Las caridades de Alcipe


Alcipe, hija del dios de la guerra Ares y de la princesa ateniense Aglauro, fue madre del ingeniero constructor del laberinto, Dédalo. Un día, mientras Alcipe descansaba despreocupada en la playa, Halirrotio, hijo de Poseidón ‒dios del mar y el terremoto‒ la violó o intentó violarla; lo cierto es que Ares acudió de inmediato y lo mató, por lo que fue juzgado en una colina aledaña a Atenas que más tarde sería sede del tribunal griego (el Areópago). El dios de la guerra salió absuelto de tan sonado caso al considerarse que vengó o defendió legítimamente el honor de su hija.

Esta mítica mujer es el personaje que encarna Marguerite Yourcenar para hablarnos de las ambivalencias y complejidades que entraña la absurda entrega total al otro, la sumisión gratuita del propio ser y el propio deseo a demandas ajenas, el irracional impulso que nos pone ingenuamente a merced de una voluntad extraña, engatuzados por la seducción o bloqueados por la indiferencia.

El tema es actual y sin tiempo, expone la condición humana con dolor y estupefacción, pues ser lo que no deseamos ser nos confronta con nuestra verdadera realidad, con lo que no queremos saber de nosotros, y violenta los límites de nuestra conciencia y las bases de nuestra identidad.


Me he tendido sobre la arena en playas de áridas dulzuras,
Donde se goza el desgaste del mundo;
A la hora llena de asombro en que las estrellas nacen,
He visto venir a las sirenas, mis hermanas,
Sus largos cuerpos vestidos con el nácar de los sueños.

Las he visto venir de las riberas, locas,
Entonando su lúgubre canto en medio de la noche;
Amantes sin amor, cautivas para siempre,
Que nunca sintieron bramar en sus pechos dolientes,
Bajo el frío de sus senos, el fuego secreto de un corazón.

Me han pedido el cálido trozo del alma
Que se estremece como un niño dentro de mí;
Este péndulo vivo, hecho de sombra y llama,
Lanzadera que trama el telar de la sangre
Y de instante en instante se acelera y se pasma.

Deseaban esta úlcera de promesas incumplidas
Que nos irrita aunque no lo queramos
Y permite al ahogado, ya sea grumete o corsario,
Encontrar en el agua y la sal que lo macera
El calor y el amor que disfrutamos en la cama.

Querían este corazón para sufrir y conocer
Los cantos del dolor y sus roncos sollozos,
Y comprender por qué, cuando amanece el día
Revelando el naufragio y la barca sin dueño,
La esposa del marino acude ansiosa a la orilla del mar.

Para que la desdicha pueda alcanzarlas,
Enseñándoles gritos que nunca conocieron;
Para que a la triste hora en que el día se apaga
Puedan llorar, enternecerse y abrazarse
Soportando el dolor como una carga viva.

Cedí, enardecida, al llanto de su incierta mirada,
Cedí al oscuro rumor de su canto, y vi hundirse
Mi corazón entre las perlas de sus anillos,
Entre sus dedos lascivos, en el hueco de las olas,
Hacia el tormentoso abismo donde rueda todo lo que
muere.

Lo vi resbalar en el precipicio de la tempestad,
Abrirse como un loto en el calmo seno de las aguas
Y saltar sobre las crestas danzantes de las olas,
Gimiendo, atrapado entre juncos, en el temblor
De largos hilos vibrantes como cabellos de oro.

Vi su sangre tibia sonrosar el mar inmenso
Al sumergirse como un sol herido
Y dejar tras él, triunfante, el vacío y la locura;
Lo vi desaparecer devorado por la noche naciente
Con todo lo que yo llamé "mi corazón".


*


En inquietantes bosques donde el cazador acorrala a su
presa,
En jardines donde florece el jazmín embriagante,
Acallando sus mudos lamentos con un dedo sobre sus
labios,
Vi venir hacia mí una muchedumbre de estatuas;
El mármol y el metal me tomaron de la mano.

Los sombríos ídolos posaron su bella, amarga mirada
sobre mí,
En el dorado interior de los templos
Donde con ojos de zafiro miran hacia el mar,
Y un lento suspiro, parecido al estremecimiento de las
góndolas,
Agitó las pesadas guirnaldas que adornan sus pechos.

En los tajos de Carrara, en los abismos de las montañas,
El mármol bruto clamó bajo mis pasos; las piedras
De jaspe y de ágata, las rojas rocas cristalizadas
Que arrastran en las canteras los rudos escultores,
Me hablaron de la desesperación de no ser.

Sufren por no entender los nombres que llevan
Ni saber quién es el rey o el César
Que pasivamente representan sobre las puertas de Roma
O qué maestro olvidado en este infierno humano
Subsistirá en ellas como un insulto contra el tiempo.

Bajo sus frentes pálidas ceñidas de apio y de verbena
Hastiadas del incienso que no perciben elevándose ante
ellas,
Hartas de la tibia dulzura de la tarde que no impregna
sus venas,
Las griegas deidades lamentan su vana, eterna belleza:
El dolor de ser sin darse cuenta de ello.

Estas deidades me han pedido el alma, mi alma inagotable,
Para ver brotar en ellas un manantial de oro,
Para que el fiel, arrodillado en la arena,
Al ver sonreír sus impenetrables máscaras;
Abra los brazos, grite y se levante plenamente gratificado.

Para poder escuchar al fin a los que imploran
O burlarse secretamente de los tontos que las adoran;
Para abrir las joyas de sus ojos sobre el universo,
Castigar a sus sacerdotes y azotar a sus escultores,
Aburridas de la idolatría y la impostura.

Pegué mi boca al rígido mármol de sus labios
Calientes por mis besos apresurados
Y mi alma entera, con todo su pasado, se alejó de mí,
Llena de pavor, desesperación y fiebre,
Para entrar en sus severos cuerpos pulidos por orfebres.

Mi cuerpo, viudo de mi alma, vagó a la intemperie,
Insensible al canto melodioso de los vientos;
Para animar a los dioses me abandonó mi alma,
Lámpara de oro suspendida en vano, cuyo aceite,
Gota a gota, se ha perdido para siempre.

 

*

 

Cabizbaja, anduve en las necrópolis
Donde vagan los chacales lanzando aullidos disonantes;
Desde el fondo de sus tumbas, del techo de sus cúpulas,
Tendían sus manos los muertos tentando mi espalda,
Rogándome que les entregara mi cuerpo.

Reclamaban de mí la amalgama de átomos
Que sirve de soporte a los furores del deseo.
El caballo que galopa por los reinos de la carne
Y masca, babeando, la cálida sal del placer
Montado por jinetes fantasmas que se turnan.

Los avaros rondaban cerca de los depósitos vacíos
Donde antaño se enmohecían sus bienes enterrados,
Y deseaban mis alargadas manos para sus ávidas faenas,
Para amontonar reluciente oro y pilas de plata lívida,
Tesoros demasiado pesados para quien los posee en vano.

Como héroes engañados que maldicen su gloria,
Cansados de beber el vino puro del cáliz,
Los santos, para condenarse, reclamaban mi cuerpo.
Reclamaban mi boca para beber de ella;
Mi voz podría divulgar los oráculos de los muertos.

Lamentando su frenesí, desde el fondo de su reposo,
Renegando de una dicha que han pagado muy cara,
Trascendentes hambrientos que nada sacia,
Como los demonios sobre los cerdos de Asia,
Los muertos se arrojaron sobre mí para habitar mi carne.

Tomaron, agitándolo, este cuerpo entregado sin temor,
Mordieron con mi boca turbios engaños seductores,
Anudaron mi abrazo alrededor de sus deseos,
Por donde yo pasé imprimieron su huella
Y a camas desconocidas me arrastraron.

Desatando sin temor mis nudos interiores,
Como un canto escapado de un gran violoncello,
Todo lo que creí mío ahora se disuelve y se tambalea.
Rueda prolongándose en el aire amortiguado y se
derrama;
Ahora sólo puedo encontrarme buscándome en otra
parte.


*


¡Silencio, catacumbas! ¡Templos griegos, callen!
¡Amplias olas conmovedoras, no le cuenten esto a nadie!
Ustedes, muertos, incomunicados en la prisión de sus
tumbas
¡Callen para siempre bajo el peso de las lágrimas!
¡Guarden mi secreto, dioses, si hablan con el viento!

Desesperado testigo de mi metamorfosis,
Sin poder alcanzar el ser que fui,
La muerte, único mendigo que obtendrá mi rechazo,
Para encontrarme excava en el seno de las cosas
Como quien busca un perfume en el interior de una rosa.

Que vaya, el que quiera, a rogar a las sirenas
Por mi voluptuoso corazón abandonado entre las olas.
Para mí han sido inútiles la absolución y las fúnebres
exequias;
Como el nardo se derrama sobre el cuello de las reinas,
Yo existo eternamente en lo que he dado.