Bandera griega


La orden era traer a tierra
el andrajo color azul cielo,
el harapo que se dobla en el viento
formando y deformando un dios.

Con los estertores de alegría
de un mártir entregado a sus verdugos,
escuché gemir y rechinar la seda viva
como si fuera de hierro.

Lo que me quedaba de patria
flotaba en sus pliegues ofendidos
y yo imploraba como un viudo
frente al lecho vacío.

Sostuve en mis manos la vívida tela
y derramé sobre mí su raudal de gloria
cubriéndome de la cabeza a los pies,
y después salté... dije adiós al sol.

Me envolví en ese paño
como un alma se arropa en su pasado,
y me vi en el aire como una enorme mujer
que cae, como un pájaro herido.

Mis brazos estirados y abiertos
fueron el asta del agitado andrajo.
Mi caída se transfiguró en vuelo,
en mi piel fue soldada un ala.

Mi cuerpo chocó contra el suelo
cuando la transitoria curva de mi muerte
había trazado en el cielo
el claro perfil de la victoria.