Nota introductoria

La prueba definitiva de que nos encontramos en presencia de un verdadero poeta —sentencia A.E. Housman— es que alguno de sus versos tenga el poder de erizarnos los pelos de la barba. Que conste: un verdadero poeta es capaz de producir este escalofrío cósmico, este contacto repentino y fugaz con la otra realidad, con la otra orilla o, para decirlo brevemente: con la Diosa.

Se ha dicho mucho: nada más fácil que escribir versos y nada más difícil sin embargo que ser un verdadero poeta. Pero ¿qué. es un poeta verdadero? Suena redundante y lo es, pero hay que volver a decirlo en este pobre tiempo en que el trono de la Musa es usurpado por un Apolo cada vez más hastiado de sí mismo, de su parafernalia de análisis lingüístico, de su domesticado ejército de "científicos literarios" y de los juegos malabares con que se intenta disfrazar de liebre a un gato enfermo.

Rubén Darío, un verdadero poeta, un poeta de la Musa, nació en Metapa, Nicaragua, el 18 de enero de 1867.

Rubén Darío: no un epigramista ingenioso ni un escritor satírico enamorado de la lógica, ni un "contenidista" al servicio de las ideas ni un formalista huero. Mucho más: un poeta.

Un poeta verdadero conoce el misterio bárdico a través de un conocimiento prelógico y poslógico, infralógico y supralógico que se llama intuición y se llama pasión y está antes y después, encima, abajo y a los lados de la razón.

Arde Rubén Darío en la cumbre más alta de la lengua española. El niño que escribía sonetos impecables, el joven que había escrito seis mil versos antes de publicar Azul, el hombre que sabía lo que traía entre manos y lo cantó orgulloso en las páginas cárdenas de las Prosas profanas; el poeta que pagó con el fuego su visión de la Diosa y escribió con carbones ardiendo sus dolores más hondos.

Un poeta verdadero es capaz de enamorarse absolutamente: de la Mujer, de la Diosa, de la Esperanza y de la Vida, aunque ésta envenene. Y es capaz por ello de cantarla. Ahí quedaron, para mayor gloria de la especie, los amorosos Cantos de vida y esperanza.

Se puede dar título de médico, de abogado y hasta de filósofo —dice don Juan Valera, el primer crítico español que vio a Rubén Darío— pero el título de poeta sólo por aclamación se alcanza. A Rubén Darío la aclamación lo alcanzó aun después de su muerte (acaecida en la ciudad de León, en su Nicaragua natal). La crónica de la época nos recuerda que su cadáver fue velado en la Universidad escoltado por las estatuas de Homero y Víctor Hugo. Los catorce templos católicos de la ciudad pusieron colgaduras negras. Las campanas doblaron una hora diaria desde el día de su muerte hasta la inhumación (varios días más tarde) con el toque funeral de los príncipes. El gobierno le tributó honores de Ministro de Guerra y Marina. Cada alumno de las escuelas leonesas depositó una flor frente al cadáver. Los trenes se dedicaron por completo al servicio de pasajeros para la manifestación de duelo. De Masaya llegó un tren cargado de ofrendas florales. A las cuatro de la tarde la ciudad encendió todas sus luces. La comitiva fúnebre se abrió paso en medio del más impresionante silencio. Se dijeron más de treinta oraciones fúnebres al paso del cortejo. Un crespón cubrió toda Nicaragua.

Rubén Darío está aquí, todo un siglo después, tocando la flauta del Gran Pan a pesar del intenso griterío de las trescientas ocas multiplicadas ad infinitum desde entonces.

Hay, todavía, perdonavidas reticentes (personal de servicio de las cohortes de Apolo, desde luego) incapaces de reconocer en Darío al verdadero bardo. Habrá que recordarles otra vez aquella invitación:

Saluda al sol. araña,
no seas rencorosa.


Sólo los verdaderos poetas producen con sus versos la reacción fisiológica que hace erizarse los pelos de la barba. Muy pocos, entre ellos, pueden lograrlo tantas veces como Rubén Darío. Vaya este cuadernillo como una prueba.

Rubén Darío murió el seis de febrero de 1916. Simplemente la Diosa lo quería más cerca: como constelación en su cielo privado.


Efraín Bartolomé