Siluetas


Te destacas contra la noche disfrazado de Dios
(es decir desnudo)
pálido y blanco como el desconocido
que muere de hambre en el camino
aunque puede ser un ángel.
Tu boca bebe de las tinieblas, gota tras gota,
con amargura, y la franja de tu párpado
alberga el poco cielo que me queda.
Sobresales del día, como el cuerpo del amor
sacrificado por sus víctimas,
y mis besos son crímenes
que agujeran tus manos, sin esperanza.
Te desprendes de la tarde
como el sol en el crepúsculo;
tu silencio es el canto
que tu orgullo y tu dolor se obstinan en callar.
Rey derribado, de pie en el umbral de la noche
como a la entrada de un monasterio,
donde la sombra te cubre con una capucha inesperada:
la primera estrella reemplaza el corazón en tu pecho,
la sombra se coagula en tu sangre
y el sol rueda en el mar como una tiara de oro
perdida en la juventud.
Te destacas sobre la muerte
como un cisne sobre blasón negro.
El dolor y la esperanza sostienen el blasón
y hay sangre en el pico y lodo en el ala del cisne;
cada uno de sus temblores remueve las olas de la vida
y la eternidad.
Detrás del broche, el destino;
su ojo fijo en mi corazón resignado, al fondo de mi
garganta.
La nieve cae lenta y amontona sobre mí sus copos
como plumas esparcidas sobre una tumba abandonada.