Quia hortulanus esset


Soy el obrero del silencio,
el más allá del ser humano,
la moneda que equilibra en tus manos
el oro del César.

Soy la inocencia del alba,
el frágil huevo al fondo del nido;
tan amplias como el infinito
son las arrugas de mi viejo vestido.

Más vendido que un esclavo
y, más que pobre, abandonado.
Soy el agua celeste que lava
la sangre por ti derramada.

Mis hermanos, los libros y los corderos,
como yo, no tienen defensor.
Yo protejo a los que claman
con una coraza de ternura.

Poco me importa que se me niegue:
soy el oscuro insultado
que siembra sudor de agonía
en los surcos del futuro verano.

Soy la nieve que prepara
la lenta eclosión del grano;
soy dos brazos abiertos,
madero viviente, diámetro del dolor.

A mi lado, la rosa eleva su inocente hermosura
y el seco madero se humedece de savia.
Bajo el negro árbol del Gólgota,
la Magdalena reconoce al jardinero
en las manos lastimadas del Dios que solloza.