Siete poemas a una muerta


T.S. Eliot y Juan Rulfo cantaron la condición fantasmal del ser humano que habita entre los muertos, el ser entre seres desconocidos que parecen vivos y cristaliza ecos, imágenes, reflejos venidos de otros lugares y otros tiempos. Marguerite Yourcenar reconoce la fuerza implacable y misteriosa del vacío inconmensurable que nos borra y nos llena de sentido, pero no ubica sus versos en una populosa metrópoli ni en una deshabitada ranchería, sino en el yerto cuerpo concreto del ser amado, donde la devastación es una ola infatigable, indiferente al llanto del amante.

Desorbitada ante la presencia de un cuerpo sin voz y sin gestos, impotente ante el hecho de que ya no responde a su dolor, inalcanzable a su deseo, el objeto de su amor es el latido de lo que fue y permanece ausente y mudo. Aferrada al doloroso aleteo de ese efímero milagro, Marguerite Yourcenar coloca ramitas de resignación y elevadas verdades en la frente de la angustia, penando de amor el cuello de la desesperanza, para hacer posible lo imposible y aceptar lo inaceptable.

Es difícil hablar de Eternidad y elevar nuestro canto contra la inevitable Nada. Los insondables ojos de la muerte rasgan como parvadas de palabras el velo de la Noche en que nos acunamos. El poeta alza su tallo desde los mórbidos pantanos que lo sostienen, melancólico ángel humano, y es capaz de morder con deleite en las carnes del Cosmos para probar el sabor del fracaso.


I

Cuando estaba por llegar, murió
Quien me esperaba, cansada de esperar.
Sus brazos abiertos volvieron a cerrarse
Legándome un remordimiento en vez de un recuerdo.

La plegaria, la flor, el gesto más tierno
Fueron regalos tardíos que nadie pudo bendecir.
Los muertos no escuchan a los vivos.
La muerte, cuando llega, nos junta sin unirnos.

Nunca conoceré la dulzura de su tumba.
Mis gritos, lanzados demasiado tarde,
Resuenan y se extinguen sin eco en la sorda eternidad.

Los muertos desdeñosos, forzados al silencio,
No nos escuchan llorar en el oscuro umbral del misterio
Por un amor que jamás existió.


II

He aquí la miel que fluye, pura, del corazón de las rosas,
El perfume, los colores, los suspiros amados.
Ya no sonríes por la belleza de las cosas;
Tus brazos, siempre abiertos y dispuestos, al fin se han
cerrado.

No volverás a sentir sobre tus párpados
El lento deshojar de largos sollozos perfumados.
Tu corazón se diluye en metamorfosis.
Yo llego, justo a tiempo, a perderte para siempre.

Como un triste extranjero, camino titubeante
Por el estrecho jardín donde otros contigo gozaron;
He aquí mis ojos, mis manos, mis pies que te buscaron.

Demasiado tarde llego... y me arrepiento.
Envidio a los que te amaron cuando aún vivías
Y supieron a tiempo que todo pasa.


III

Cuando debí acudir, sólo supe dudar;
Cuando debí llamar, callé.
Demasiado tiempo persistí en mi camino, solitaria;
Nunca imaginé que fueras a morir.

Nunca preví que fuera a secarse la fuente
Donde uno se refresca y se baña,
Ni supe que existieran en el mundo
Misteriosas frutas que maduran al morir.

Obstinada, siempre busqué en la ruta del sol tu sombra;
Ahora el amor es una palabra, el tiempo un número
Y mis penas chocan contra los ángulos de una tumba.

La muerte, menos indecisa, supo cómo acercarse a ti;
Si ahora piensas en nosotras, tu corazón debe
compadecernos.
Uno se ciega cuando muere una antorcha.


IV

Las estrellas son el fruto del verde ciprés
Balanceándose en la noche, al fondo del verano;
La vida única y desnuda a través de cien velos
Asume tu belleza para derramarse en todo.

El universo teje la eternidad
Y ensancha su tela como una araña monstruosa.
Tu amor, mi amor, nuestro corazón y nuestras médulas, Serán diferentes después de existir.

Pasamos medio dormidos bajo una inmensa puerta,
Para ganarlo todo nos perdemos en todo;
Una ola sin mañana nos arrastra y nos dispersa.

Los labios del corazón quedan siempre insatisfechos.
El amor y la esperanza nos fuerzan a soñar
Que el sol de los muertos otra vida ha de madurar.


V

La miel inalterable del fondo de las cosas
Está hecha de dolor, deseo y remordimiento;
Eterno alambique donde el tiempo destila
Las lágrimas de los vivos y la piedad de los muertos.

Tan inseparable es el perfume de la rosa
Como inseparable tu alma de tu cuerpo.
Una misma causa germina efectos idénticos
Y una misma nota vibra en mil acordes diversos.

El universo nos da y nos quita lo poco que somos.
Yo olvidaré cada día cuánto te amé
Pero tú no sabrás que mis lágrimas te amaron.

La muerte espera que nos acunemos en ella.
Arrullada en sus brazos, como una niña de pecho,
Escucho sonar el hierro de lo eterno.


VI

Sólo el silencio tiene palabras
Que pueden decirse junto a ti sin herirte.
Ante lo irremediable, sólo podemos sonreír;
Llueven sobre tu cuerpo las lágrimas de las corolas.

A la hora en que nos despojemos de nuestras máscaras
Deslizándonos soñolientas en el mismo lecho,
Por cada dedo tembloroso de la hierba que nos roce
Tú podrás bendecirme y yo acariciarte.

Es hacia tu dulzura que conduce mi camino.
De este suelo impregnado de alma humana,
El olvido, lento jardinero, extirpa el remordimiento.

Inagotable, vaga el amor de vena en vena;
No quisiera perturbar con un vano lamento
El eterno abrazo de la tierra y los muertos.


VII

Nunca sabrás que tu alma viaja
Dulcemente refugiada en el fondo de mi corazón,
Y que nada, ni el tiempo ni la edad ni otros amores,
Impedirá que hayas existido.

Ahora la belleza del mundo toma tu rostro,
Se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad.
El lago pensativo al fondo del paisaje
Me vuelve a hablar de tu serenidad.

Los caminos que seguiste, hoy me señalan el mío,
Aunque jamás sabrás que te llevo conmigo
Como una lámpara de oro para alumbrarme el camino

Ni que tu voz aún traspasa mi alma.
Suave antorcha tus rayos, dulce hoguera tu espíritu;
Aún vives un poco porque yo te sobrevivo.