveniente indicar a quien se deba
las veces que se juzgue necesario —muchas sin duda—
lo profundamente agradecidos que están al Presidente
—nuestro Tata, el Tata a quien fallamos cada día,
pero eso sí (verdad de Dios, por ésta) sin quererlo—,
a nuestros jefes, a nuestro pueblo —a nuestra gente,
pues—,
por admitirlos entre nosotros vista —¿a qué engañarnos?—
la escueta nómina de naciones ganosas de hacerlo".

Soy también —¿a qué negarlo?— un jugador mediocre,
mas no ignoro —en puridad de verdad todos lo saben—
que hay juegos con reglas complicadas y otros con simples
Nos señalaron las propias con alarmante premura:
trabajar —o, en el caso de los menores, estudiar—
y no intervenir; callar, pues, respecto de tópicos como
política mexicana, lacras nacionales, Virgen
Santa de Guadalupe— Tonantzin, corrupción ambiente...
Hablar, de precisarlo, "de lo propio" para, por último,
—afinar los detalles de "la vuelta inminente a las raíces"
—matizar la estrategia a seguir —oh aromática minerva
del Papagayo, el Venecia, el Tupinamba, el Betis, el
Madrid...
—señalar "crudamente" lo que hicieron, debieron hacer,
dejaron hacer, durante la guerra —"nuestra gente"—
don Inda, Azaña, Negrín, Líster, Largo Caballero,
Miaja...
—llorar de inalcanzable unión, la cohesión imposible,
la diferencia —más y más acusada cada día—
de clases, profesiones, oficios, visión del mundo,
estado...
—rememorar la exacta geopolítica peninsular,
los topónimos, los planos precisos de las urbes
(ejemplo: ubicación de barrios, calles, plazas... de
Madrid)...
Pero ante todo trabajar, y el descanso llegado,
mover la metafórica cola en prueba de alegría
porque —semidesnudos— nos dieron ropa usada,
porque —a la intemperie— nos brindaron refugio
en internados y hospicios donde los otros niños
—hoy sí, mañana también— nos recordaban (ululantes)
nuestra condición de pinches refugiados de mierda
que nos tragábamos su pan, y, de haberlos, sus frijoles,
los cuales—al menos a mí, transcurridos los años—
aún se me atragantan —agrios— en el recuerdo.

Pero finalmente se han ido quedando en el sendero
—es un decir por no decir "osario", "huesa"—
los mayores, y poco tardaremos en hacer otro tanto,
y ya que deglutimos —se infiere— la parte leonina
de los alimentos propios de esta ubérrima tierra,
les serviremos al menos (agradecidamente)
a los hijos, los nietos de quienes nos refugiaron
de guano impar —inmejorable— para sus plantíos.



Ars moriendi

1

Durante muchos años
dije de la muerte
como quien habla
del perro ventrudo
sucio y distante.
Hoy, tan próxima y asible,
sólo tangencialmente
me atrevo a susurrarla
no quiera violentarse
y concluya el conteo.

2

Cuando cómicamente
dirijo la mano al pecho
como el más miserable
orador de plazuela,
siento —junto al dolor,
próximo al miedo—
el peso de mil actos
irrealizados.
¡Oh mierda!
Deshacerme en la nada
y sólo haber vivido
vicariamente.

3

Como el viejo agente viajero
tira de su maleta anciana
por los caminos —áridos siempre
de villas, pueblos y ciudades
perdiendo a su paso —deshojada—
la flor de la alegría,
así jalo yo del corazón
menos interesado cada día
y más y más renuente
a incorporarme en cambio
—al minuto que adviene—
menguado, apócrifo, torpe,
sirviéndole de blanco indefectible,
de blanco preso, de puro blanco,
a la siempre acerada flecha del dolor.
"Basta", grito. "Basta", se ha dicho,
mil y una veces,
el inerme, viejo corsario,
y sin embargo aún tira de su maleta,
y sin embargo aún digo de mi corazón
pensando que tal vez un día
no llegue la flecha a su destino,
o me atine por fin tan sabiamente
que no volvamos a repetir el juego.

4

Procuro ensordecer frente a la tibia
palpitación del tiempo que me arrastra.
No duermo más. Apunto. Rectifico.
Es inútil vivir, y sin embargo
trato. Escoria soy, hálito, ausencia...
pero defeco aún, respiro, grito...

5

Suenan de pronto
en medio de la noche
—jirones sonoros de luz—
pífanos y tambores.
"¡Alarma!", grito.
Aliento: "¡Al arma!"
Olvidé, no sé cómo,
que está mi plaza
—en medio de la noche—
sin redención posible.

6

¿Y cómo —corazón— cabrá negarlo?
Jalé de ti por la trillada Europa
como la anciana tira de su perra.
Y cómo —recuerda corazón partido—
se dio Venecia: palomas golfas;
palacios mustios; músicos heridos
por los años, el vicio, la quimera;
vaporetos; visitantes lombardos,
teutones y franceses; tiendas;
gondoleros hastiados de lo mismo,
del queso/fiambre/vino de la tierra,
del golpe acompasado de los remos
en las aguas turgentes y traidoras
que cercan, roen, queman la ciudad.
Muere Venecia como tú
—oh corazón—: menudamente.

7

Estoy en suma cundido de gusanos
y sólo monocorde toco la tecla
de la espera hilvanada en que me sumo
de este acceder en vano a la esperanza.
Alcanzo —en la gruta del sueño—
cuanta compensación me niega
—sabia, mezquina, inhóspita— la vida,
y destrozo, a puñadas y coces,
el torpe sacrificio en que me pudro.

8

Pasaron en tropel —atropelladas—
entre las dos palomas de tus manos
las mariposas. Te pregunté feliz
—¿soñaba entonces?— si eran el cuerpo,
resquicio, sudario de las almas,
de tanto caballero —águila, tigre—
o de príncipe todo unción y penacho—
muertos en la florida guerra.
¿Hubo respuesta? No sé. Quizá la hubo.
¿Será mi muerte —indagué presuroso
tornarme mariposa y reventar —desnudo—
en una caja de cartón acaso
o quizá en una de nogal y vidrio?
No —te dije entonces, ¿en el fragor del sueño?—
Déjenme estar. Que el polvo
vuelva al aire, el hueso al barro.
Que sea, en fin, el fin,
sin artes de abalorio, mitos,
resurrección, Tamoanchán, paraíso.